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Estreno en México de Enrique IV de Luis Pirandello. I

Armando de Maria y Campos

    El 24 de febrero último se cumplieron 25 años del estreno de Milán de la tragedia en tres actos de Enrique IV, una de las piezas más importantes de este personalisimo autor. Desde hace muchos años se ha venido hablando de que nuestro gran actor Alfredo Gómez de la Vega tenía el propósito de crearla, al grado de haberla traducido especialmente para él. Varias veces se anunció oficialmente el inminente estreno de Enrique IV, por Gómez de la Vega. Mientras tanto, otro hombre enamorado del teatro, Agustín Lazo, que la había visto representar en Europa, la traducía, en unión de Xavier Villaurrutia, y no pudiendo verla representada, se conformó con verla editada. Ahora ha sido elegida por quienes dirigen el teatro oficial para ser representada durante brevísima temporada, y acabamos de asistir a su estreno y de ser testigos de otra sicosis colectiva -como la que ya señalé con motivo de la última presentación de Margarita Xirgu- provocada por impacientes y entusiastas alumnos de la Escuela Dramática Oficial, quienes, al final de la representación, cuando el grupo de actores y director agradecía al público los aplausos que otorgaban a un trabajo en equipo, gritaban estentóreamente: ¡Solo! ¡solo!, agrediendo con esa descortesía al director Gorostiza y a la actriz de todos a abandonar la escena para que Ignacio López Tarso recibiera un homenaje insólito si merecido, no justo.
  Porque Ignacio López Tarso cuente entre nosotros con condiciones bastantes para interpretar el difícil personaje de Pirandello, no quiere decir que posea el temperamento dramático, o esa ráfaga de emoción trágica que lleva hasta el corazón de los espectadores la emoción de que es verdad lo que está viendo representar. Se impone, antes de seguir adelante, y para dejar bien asentado el mérido auténtico de este estreno, que el triunfo descansa en el texto primero, en la intepretación

cargada de luces y de sombras después, en la dirección un poco a la antigua y en la escenografía aunque monumental no imponente, finalmente, López Tarso es un actor bien plantado o bien sentado, según expresiones comunes y corrientes en el lenguaje teatral; con mucho aplomo, excelente dicción y mangnífico control de nervios. Pues bien; a todas estas envidiables cualidades les falta una, que es la que más se pregona a favor de su crédito de actor: La dramaticidad. Ignacio López Tarso es un actor frío cerebral. Y quien apoya su personalidad en estas tan estimables cualidades, dicho está que no es o no puede ser actor dramático. Le pasa lo que en otro plano y ya un poco fuera de este tiempo le ocurrió a María Douglas. Su preciosa y rica voz llena de sugerencias no le dio nunca un temperamento dramático. Ha llegado a ser lo que es por oficio, un excelente oficio que ya domina. Igual le ocurre y le ocurrirá con mayor eficacia a López Tarso, y buena prueba de ello es su excelente recitación de este personaje, bien matizados los párrafos, clara y segura la dicción, amplio y firme el ademán, aunque un poco hierática la máscara. Por eso el cronista considera pernicioso y peligroso un desbordamiento adminsitrativo que puede torcer o malograr una vocación tan enérgicamente sostenida.
      Y vamos, ahora con la pieza de Pirandello, desconocida o casi lo mismo para nuestro pequeño que para nuestro gran público la acción de la obra se centra en un rico y joven caballero romano de nuestros días (después de la guerra 14-17), el cual tomó parte una vez en una cabalgata histórica; como se interesabas por las cuestiones históricas, se vistió convenientemente para representar a Enrique IV, el emperador de Alemania, que vivió en el siglo XI. En la ceremonia cabalgó junto a una dama de la que estaba enamorado, llamada Matilde Spina, que iba a su vez vestida de Matilde de Toscana, la

célebre enemiga del emperador. Sin embargo, Matilde Spina no acogió de buen grado la corte de Enrique y prefirió a un hombre llamado Belcredi, quien también tomó parte en la ceremonia cabalgando dentras de Enrique. Durante la cabalgata, el caballo de Enrique IV se encabrita de repente y arroja a su jinete al suelo. El resultado de esta caída es que Enrique se vuelve loco. Al principio nadie cree que la cosa ha sido grave, toda vez que Enrique se levanta y parece como si no se tratase más que de una ligera conmoción; sin embargo, cuando horas más tarde los invitados siguen representando en la villa Enrique la broma de sus papeles, se nota que éste lo representa en serio. Ya no es una máscara sino que se trata de una locura.
      La locura de Enrique es muy curiosa: consiste en creer únicamente que es Enrique IV de verdad. Su fortuna evita que lo internen en un manicomio. Continúa viviendo en su suntuosa mansión y conserva su ilusión. Conocedor perfecto de la vida de Enrique IV vive como tal, y sus amigos y colaboradores tienen que hacer lo propio. Después de doce años la locura se desvanece y Enrique despierta de su letargo. Su mundo ha cambiado. Matilde Spina se ha marchado con Belcredi, su odiado rival. Decide no reanudar su vida anterior porque la gente lo seguiría tratando como a un loco. No le queda más que continuar representando su papel de emperador y gozar el espectáculo y contemplar a la humanidad "desde fuera de la razón" y tan bien lleva al cabo este propósito que ninguno de sus amigos o sirvientes le nota cambio alguno. Y así continúa la locura consciente ocho años más.
   Toda esta historia que acabo de relatar ha sucedido antes de que el telón se levante en el primer acto. Mañana veremos como Enrique IV confiesa que ha fingido y cómo, después obliga todos que le signa creyendo Enrique IV, emperador de Alemania.