Resaltar búsqueda

Réquiem para una monja en el teatro Sullivan, por Rita Macedo

Armando de Maria y Campos

    Una de las novelas más discutidas en el universo literario es, sin duda, Réquiem for a nun, de William Faulkner, que desde el año 1952 se conoce en español con el título de Réquiem para una mujer, traducida por Jorge Zalamea, gran escritor que en alguna época representó diplomáticamente a su patria, Colombia, en nuestro país. Nadie que esté medianamente enterado del movimiento literario en América y en Europa ignora que William Faulkner es el primer novelista norteamericano de nuestros días y Premio Nobel 1950. De él se conocen en español sus también apasionantes y estrujantes novelas ¡Absalon, Absalon! y Gambito de caballo, que en su tiempo leí, como también hace cinco años Réquiem para una mujer, a la que consideré más obra de teatro que novela y llamada a ser representada, porque como relato está construido en tres actos, cada uno de los cuales va precedido de un largo prólogo, novelado o novelesco, donde se exhibe con toda su inquietante desnudez el peculiarísimo estilo del autor, turbio -¿fangoso?- y cristalino a la vez, que corre por toda su obra como un torrente que arrastrara los detritus de las márgenes del Missisispi o, más bien, las pasiones, los fracasos, los odios y los amores, las virtudes y los vicios de una enorme población de negros y blancos, corriente de amargura en que no todo fuera blanco, ni todo negro...
    Faulkner ha creado para sus novelas la imaginaria ciudad de Jefferson, con su no menos imaginado condado de Yoknapatawpha. En esa ciudad y en ese Condado ocurre la acción de Gambito de caballo, cuyo protagonista es Gavin Stevens, que es en Réquiem para una mujer, el tío de David Stevens y, naturalmente, de Sara -en la novela Temple-, el matrimonio protagonista, con la negra Nancy Mannigoe, del atroz, truculento y melodramático suceso que narra. Esta estremecedora novela, está ya incorporada al teatro, en Francia por Albert Camus, en Alemania por Robert Shonorr, y ha sido representada en París bajo la dirección del propio Camus en el teatro des Mathurins y en Berlín en el Scholosspark-Theater bajo la dirección del veterano Piscator; traducida por

José López Rubio para ser representada en Madrid, no sé si tal suceso tuvo ya lugar; y, ahora, por Julio Alejandro (indudablemente teniendo en cuenta la representación de Zalamea). Recién estrenada -jueves 15, en el teatro Sullivan- en México, con Rita Macedo, Fernando Mendoza, Ernesto Alonso y Hortensia Santoveña en los personajes centrales, ha constituido resonante éxito para intérpretes y autor.
    Mucho ayuda en la lectura de Réquiem para una mujer, novela de la que cuatro autores de distintas naciones han sacado otras tantas piezas de teatro, el conocimiento de los prólogos que preceden a cada acto -a su vez divididos por el novelista en cuadros y estos en escenas, como en el teatro o para el teatro-; prólogos nada shawianos. En ellos toma mayor vida el torturante estilo de este gran novelista que se recrea creando el ambiente de aquella para nosotros ignorada región del Sur bravío norteamericano, la tierra que hace fecunda el Mississipi, y que desde hace siglos ha permitido la mezcla de los negros y los blancos, que provoca un choque fatal y trágico de pasiones humanas desatadas en violencia primitiva y apenas contenidas por la religiosidad de extraños matices. Para el mejor conocimiento de Réquiem para una monja no está de más haber leído Gambito de caballo y Santuario no sólo antecede de la pieza que se representa en el Sullivan, sino más bien primera parte de la misma.
         Julio Alejandro no respetó el plan teatral de William Faulkner: tres actos, y lo redujo a dos con siete cuadros, colocando tres en el primero, en el Tribunal, muy reducido, y en el último, en la cárcel del Condado, también muy comprimido, vienen a ser prólogo y epílogo-, y en ellos, muy concentrado, todo vacío, acción y diálogo, emoción, sinceridad, confesión, amargura y desesperación, y un poquito de fe, la de la pobre negra -a la que Faulkner define como "vagabunda, borracha, prostituta ocasional, golpeada por algún hombre o cortada por la esposa o por la otra novia de cualquiera".- Labor de gran autor que conoce a

fondo a nuestro público, al que le da con ponderada elocuencia y veracidad esta historia de una alocada muchacha de universidad, prostituta en los más bajos fondos, casada después con un caballero de Virginia, y que cae de nuevo, incapaz de sobreponerse a su abyecto pasado de prostituta. El drama erótico está perfectamente radicado en Sara, la prostituta blanca y en Nancy, la prostituta negra y asesina -ahoga a un ser de seis meses para evitar que Sara Drake escape con un chulo-. Los otros personajes: el marido orgulloso y al fin resignado, el defensor, el Gobernador, quedan disminuidos en la versión de Julio Alejandro, aunque en ningún momento pierden su importancia en la acción.
    No vacilo en recomendar al buen público -el que va al teatro a pensar, a sentir, o simplemente a buscar una emoción verdadera-, esta pieza estrujante, amarga y con un conmovedor mensaje religioso, cristiano, que si en razón de la sensibilidad de nuestra sociedad no cala en ella lo que debiera, no dejará de ser eficaz en otras latitudes.
    La interpretación es excelente por parte de Rita Macedo en Sara Drake. Se está haciendo una gran actriz, y en un personaje de prueba para cualquier eminencia de la escena, ella está bien, a veces muy bien, y siempre convincente y emocionando. Le ayuda mucho su espléndida belleza y su buen gusto para vestir. Pero lo verdaderamente digno de destacar es su ya indiscutible calidad de buena actriz. También está excelente, quizá en momentos un poco hierática, Hortensia Santoveña; muy discrito Ernesto Alonso y sin desentonar. Fernando Mendoza se desenvuelve con mucho oficio lo mismo como actor que como director; su Jim Stevens es uno de los mejores personajes de su carrera. Carlos Bribiesca y Eric del Castillo, cumplen. Lo mismo que López Mancera como escenógrafo.
    Esta oración -réquiem- que la Iglesia hace por los difuntos -la pobre negra Nancy-, idea central del drama de Faulkner, es, como espectáculo de teatro, un suceso de mayor estimación.