En el panorama, a veces sórdido, en ocasiones frívolo, pero siempre comercial y por esto superficial, del teatro mexicano contemporáneo, tiene, necesariamente, que ocupar un lugar distinto, aparte y eminente, el que con el título genérico de Poesía en Voz Alta vienen haciendo un grupo de jóvenes universitarios, asesorados, conducidos por riendas de seda por ilustres poetas y pintores. Los guiadores de esta taracea poética teatral han sido, son, seguramente, Jaime García Terrés, Octavio Paz, Juan Soriano...
En menos de un año este grupo de auténtico teatro experimental, que en vez de abrevar en la fuente de Juvencio, para robar años al porvenir, se inclina a beber en las profundas, hondas aguas del pasado y, mezclándolas, en rara y transparente mixtura, con la de las corrientes teatrales más modernas, logra un licor que embriaga con la más deliciosa de las euforias a los amantes del teatro; en menos de un año, digo, ha representado cuatro programas, o dicho en romance teatral, cuatro espectáculos extraordinarios. De los dos primeros dejamos una lápida conmemorativa en esta columna -las crónicas de teatro no son otra cosa, ni pueden aspirar a más, que lápidas-; una enfermedad traicionera me privó de conocer el tercer espectáculo. Anoche he asistido con el corazón trémulo y el espíritu iluminado al espectáculo de evasión que constituye el cuarto programa de Poesía en Voz Alta, interpretado por tres obras originales de una gran autora y poeta mexicana. Elena Garro, y por una preciosa taracea de entremeses olvidados, diálogos picarescos y leve espuma del más fino y cínico ingenio del extraordinario humorista de la corte filipina que fué don Francisco de Quevedo y Villegas.
No cabe, lo comprendo y lo siento, entre las |
columnarias de una crónica de periódico, el caudal de poesía teatral que da vida escénica a las tres preciosas piezas de Elena Garro. Tampoco tiene aquí sitio la erudición pedantesca. Pero para hacer justicia y justicia poética el teatro de Elena Garro, que es mixto de poético y satírico, y que se nutre, como las rosas que florecen el rosal de las raíces hundidas en la tierra nuestra con jugos y esencias subterráneas de nuestro acervo folklórico en su más pura esencia: la canción infantil.
El teatro de Elena Garro es un juego poético de evasión que crea mundos imaginarios y que viene de muy lejos por los vasos comunicantes del teatro de evasión de Maeterlinck, porque el teatro de fuga y poesía nace, virtualmente, cuando Maeterlinck estrena en 1894 en el teatro L'Oeuvre su drama Interior (tatarabuelo de Un hogar sólido con que se cierra el programa de Poesía en Voz Alta), en el cual se presenta el interior de una casa a cuyo alrededor se van acumulando los signos de una catástrofe. En Un hogar sólido no hay catástrofe que esperar, porque se trata de una cripta familiar, al fin y al cabo el hogar más sólido en esa raya misteriosa en que reposan los que vivieron una vida y no saben su después de aquella pausa hay todavía otra, mejor o peor. En Un hogar sólido se acumulan también los conflictos poéticos y misteriosos de quienes después de muertos están condenados a vivir juntos por capricho de los vivos. Esta pieza de Elena Garro tendrá siempre un lugar distinguido al lado de aquellas con clima poético de evasión, desarrolladas en mundos imaginarios, a partir, digo, de Maeterlinck y siguiendo a Leonid Andreiev, el admirable poeta irlandés William Butler, autor de El país del deseo del corazón, a lord Dunsany, el sutil autor de Cuentos de un |
soñador (¿no son cuentos de una soñadora Andarse por las ramas y Los pilares de doña Blanca, los dos deliciosos juegos poéticos escénicos de Elena Garro?); a Sarment, a Achard, a Gantillón, a Pellerín, a Giraudoux, sobre todo a éste y a Anouilh...
La dirección de Poesía en Voz Alta acierta a ligar este teatro de evasión contemporáneo con el antiguo, pero no arqueológico, pensamiento costumbrista y satírico de Quevedo, y compone, repito una taracea con Los valientes y el tomajonas, con diálogos, con el Entremés del caballero de la tenaza y con las Sonsaconas para hacer revivir y vivir una ciudad muy parecida al México contemporáneo, con especulaciones fabulosas, creación de fabulosos consorcios industriales, acumulación relámpago de fortunas extraordinarias, multiplicación de nuevos ricos, y su consecuencia lógica con el tránsito de las administradoras de carne blanca, busconas, daifas y chulos, cinturitas y toda gama que forma el hampa de las metrópolis en constante desarrollo...
Es larga la nómina de intérpretes, y por esto, en elogio colectivo y merecido, menciono sólo nombres en el orden de un futuro teatral que yo imagino: Tara Parra, Manola Saavedra, Ana Ofelia Murguía, Argentina Morales, Rosamaría Saviñón, Pina Pellicer, Carlos Fernández, Juan José Gurrola, José Luis Pumar, Enrique Stopen, Carlos Castaño, Juan Ibañez.
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