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Estreno de Tulipanes rojos, de Frank Vosper

Armando de Maria y Campos

    Cuenta Amado Nervo en una crónica en que recuerda sus primeros años en el periodismo mexicano, a fines del siglo XIX, al lado del ya joven maestro de la crónica Luis G. Urbina, apasionado y muy leido cronista de teatro de El Imparcial, cómo le ayudaba a éste a pergeñar su crónica diaria, que, según costumbre de la época heredada del periodismo español, era escrita precisamente después de la función, para que apareciera al día siguiente antes de que cómicos, empresarios, autores, espectadores y público en general se levantara y pudieran encontrar, en el periódico doblado al lado del pocillo de chocolate, la información de cuanto había pasado la víspera o en las primeras horas de la madrugada.
    Refiere Nervo que alternativamente Urbina o el propio Amado acudían a la redacción de El Imparcial antes de la función a escribir la mitad de la crónica, con los antecedentes que tuvieran de la obra y un poco de divagación literaria, y luego uno de los dos, el que no hubiera escrito la primera parte se llegaba a la redacción a completar la crónica con la labor de los artistas y detalles generales de la representación. Crónicas así, escritas a las volandas, de pie sobre las cajas como detalla Nervo, conservaban al día siguiente fresca la emoción y palpitante el recuerdo.

    Ahora es distinto. Los cronistas de teatro contamos muchas veces con más de una semana para escribir una crónica, y hay tiempo de digerir la emoción, de escuchar opiniones y aún

de recalentar el juicio primerizo. Las crónicas de teatro escritas en frío, muchos días después de haber asistido a la representación, tienen algo de flor a punto de marchitarse. Se enriquecen, a veces, con algún dato que las completa, pero en general no reflejan la emoción del críticoespectador y más si se tiene en cuenta que el público de estreno entre nosotros es completamente ajeno al respetable público comercial.
     Me refiero ahora al estreno de la comedia People like us del actor y autor inglés Frank Vosper, fallecido este año lo mismo que el traductor de esta pieza al castellano, Ricardo Baeza. People like us -traducida por Baeza con el título de Tulipanes rojos- fue conocida por el público de Londres hace años, en 1929 o 1930. Después volvió a presentarse en 1948 y hasta parece que alcanzó algún premio, según propala la propaganda de esta empresa. De todas maneras es una pieza con notoria antigüedad y en muchos aspectos vieja. Su asunto es sencillo: un soltero otoñal se introduce en un modesto hogar, compuesto por los padres, él, tímido, ella, mandona, y dos hijas, una de ellas cargada de fantasía. Llega en el momento en que ésta, dado su carácter disperso, acaba de perder el empleo. Se casan; no tienen hijos y la tragedia íntima entre el otoñal e impetuoso galán y la frágil romántica deriva, por necesidad, por que a la casa de éstos llega un marino joven, en el triángulo adulterino. El primer cuadro, de exposición, es bueno, sin perderse de vista; de fina comedia.

   Después la obra deriva al melodrama, al drama y aún a la tragedia, porque el joven marino, instigado por la inquieta adúltera, mata al marido. Finalmente, los dos acaban en la horca. Toda esta gama de situaciones muy al gusto de paladares corrientes y de públicos bonachones y conformistas, da, sin embargo, ocasión a los actores para lucir sus capacidades artísticas personales, y a falta de un buen teatro escrito, los intérpretes tienen ocasión de hacer mucho teatro.
   La noche del estreno, el público fue de sorpresa en sorpresa, aplaudiendo a los intérpretes; después la obra ha seguido representándose ante públicos generalmente desconcertados que reaccionan, ignorándose unos a otros, de diferentes maneras.

   La interpretación, a cargo de actores profesionales, es, en general, buena. A la cabeza de todos se coloca Magda Guzmán, que tiene ocasión de lucir su vibrante temperamento dramático, pero a mí, en el acto que más me satisfizó, fué en el primero, como ingenua. El veterano Julio Villarreal borda un personaje octogenario con singular maestría. No creo que Andrés Soler dé un galán impetuoso de cuerpo entero; se defiende por su oficio, pero nada más. Aurora Walker y Mercedes Ferriz, muy sobrias en las dos madres. José Gálvez abusa de los detalles amorosos o melodramáticos. Evelyn Solares y el pianista Manuel Enríquez, cumplen. La escenografía de López Mancera es discreta. La dirección de Soler, de oficio.