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El amante de madame Vidal, por Nadia de Haro Oliva

Armando de Maria y Campos

    Una de las más sabrosas satisfacciones para el cronista de teatro profesional es volver a gustar de una pieza que le ha sido grata o que por determinadas circunstancias le evoca amables recuerdos. Dicen quienes no salen airosos de una comparación, que son malas éstas. No lo creo. Nada hay más grato en nuestra profesión que comparar, porque con la comparación se afirma el juicio, por contraste. Hace muchos años que ya no se ve en México la representación simultánea, en escenarios distintos, de la misma pieza de teatro. No he olvidado la frustrada competencia a propósito del estreno reciente de El amor de los cuatro coroneles. Pero fue tan efímera la temporada de comparación que no hubo tiempo de sacar deducciones. Recuerdo la Malvaloca de María Luisa Villegas y Prudencia Griffell; La malquerida, de Prudencia Griffell y Virginia Fábregas y el Crispín de Los intereses creados del español Julio Taboada y del mexicano Ricardo Mutio que podíamos disfrutar el mismo día, con solo repartir nuestro tiempo entre las funciones de "moda" y "noche".
   Esta costumbre ha ido desapareciendo como otras que le dieron fisonomía muy especial a las temporadas teatrales en México. Ahora se monta una obra, se le exprime el jugo hasta la última gota y cuando queda convertida en bagazo se le tira al rincón del olvido. Todas las figuras anhelan estrenar nuevas obras, muchas veces porque temen, bien a la comparación con interpretaciones anteriores, bien al recuerdo de los memoristas del teatro. Nadia de Haro Oliva no ha vacilado en recurrir a una pieza antigua, que no es lo mismo que una pieza vieja, aun cuando su antigüedad sea relativa. El amante de madame Vidal es una comedia alegre de Luis Verneuil, que bordea los límites deliciosos del vaudeville, varias veces representada en

México y siempre, dicho seaesto en honor a la verdad, por lindas, inteligentes y elegantes actrices que, además poseyeron -y poseen, porque algunas viven- el secreto delicioso de decir cosas con picardía. Por esta vez prefiero no citar fechas ni evocar interpretaciones, porque me temo que dentro de un análisis justo el pasado no sería esta vez mejor, por pasado.
     Nadia Haro Oliva como Catalina Vidal se revela actriz que ha encontrado su género en el teatro. La mujer frívola, elegante, coqueta, hermosa, joven y con todos estos atributos, necesariamente pecadora. No importa que intervenga en el franco género vodevilesco o simplemente en la comedia de bulevar como esta de Luis Verneuil que es nueva para el público contemporáneo.
    Sin dejar de ser ella, Nadia no puede prescindir de insuflar su personalidad en el tipo de mujer francesa en que ha venido forjando su personaje favorito. Es ella y, sin embargo, es el personaje que crea el autor. Fenómeno de identificación que, cuando se da, debe uno señalarlo. Hace muchos una actriz catalana, Elena Jordi, hacía este genero de mujer pecadora de manera inimitable. Fue durante largas temporadas una de las atracciones del teatro en Barcelona. En México contamos hace anos con una actriz que pudo haber sido una de las mejores protagonistas del teatro francés de bulevar: Amparo de la Garza. Ahora tenemos el privilegio de contar con Nadia Haro Oliva, cuya sola presencia en la escena, creando un personaje como madame Vidal, es un privilegio de que pocos públicos pueden ufanarse. Yo la encuentro en Catalina Vidal como una actriz del género cuajada en un punto de madurez que difícilmente podrá ser superado, porque es el instante de su plenitud física, de su agilidad mental, de la silueta elástica y de esa

 

picardía que años antes se toma por cinismo y años después por ajada experiencia.
    No ocurre lo mismo con otros elementos que han acompañado a Nadia en su aventura al través de obras de picardía y pecado. Me refiero a Carlos Riquelme quien, a pesar de su talento, equivoca sistemáticamente la psicología del amante, reduciéndolo, minimizándolo, en un tipo tímido por lo general y cómico de principio a fin de la obra. El amante, en el teatro y aún en la vida, no se concibe como un personaje ridículo o sin mas propósito que el de hacer reir. Nadia no ha encontrado aún su partenaire en este difícil genero de exhibir el pecado del adulterio como un espectáculo amable y divertido... aun para los maridos predestinados. Como el Felipe Marcelín de la comedia de Verneuil lo hallamos chistoso y entretenido, pero no vemos en él al afortunado amante de Catalina Vidal.
   Carlos León y Antonio Haro Oliva se tomaron el innecesario trabajo de traducir nuevamente El amante de madame Vidal. Se ve la pluma de Carlos León en la acumulación de chistes para que luzca la gracia gruesa de Carlos Riquelme. No se advierte la intervención personal de don Antonio Haro Oliva. La obra fue dirigida por José de Jesús Aceves quien sufrió equivocación al presentar a Monsieur Vidal como un viejo, muy viejo, distraído. Así, sí se explica la aventura amorosa de Madame Vidal, pero se desvirtúa la fina ironía de la comedia. Miguel Córcega está justo y en tipo como el candidato a amante de Madame Vidal y Lupe Legorreta luce guapísima. La escenografía fue confiada a Antonio López Mancera, quien se limitó a cumplir con su maestría reconocida; esta vez muy moderada.