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Los frutos caídos de Luisa Josefina Hernández, en el Granero

Armando de Maria y Campos

    El Fondo de Cultura Económica publicó el año próximo pasado en tres tomos un resumen antológico del Teatro Mexicano del siglo XX, abarcando períodos convencionales para que la selección a cargo de personas conectadas con el teatro mexicano durante el largo período que abarca esta selección, pudieran justificar sus actitudes anteriores y derramar con toda comodidad sus simpatías y sus diferencias respecto a los autores de que se ocuparon, pero, de preferencia, es evidente, de los que no se ocuparon.
     A mi modo de ver, el más difícil de todos es el que se refiere a la época inmediatamente contemporánea; ayer, como quien dice, por falta de distancia para juzgar a elementos que, en su mayoría, no están hechos, que aún pueden fallar y hasta abandonar la carrera de comediógrafo. El autor de la selección -selección es sinónimo de antología- del tercer tomo es don Celestino Gorostiza, que pertenece a la generación inmediata anterior que juzga en el tomo de referencia. Como quien dice, tiene montados sobre la nariz, como impertinentes espejuelos, a los autores que estudian. En su prólogo se refiere, como ya es costumbre en quienes han participado directa o indirectamente en el movimiento de renovación teatral no comercial de 1928 a la fecha, a tendencias europeas -la española es tabú- y menciona nombres de directores y actores famosos, porque quien escribe el prólogo, hay que decirlo de una buena vez, es un director y autor a la vez. Abundan las citas, no siempre de primera mano, de hechos y sucesos de renovación teatral tan íntimos, que casi pertenecen a la vida privada de quienes los animaron. Todavía se sigue hablando de aquel caserón de la calle de Mesones al que no iba más público que el compuesto por amigos de los actores y directores y se repite lo del teatro de Orientación en cuyo pequeño escenario se realizaron tantas bellas cosas que tan pocos vieron.
      Para completar su nomina de selección, Celestino Gorostiza recurrió a obras meditas. Es costumbre que una antología se arme con lo supuestamente mejor y desde luego más conocido del sujeto y, como propina, a veces, se anticipa algo de la obra inédita. Pero recurrir a una comedia no representada, ni editada, para que ésta represente a un autor en una antología, no es frecuente y si aventurado. La prueba de

fuego de las piezas de teatro en su representación ante el público y la calificación que éste hace de ella. Lo contrario expone igualmente al antologista y al autor a una rectificación. Y prueba que el autor carece de obra madura.
      Me estoy refiriendo al caso de la muy estimable autora Luisa Josefina Hernández, cuya obra, Los frutos caídos, figura en la antología de Gorostiza antes de haber sido representada. Luisa Josefina Hernández es una joven mujer, entrañablemente mexicana, inteligente y trabajadora. El lector debe saber quién es Luisa Josefina Hernández. Nació en la ciudad de México, en 1928. Hizo sus primeros estudios en la escuela del maestro Luis G. León y obtuvo el grado de Maestra en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Unversidad Nacional. Aquí curso Teoría y composición dramática con Rodolfo Usigli, a quien ahora sustituye en esa cátedra. Ha obtenido dos becas del Centro Mexicano de Escritores y una de la Fundación Rockefeller. Se dio a conocer en 1951 con Aguardiente de caña, obra premiada en el concurso de las Fiestas de Primavera. En 1954 obtuvo el primer premio en el concurso del teatro del diario El Nacional, con Botica Modelo, pieza estrenada en ese año en la sala del Seguro Social. Como tesis de su maestría presentó Los frutos caídos. Conserva inéditas Los duendes, La llave del cielo y La corona del ángel, así como una novela que escribió en 1955, El lugar donde crece la yerba. Otra comedia suya es Los sordomudos, estrenada en 1953, en la sala Chopín.
      Los frutos caídos, es un drama sombrío, drama intenso, profundo, estremecedor, de espíritus que han caído en el abandono, en la conformidad y en la amargura. Se complacen de hacerse daño mutuamente. La acción ocurre en algún poblado de Veracruz, adonde llega una mujer divorciada y vuelta a casar a quitarle la adminstración de sus pequeñas propiedades a sus parientes, para venderlas y con el producto de sus rentas mejorar un poco la sórdida y desencantada vida que arrastra en la metrópoli. Sabe que sus parientes la roban; los parientes al sentirse despojados de los bienes que les dan una vaga oportunidad para ir viviendo mal, se rebelan; el dipsómano ya cerca de la locura, viejo y avejentado, ella tontamente resignada, cosiendo ajeno, una chica a la que este infeliz

matrimonio ha recogido, mala también, y una abuela toda amargura y deseo de hacer el mal dentro de su aparente bondad. Algo tremendo, de una amargura que lo hace uno doblarse hundiendo el estómago, como víctima de un cólico de tristeza y desesperación. ¿Cómo es posible que se lleve al teatro tanta sombra, tanta llaga purulenta, tanta tristeza de espíritu? Decididamente, Luisa Josefina Hernández es la pionera de un nuevo género teatral: el amarguismo. Su drama chorrea amargura hasta media hora después de haberse apagado las luces de la mutación final, porque ya saben ustedes que en El Granero no hay telones. Lo sorprendente y lo sorpresivo es que la pieza está bien construida, armada con lógica y desarrollada con una seguridad como no merece el tema tan angustiosamente expuesto. Además, está bien dialogada y, desde luego, bien escrita.
    Un grupo mixto de profesionales, experimentales, y los indispensables debutantes, crean los seres de Los frutos caídos. Es obvio que quienes están mejor son los profesionales. María Douglas crea la protagonista, pero no será ésta una de sus creaciones que se recuerden porque está monótona y se repite en sus expresiones de angustia. Bien es verdad que el personaje no da para más. Lola Tinoco, como la abuela, tiene momentos muy felices, porque más sabe el actor por viejo que por bien dirigido. Amado Sumaya lucha con un personaje superior a sus posibilidades histriónicas. Como a los toreros sin arte ni valor, se le agradece su buena voluntad. Algo semejante, sólo que un grado más bajo, le pasa a Carmen de Mora. En cuanto a Adriana Roel y Félix González, absolutamente primerizos, habrá que tener paciencia para esperar.
    La dirección de Seki Sano se ve demasiado en movimientos innecesarios, prueba y señal de que no es buena.