En esta misma columna me ocupé en 26 y 30 de mayo de 1950 de Volpone, la inmarchitable farsa de Ben Jonson con motivo de su postura en el teatro El Caracol, recién inaugurado entonces, por el joven director José de Jesús Aceves, que acababa de llegar de París creo que becado por la embajada de Francia para estudiar dirección teatral. Fresco aún el recuerdo de Aceves la visión de Volpone que había visto representar en la Ciudad Lux, su dirección no pudo evadirse de aquella formidable emoción, pero supo darle a la suya aspectos de originalidad que entonces elogiamos merecidamente, sobre todo teniendo en cuenta que vivíiamos los heroicos tiemps en que los jóvenes aficionados que se dejaban guiar por él trabajaban gratuitamente, o casi, algunos de ellos.
No hay, pues, que volver a mover aquellas aguas que están quietas en el capítulo correspondiente al nacimiento de los teatros experimentales en nuestro movimiento teatral iniciado apenas un año antes. Nos pareció extraño que la dirección del teatro universitario, confiada a la competencia y a la cultura del autor don Carlos Solórzano, prefiriera la reposición de Volpone, a un estreno de autor extranjero o nacional. Pero atendiéndose al valor intrínseco de Volpone y a su renovada actualidad, nada parece ajeno a esta preposición que, algunos aspectos, y culpa es del tiempo que enseña tanto, supera a la muy digna de Aceves, Solórzano no se atuvo a alguna de las versiones ya probadas en anteriores presentaciones en europa o en América, y se decidió por una nueva, teniendo a la vista la mayor parte de las ya probadas por el éxito ante diversos públicos. De la de Zweig, de la de Araquistáin, de la de Jarnés y tal vez de otras que escapan a mi |
memoria, compuso con la colaboración esceníca de Allan Lewis, una que desde ahora tendremos por la más completa, la más ágil y la más moderna de todas las conocidas. No pierde en esta versión su aire de farsa ni tampoco sus múltiples matices de picardía, pero están acentuadas todas aquellas características que son aplicables a cualqueir época en que el vicio, la picardía y la astucia forman una trágicómica danza teatral. La versión de Solórzano está repartida en cinco cuadros divididos por los intermedios, y lo único que es de lamentar es lo reducido del escenario, mismo problema que tuvo Aceves en su teatrito. Sobre todo si se tiene que respetar el ambiente de la época (Venecia, 1605), característico por sus trajes de mangas amplias, de mucho aire y mucho espacio para circular entre los pesados muebles propios de grandes estancias. El escenógrafo David Antón creó el clima de telones con mucho gusto y excelente propiedad, y los trajes, construídos los que todos los personajes para esta ocasión, son verdaderos modelos de exactitud, riqueza y gusto refinadoo. La realización del vestuario estuvo a cargo de Angelés García Maroto.
La dirección está a cargo del catedrático de teatro norteamericano Allan Lewis, y si no tenemos grandes reparos que oponerle en cuanto a movimientos, si se hace acreedora a comentarios sobre la dicción En términos generales, nos pronunciaremos en contra de los directores de origen extranjero, que rara vez aciertan a sentir y a prolongar en la escena la musicalidad incomparable de nuestro castellano, apoyado en vocales abiertas y los breves silencios que vibran entre las palabras.
La interpretación es de lo mejor que hemos visto recientemente, y que conste que esta no es una crónica amistosa, como frecuentemente |
esperan de nosotros quienes ignoran que la amistad es un fenómeno que no puede inclinarse ante la conciencia responsable de un cronista. Prefiero ser sincero en una crónica a contar con un amigo que estima que la amistad radica en benevolencias cómplices. Creo que el éxito es fácil lograrlo y que lo difícil es merecerlo. Nosotros, a veces, otorgamos un éxito inseguro por lo fugaz y es el público responsable el que ratifica o rectifica finalmente los merecimientos.
El gran actor cómico Guillermo Orea hace un Volpone colmado de buen humor y de picardía; le falta, tal vez, profundidad, porque el carácter de Volpone es el de un filósofo de su época, y los filósofos no pueden intimar con la frivolidad. El excelente actor Leo Filler se impone en nuestro medio con el Mosca brillante de picardía y de intención. Se apodera de la obra, y a veces nos colma el alma de tristeza ante tanta maldad como arranstran las aguas turbias del egoísmo humano. Dos excelentes actores, Alonso Castaño y Luis Rizo crearon los caracteres del usurero y del mercader. Castaño, tal vez por broma logró en su caracterización una replica del actor Jesús Valero, que hace años reside en México. La hermosa Julieta Velázquez usó con mucha habilidad y riqueza de matices su singular temperamente de ingenua, y lució juvenil y atractiva. Lomelí exageró un poco el tono hombruno que se supone es característico de un militar venenciano, y completaron el reparto con bien ligada responsabilidad artística Francisco Llopis, Marichu Labra, Loida Molina y Francisco García Luna.
|