En este año de la Constitución e 1857 y del Pensamiento Liberal Mexicano, y siempre que la crisis de nuestros teatro me lo permita, dedicaré esta columna al comentario de algún suceso teatral relacionado con la Guerra de Tres Años y los gobiernos de don Benito Juárez.
Se encontraba el gobierno del señor Juárez refugiado en el puerto de Veracruz, a fines del año de 1860, como se sabe, y la ciudad capital en poder de las ya muy menguadas fuerzas conservadoras. Cualquier hecho de armas podía decidir la situación de ambos bandos, ya sea dando el triunfo definitivo al gobierno liberal, que prolongando por algunos meses la ya inaguantable guerra civil. Lo mejor del ejército liberal era mandado por el general don José González Ortega. Hago gracia al lector de referirme al panorama militar, porque entonces este comentario se saldría del escenario natural, como si fuera una representación dirigida por Stanislavsky, que tanto gustó de hacer que sus actores representaran fuera de las tres paredes. Caída Guadalajara en poder de las fuerzas liberales, González Ortega se abrió paso a trancos hacia la victoria, y a principios de diciembre la capital era aislada y el derrumbe tan cerca, que en Veracruz el gobierno expidió la convocatoria del Congreso y decretó la libertad de cultos, coronamiento del Código reformado. Con las fuerzas liberales echándole cerco, y listas para destruirlo, apenas si el general Miramón tenía vigor y vida suficientes para lanzar la única acometida. Así se llegó al |
momento en que se atrevió a darle batalla campal a González Ortega, el 22 de diciembre, en el pueblo de Calpulalpan, donde sufrió la derrota final y se dió a la fuga. El 25 de diciembre el ejercito constitucional hizo su entrada en la ciudad capital. La ocupación se realizó sin represalias y sin excesos: ni un grito ni un acto de venganza desoró las pascuas.
Al llegar a Veracruz las primeras noticias de la batalla de Calpulalpan, el Presidente y su familia asisten a la función de gala en el teatro. La sala rebozaba de patriotas, se cantaba I Puritani, y el interés político de una ópera que evocaban la guerra santa en Inglaterra en el siglo XVI aseguró el triunfo del empresario; la presencia del presidente, muy aficionado al teatro, pero poco al espectáculo personal, prestó un brillo particular a la velada. Llegado el tenor, acompañado por el coro, a la aria que provocaba siempre la ovación del público, el drama pasó de repente al palco presidencial. Un correo rendido corrió la cortina, el Presidente se puso en pie, la orquesta quedó parada, y en el silencio se oyó la voz de Juárez leyendo el parte que anunciaba la victoria de González Ortega y el fin de la guerra. La sala se levantó como un solo hombre en honor del hombre que había hecho posible aquel mensaje, y en ese momento, y allí mismo, todos lo conocieron tal y como siempre le había conocido su esposa. De pie en la penumbra, taciturno y oscuro, con su porte sobrio, su tez de cobre, sus ojos negros brillando en las sombras de su espíritu como |
reflejos transparentes de bronce y su reserva realzada por la concentración de la atención pública, Juárez triunfó a su vez. Todo vibró en torno de él al diapasón de su inspiración, la orquesta tocó diana, los vítores estallaron, los cantantes entonaron La marsellesa, la función terminó en un tumulto de aclamaciones delirantes para González Ortega y el Presidente y el público desembocó en la calle difundiendo el torrente sonoro que inundó la ciudad dormida, despertando a los mismos muertos.
Quince días más tarde el Presidente salió para la ciudad capital. González Ortega recibió al Presidente en las afueras de la ciudad y pospuso la entrada por veinticuatro horas para completar los preparativos hechos en su honor. El día 11 de enero de 1861, aniversario de su fuga del Palacio Nacional, el coche presidencial le llevó por las calles con una solemnidad sin precedentes, según la prensa, desde la proclamación de la Independencia en 1821, y por más de ocho horas el señor Juárez recibió la ovación que, como lo reconoció también la prensa, "se acaba de repetir con la misma espontaneidad, con el mismo entusiasmo, con el mismo arranque de júbilo, al llegar al llegar a la ciudad capital el presidente constitucional de la República". La ciudad de México disfrutó, pues, de un gran espectáculo muy bien escenificado. |