Resaltar búsqueda

Estreno de Felicidad, obra en tres actos, original  de Emilio Carballido

Armando de Maria y Campos

    El Instituto Nacional de las Bellas Artes ha inaugurado una nueva temporada de comedia, esta vez en el teatro Ródano, con el exclusivo objeto de estrenar algunas obras de autores mexicanos premiadas en concursos locales, y le ha tocado iniciar esta serie de estrenos a la obra Felicidad, del autor compatriota Emilio Carballido.
    Como recordarán los lectores que siguen paso a paso el desarrollo de nuestra producción teatral, Felicidad, de Carballido, obtuvo un medio primer premio hace dos años en el certamen o festival correspondiente de los que viene organizando el INBA. Hubiera obtenido el primer premio absoluto, porque aun endeble en su construcción -entonces- con un desarrollo forzado y haciendo uso de recursos propicios al aplauso fácil, fue de lo mejor que se presentó en el mencionado festival. Pero se trató de imponer al jurado un resultado previo, y habiendo llegado a óídos de uno de ellos que cuatro de los cobros restantes estaban en principio de acuerdo con el fallo ya dado por algún funcionario del INBA, logró encauzar la opinión de sus colegas y jurado -Ernesto Finance, André Moreau, Miguel Guardia y María Luisa Algarra-, y siquiera por no ser juguete inconsciente de calculadas decisiones previas, se repartió el primer premio entre la comedia a Carballido y otra de la que es autor el señor Clemente Soto Alvarez.
    La supuesta injusticia cometida por aquel jurado al no dar a esta pieza el premio acordado antes de que se reuniera para la votación, creó un movimiento de amor propio, a lo que parece, de parte del autor y de elementos del INBA, y se ha tratado por diverso medios de que la pieza de Carballido alcance un éxito más allá de sus méritos propios que, por cierto, no son pocos. Ha sido representada en los estados, naturalmente por grupos de aficionados, y ha sido llevada a la pantalla en versión tan libre, según costumbre entre nosotros, que de la pieza original casi no ha quedado nada.

   Para el estreno comercial de Felicidad, el autor la corrigió. Esto es indudable. No podría fijar con exactitud las escenas que fueron rehechas, porque a distancia de la representación durante el concurso aludido, muchos detalles se borran. Desde luego, el final primitivo fue cortado. Yo creo que el corte debió haberse hecho todavía más arriba, para evitar las escenas patéticas de melodrama familiar, cuando el padre, francamente descubierto en su aventura amorosa, se marcha a la azotehuela y cierra con llave la puerta, para dar lugar a que madre e hija, arrepentidas de haber enviado un anónimo a la fugaz amante ded familiar querido, golpeen la puerta con desesperada angustia. También conservó Carballido las viejas patrañas escénicas, tan del gusto de directores como Seki Sano y Wagner, de hacer entrar y salir a los actores para el patio de butacas, recurso éste ya bien pasado de época.
    Felicidad, ha quedado en una pieza que participa por igual del sainete de costumbres -más que de la comedia costumbrista-; de la tragedia grotesca que creó en el teatro español Carlos Arniches y del melodrama. Con tales elementos, hábil e inteligentemente mezclados por el autor, ha quedado una pieza típica, mexicana únicamente por las alusiones a hechos o personajes familiares a nuestro medio, porque la anécdota del profesor Mario Ramírez Cuevas que, cuando se ve con unos miles de pesos en su poder, producto de una póliza largamente abonada, echa la primera y gorda cana al aire enamorándose de una mecanógrafa que ha sabido conservarse doncella a los treinta y siete años, en espera si no del principe azul, del burgués zorro plateado que le brindará un poco de tranquilidad y la alejará de la constante aventura hambrienta de placer físico que aquí y en todas partes siempre ha perseguido a las jóvenes pobres. No está de más señalar un vago antecedente de la pieza de Carballido en el

melodrama de George Kaiser titulado Un día de estos (no estoy muy seguro del título), que trata de la fabulosa aventura que durante una noche vive un cajero que defrauda al banco en que trabaja... Carballido lleva la acción de su anécdota trotando de cuadro en cuadro, lo que fatiga al espectador por los repetidos aunque breves intermedios.
     Lo mejor, a mi juicio, de la obra de Carballido, es su diálogo chispeante y amargo que cuando no hace pensar, entretienese, y en muchas ocasiones divierte con regocijo. Carballido es un autor de fino y desierto ingenio que posee singular intuición para pulsar aquellos resortes del espectador que más rápidamente lo hace vibrar.
   La interpretación de Felicidad estuvo a cargo de intérpretes de diversas calidades y condiciones como ya es costumbre entre nosotros. Carmen Montejo fue encargada de crear a la mecanógrafa que se deja convencer por la ingenua bondad del viejo profesor Ramírez Cuevas. Carmen regresa de la televisión con un gravísimo defecto: habla en tonos muy bajos, como se acostumbra hacerlo en la TV, porque el micrófono recoge la voz y la amplifica al gusto del operador. Más del cincuenta por ciento de sus parlamentos se perdieron totalmente. José Elias Moreno realiza una labor responsable como el viejo profesor y la veteranía de Lola Tinoco le permitye crear también un personaje de perfiles humanos. Judy Ponte abusa de los tonos altos y bajos y, en general, desafina, porque no encuentra el tono limpiamente afinado. Enrique Aguilar cumple discretamente. El escenógrafo Jose Cava supo crear para los interiores un clima que no desentona del que   [Recorte incompleto. N. del E.].