Toda mujer joven que se dedica al teatro o al cinematógrafo, lo hace acariciando la idea de llegar algún día a ser estrella o vedette. Millones de muchachas, en el mundo entero, en sus instantes de reposo, entre ensayo y función, sueñan en llegar a suplantar a la primera figura, en convertirse en reinas del público y tiranas de los empresarios. Pero esto es cada vez más difícil y sólo en la imaginación de uno que otro novelista atrasado, cabe suponer el milagro de la humilde muchacha de las filas del cuerpo de baile, repentina, fulminantemente, alcanzó el rango de estrella.
Una de las autoridades en la materia, C. Cochran, el rey sin corona del teatro británico, acaba de explicar a los periodistas una curiosa teoría y darles, para que la trasmitan a todas las muchachas del mundo, la fórmula milagrosa que les permitirá a llegar a ser vedettes en un plazo más o menos breve (porque también suele acontecer que las artistas, cuando alcanzan esta consagración definitiva, ya han perdido bastante en encantos y han ganado no menos en años)...
"¿Cómo explicarse -declara el señor Cochran- que cualquier día surja de la multitud de actrices anónimas una de ellas, mientras que sus compañeras permanecen eternamente como comparsas? ¿En qué consiste ese milagro que las transforma de pobres y oscuras partiquinas, en reinas de la escena o de la pantalla? En mi modesta opinión creo que se nace estrella como se nace poeta. Las vedettes no se crean por el simple hecho de que así lo desee un empresario. Frecuentemente se habla de tal o cual director que ha debido renunciar a poner en escena tal o cual obra porque no le ha sido posible encontrar la protagonista que estima necesaria. Claro que |
no faltan los que opinan que esto no es más que un mero pretexto; pero, en cuanto a mi, declaro que lo primero es absolutamente cierto en la mayoría de los casos. El hecho es bien triste... Pero todo director de responsabilidad se ve precisado a buscar entre cientos de artistas aquella cuya personalidad ofrezca suficientes garantías de éxitos para la obra que está por montar.
"La experiencia me ha convencido de que son seis las condiciones primordiales que debe reunir una muchacha para ser estrella.
"La primera es eso que ya he dicho: la chispa divina. Lo que no se logra adquirir ni con el estudio, ni con el esfuerzo, ni con el trabajo. Puede permanecer durante años dormida en el espíritu de una actriz que ignora el valor de su vocación.
"La segunda condición es la perseverancia. Puede acontecer que una futura estrella tenga algo así como el barunto de su valor. Entones no debe desanimarse y tiene que poseer el convencimiento de que a la larga quedarán derribados todos los obstáculos.
"La tercera reside en la personalidad. Una verdadera estrella, como todo verdadero artista, debe tener personalidad y originalidad. Ser hasta, si se quiere, de un tipo difícil de clasificar y definir. Creo que un artista, aunque posea mil cualidades excelentes, no llegará a la condición estelar si le falta eso: Carácter. Las mejores cualidades, la misma belleza física, puden agradar y distraer al público; pero, nunca la subyugarán. Sólo la personalidad es la que otorga el triunfo definitivo.
"La cuarta condición -que para muchos es, a veces, la primera- estriba en |
la belleza corporal. Esto es indispensable para el género revisteril y las operetas.
"La quinta condición exige que la vedette sea de aquellas que nunca están satisfechas de los resultados obtenidos. La satisfacción equivale a un estancamiento en las ambiciones y a una anulación de la aptitud. De la satisfacción por la otra cumplida a la declinación no hay más que un brevísimo paseo. Yo esto lo expreso con una paradoja; es más dificil continuar siendo estrella que llegar a serlo.
"Y la sexta condición es la del sentido de la escena. Este don no se adquiere; se nace con él. Se manifiesta claramente en el trabajo de conjunto. No basta que la fuerza atractiva de la estrella se manifieste como esta sola en la escena; es menester que ocurra lo mismo cuando la rodean las comparan o cuando trabajo al lado de otras figuras de su misma categoria.
"Aún podemos agregar una séptima condición: la del encanto personal; pero mi experiencia me dice que una mujer que reúne las seis anteriores no pude en manera alguna carecer de él.
"Esta es la clave -declara Cochran-. Esta es la verdadera y nada tiene que ver con ella la publicidad, el escándalo, ni las ya olvidadas influencias del amigo acaudalado y con grandes vinculaciones".
Esta fórmula es también aplicable a las actrices de comedia. Pero, lo cuerdo, está en no insinuarlo. Porque las jóvenes actrices, o la mayoría de ellas, que ahora cubre nuestras carteleras, soltarían una carjacada que nos envolvería en el ridículo.
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