El destino del teatro es pasar de moda antes que otros géneros literarios, ha dicho Edmond Gagey. Muchas de las comedias que parecieron significativas en determinada época, resultan fuera de tiempo, muchas veces apenas una década después. Algo de esto le pasa a Glass mennagerie, de Tennessee Williams (Thomas Lanier Williams; Colorado, Missouri, 28 de marzo de 1944) con su pieza Glass mennagerie, estrenada, (no importa que hace años la viéramos en modesta versión en la Sala Molière), bajo la dirección de Margarita Xirgu y con ella el papel principal, el jueves, en el nuevo teatro Fábregas. Estrenada en Broadway durante la temporada 1944-46, reveló a Williams, como un dramaturgo de espléndido porvenir. Bien pronto, concluída ya la guerra, dio vuelta al mundo teatral, y en Uruguay fue representada bajo la dirección de la Xirgu, con ella en el mismo personaje que hace ahora en México, naturalmente, y por aventajados discípulos suyos.
Después de sus discutidas interpretaciones de Bodas de sangre y de La casa de Bernarda Alba, la ilustre doña Margarita ha querido presentarse protagonista de un teatro distinto al de García Lorca, para probarnos que "aun hay sol en las bardas". Glass mennagerie es una obra de imaginación; desde su estreno fue considerada por la crítica norteamericana como una tierna obra maestra. Trata de una frágil joven inválida que ha perdido todo contacto con la realidad y se refugia en su colección de animales de cristal. Su madre, vive principalmente en el pasado, que disfrutó en tierras del sur; el hermano de la muchacha huye, primero, disimuladamente, yéndose al cine todas las noches y luego escapando en realidad. Por un breve momento la vida secreta de la muchacha adquiere realidad cuando un joven que la visita resulta ser un muchacho que ella idolatraba en el colegio, pero éste se va después de revelar su compromiso con otra joven. Esta historia conmovedora, que necesita un narrador, |
iluminación y decorados irreales, música simbólica y medios técnicos imaginativos, señaló, como ya dije, la aparición de un nuevo poeta al teatro de Norteamérica. Después Tennessee Williams ha escrito mucho, apartándose un poco de su pureza imaginativa original.
La postura de El mundo de cristal es magnífica. El veterano escenógrafo Miguel Fontanals ha creado un clima poético irreal de manera magnífica y sencilla, a base de telones pintados sobre gasas transparentes, con teloncillos y cortinas también a base de transparencia, luces poéticas, y usando de forillos -uno al fondo que funciona muy bien- y escenarios en diversas escalas, para dar una vaga realidad de una casucha en una callejuela de San Luis, un poco todo en el presente y en el pasado. Sirve de fondo una imponente visión confusa de un barrio, con sus ventanas indiferentes, resuelta sin fijar si se vive de noche o de día. En la creación de Fontanals se advierte al maestro indiscutible que reformó la escenografía española, también la hispanoamericana, hace más de treinta años.
La dirección y la interpretación de doña Margarita le dan a esta versión de El mundo de cristal una categoría excepcional. Moviéndose dentro del clima que le creara Fontanals se siente a sus anchas, y hace uso de todo, y de todos los escenarios. Primero se la ve y se la oye, y luego a los otros personajes, menos cuando ella no está presente. Es natural. Aparte de que su personaje es crucial, y de que la pieza se ha montado para que ella luzca en la esplendidez de su crepúsculo, no ha evadido pretexto para estar siempre en la más importante área de actuación. Se advierte su preocupación no de maestría, que lo es de representar desde hace mucho tiempo, sino de profesora, de catedrática que en todo momento da una lección de matices, de cómo hacer uso del matiz en cada frase, pausa o silencio. Está, para decirlo |
de una buena vez: redicha. O si se quiere, que abusa del matiz, como un escritor que para darle importancia a lo que escribe usara de preferencia letras mayúsculas. Matiza con excelente voz, gesto, ademán y movimiento, lo que en ningún momento es reprochable para quien, de preferencia, es una gran maestra de actuación.
La linda y juvenil Maricruz Olivier, en la inválida, desventurada tullidita, está muy ponderada y contenida; muy dulce en todo momento. Se le ha dejado ver lo preciso, pero ella aprovecha bien toda ocasión, y en la escena con Farrel, durante el segundo acto, la encuentro deliciosa. El nuevo galán Luis Domingo, de origen guatemalteco, buena figura, buena voz y al parecer con temperamento, está muy bien en el hijo -y narrador-; no desentona, sino que se empareja con Maricruz, con Farrel y le da valiente réplica a doña Margarita. Tiene por delante un gran porvenir. Raúl Farrel, como joven visitante, cuenta a su favor haber sacado con extraordinaria simpatía y emoción la gran escena de amor frustrado del segundo acto, con Maricruz. Su dicción se ha aclarado mucho, y como posee naturalidad y simpatía, su actuación aparte de ser excelente, es gratísima.
El público, un público sui generis, de estreno excepcional en una palabra, escuchó con interés la pieza -no obstante que el primer acto es bien largo- y al final aplaudido con calor y verdadero entusiasmo a doña Margarita, a Maricruz, a Farrel y a Domingo, y cero que también a Fontanals, otro de los héroes de esta afortunada jornada teatral. |