la sensación de la
divinidad a la que éste ya no podrá renunciar. Gedeón no puede conformarse,
necesita desplazar a Jehová, sabe que si no lo hace volverá a descender
irremediablemente al plano del que salió, comienza obedeciendo las instrucciones
de Jehová, aún sin comprenderlas, hasta llegar el momento en que ya decide
sobre “quién ha de morir y quién ha de vivir”. “¿Acaso te crees Dios para dar
la vida a quien yo se la he quitado?”, le dice Jehová. Y es que Gedeón ha
comprendido la verdad: “todos los hombres somos en realidad trozos de materia
suspendida que se agitan desesperadamente en el vacío buscando algo a qué
asirse, mientras caen y caen hasta hundirse aullando de terror en la sofocación
infinita”. Gedeón tiene, pues, que dejar de creer en Dios porque su amor lo “convierte
en algo sin razón de ser”. Tiene que hacerse la ilusión de que “Dios es un
sueño, un nombre, un pensamiento, pero no es real”. Gedeón comienza entonces a
dar más valor a la vida de los hombres que a la palabra de Dios. Necesita
colocarse en el plano superior, sentirse semidivino,
ya que es la única forma de hacer de su existencia
algo verdaderamente humano, y lo hace. “¡Oh, Dios! ¡No puedo creer en Tí! Si me amas, deja que crea al menos en mí mismo!”, grita a Jehová, quien al sentirse incapaz de hacer
retornar a Gedeón al plano del que lo sacó, le deja el sitio para volver a su
plano divino en soledad absoluta. Deja a Gedeón ensayar ser un dios, lo deja
ponerse sobre el cuerpo la ofrenda que aquél había creado para Jehová y explicar
a los israelitas que “La guerra contra los madianitas no fue un misterio sino
el resultado inevitable de las fuerzas histórico-económicas, socio-psicológicas
y culturales imperantes en esta región”.
Queda
pues planteada por una parte, la pretensión de Dios de anular al hombre y la
incapacidad del hombre por amar a Dios: “Para amarte bien, yo también tendría que
ser un Dios”, dice Gedeón, pues sólo temor puede sentir hacia él, y por otra
parte, la absoluta necesidad del hombre de creer en sí mismo. ¿Cómo puede el
hombre conformarse con ser únicamente un instrumento de Dios, un juguete?;
¿orgullo? ¿vanidad? Sean bienvenidos, parece decir el
autor, si con ellos podemos dar una razón de ser a la existencia humana.
La
habilidad con que Chayefsky va entretejiendo esa
disyuntiva actual del hombre de creer en si mismo,
rechazando todo contacto con la divinidad, ante la otra de sucumbir y quedar
anulado, recuerda la técnica de Anouilh -del que se
muestra como un descendiente- al tomar temas antiguos y darles una
intemporalidad que los haga trascender hasta nuestra época, técnica por otra
parte bien diferente de la de un Gressieker -Juego de
reinas- aun cuando lleve la misma finalidad. No falta en la obra ni
siquiera la crítica a los sacerdotes que se dejan llevar por el lucro: “Pero
nosotros los abiezeritas somos pobres y el levita se
fue a Silo. Son más sustanciosos los diezmos en Silo”, cuenta Gedeón.
La
traducción de Eugenia Avendaño y Claudio Brook logró
belleza en el lenguaje, que es literario en grado sumo.
José
Solé se saca en esta ocasión la espina de Los
caballeros de la mesa redonda, ya que logra esa fina amalgama entre
los sentidos: irónico, dramático, cómico, trágico, lo que es especialmente
difícil, sobre todo cuando el carácter de los personajes está además, apegado
al pasaje bíblico, pues Chayefsky presenta a cada uno
en su verdadera dimensión: Jehová, el iracundo Jehová de la Biblia: vengativo,
apasionado, impulsivo, que lo mismo bendice o ama, que maldice y mata sin
misericordia, de un orgullo tal que requiere la anulación del hombre frente a
él. Personaje que por otra parte estuvo interpretado muy por abajo de lo que se
precisaba, debido a la débil personificación que de él hizo Pedro Armendáriz,
llena de asperezas, pobre, sin matices; todo lo que se veía en el personaje era
el nerviosismo del actor, esto es lo peor que puede sucederle a un intérprete.
José
Solé cuidó ante todo el personaje de Gedeón, el cual, debe mantener un
equilibrio constante entre el ser personaje y ser símbolo. José Gálvez, por lo
demás, lo interpretó con maestría, sabía ser a la vez Gedeón, hombre, con sus
características propias y representar al mismo tiempo a un pueblo que siempre
tuvo un matrimonio mal avenido con Jehová. Es satisfactorio verlo renovarse
hasta lograr una creación de su personaje llena de visos diferentes, como una
joya que se ve desde diversos ángulos y no obstante es la misma joya.
En
fin, que Solé logró pintar extraordinariamente a ese pueblo israelí que tan |
pronto olvidaba al
dios de Moisés para adorar a Baal o a Istar y a toda
clase de dioses, como lo amaba cuando un nuevo profeta le hacía recordar a
Jehová una vez más. Logró sostener el tono en esta comedia de tan difícil
tratamiento y dio una composición siempre plástica a todas las escenas.
Julio
Prieto ha reencontrado la sencillez y esto va en su alabanza, excelente ha sido
en esta ocasión su trabajo, tanto en lo que se refiere a la escenografía como
al vestuario. Lo mismo que es muy de tomarse en consideración la música y la
coreografía de la danza, de las que es autor Moshe Kedem, del Ballet INBAL de Israel.
Es
imposible hablar detalladamente de cada uno de los actores que toman parte en
la obra, ya que el reparto es muy numeroso. Sobresalen desde luego, Tomás
Bárcenas, Eduardo Alcaraz, Roberto Rivero; José Elías
Moreno, disparejo, con el texto inseguro, no obstante de la impresión de que en
unos días, ya dominando el nerviosismo del estreno, logrará una muy buena
interpretación. Bien Alonso Castaño, más o menos exagerado.
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