Hablaba hace unos días, en esta misma columna, de un género teatral que podía hacer escuela en nuestro ambiente literario y, tal vez, viajar por el extranjero, al referirme a la pieza Los frutos caídos, de Luisa Josefina Hernández: el amarguismo, como existió en Europa -creo que está pensando su boga- el existencialismo o el tremendismo. La intensa vida teatral que ahora caracteriza a México puede dar la experiencia de muchos géneros, que a la postre serán frutos caídos.
Celia D'Alarcón -detrás de ese seudónimo o nombre de teatro se oculta una distinguida dama de sociedad- puede dar a nuestra fisonomía teatral un nuevo género, todavía difícil de clasificar, porque contiene elementos del vaudeville y de la pochade franceses, de la farsa en general, de la patochada o del bodrio. ¿Cómo titular a este género que sólo tiene validez hecho por Celia D'Alarcón, cuya belleza física y afición a representar son indiscutibles? Nació este género, al que, la verdad, no le deseamos que se afiance en el gusto del público, con Desnúdese, señora, comedia ligera, que bajo la dirección del hombre de teatro chileno Raúl Zenteno y con Celia D'Alarcón como protagonista, alcanzó insospechado número de representaciones. ¿Por la bondad o la calidad de la pieza? ¿Por la belleza que lució con generosidad Celia D'Alarcón? ¿Por la dirección demasiado espectacular del señor Zenteno? Todos estamos de acuerdo en que el éxito descansó principalmente sobre las fágiles y bellas columnas físicas de la actriz protagonista. Ahora, el género de Celia D'Alarcón continúa con Mi mujer necesita marido, del autor chileno Sergio Bonadovio, nuevo por estas altitudes. La protagonista también está confiada |
a la hermosura y frivolidad de Celia D'Alarcón, y no escasean, al revés, abundan, las ocasiones en que esta bella mujer luzca su atractiva arquitecutra. Pero sin Celia D'Alarcón se derrumbaría como castillo de naipes al soplo de un recién nacido. En una crónica dirigida al público heterogénero que lee los diarios no es lícito ni correcto referir el argumento de un vodevil, no obstante que para hacer reír a público de anchas tragaderas su desarrollo lo convierte en un "relajo" escénico, como diría algún cronista demasiado boquiflojo.
Hagamos a un lado la pieza del chileno Bonadovio. No vale nada dentro de un género teatral serio. El motivo que da arranque a la pieza, un complejo que sufre la protagonista, está mal expuesto. Pero, por las actitudes, desplantes y aspavientos de marido y mujer, vamos entrando en situación. Después aparecen tres personajes, que parecen haber sido escritos por sus propios intérpretes a la medida de sus facultades histriónicas. Aquel que tiene inclinaciones a la clownería continúa siendo clown; aquel que le gusta actuar incrutado a su parlamentos chistes de todos calibres, continúa, también, en chistómano; aquel otro que viene del teatro de revista y está acostumbrado a los perfiles toscos del público que acude al teatro Lírico, continúa actuando como en aquel popular escenario, y así todos se dejan resbalar por la rampa de la risa fácil, francamente circense, con el agravante de que juegan con temas sexuales que son propicios al debarre, desajuste de la realidad y, en ocasiones, a la ofensa al elemental buen gusto del público (como el detalle de la charola, que tanto prodiga Ortiz de Pinedo).
Pero el público ríe, se divierte, se agita en sus |
asientos ante lo imprevisto de las situaciones del vodevil pochade y se embelesa admirando los encantos -¡y la ingenua picardía!- de una actriz joven y bien torneada. ¿Cómo llamar a este género que está imponiendo Celia D'Alarcón con la colaboración indudable del director chileno Raúl Zeteno? Esperemos. El ingenio popular no tardará en bautizarlo. Por lo pronto gusta y divierte. Gusta por Celia; divierte por la actuación francamente de pista de Ortiz de Pinedo, de Ortín, hijo de Mario Ortega -debutante en comedia-; de Mauricio Garcés, galán de cine sudamericano a lo que parece, que se encuentra un poco fuera de ambiente. Completa el reparto la indispensable debutante, esta vez Bárbara Samperio, que cumple con el requisito que le impone su breve personaje de una recamarerita; ser atractiva. Celia D'Alarcón está aún más desenvuelta que en Desnúdese, señora, viste con igual elegancia, luce sus encantos con turbadora sencillez, habla bien, y sin no está quieta un instante será por culpa del director Zenteno, quien, preocupado por dar movimiento a la comedia, tranforma a los actores en bloques de azogue que representan para un público facilón y optimista.
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