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Adán, Eva y Pepito, de Tono, en la Sala Chopin

Armando de Maria y Campos

    Desde hace muchos años gusta en España el teatro de humor, es decir, del género cómico. Se le llama de humor porque responde al buen humor del autor que lo escribe y porque su misión parece no ser otra que la de poner de buen humor a los espectadores. Yo comencé a ver teatro este año hará cincuenta por lo menos, en su mayoría cómico y solamente las tardes de los domingos el dramático, como La cara de Dios y Madame de Sans Gene, El humor que se usaba entonces era el de El terrible Pérez, El perro chico, El pobre Balbuena, Los pícaros celos, de autores contemporáneos y todavía no pocas obritas de Antonio Casero, Alejandro Larrubiera, Torres de Alamo, Celso Lucio, Sinesio Delgado y, desde luego, Enrique García Alvarez, el más gracioso de todos, y Carlos Arniches, que acabó siendo uno de los mejores ecritores cómicos de su tiempo, con un humor madrileño que nos volvía a todos los adolescentes de aquel tiempo, vecinos del barrio de Curtidores. Pero el más ingenioso de todos era García Alvarez y esto de que correspondían a él las piezas con las que reí al salir de mi niñez para entrar en la adolescencia, lo pude comprobar cuando me entró la sed -todavía insaciada- de leer teatro. Después vinieron Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández, a formar con García Alvarez, un triángulo de colaboración del que salieron obras de humor tan inolvidables como Pastor y borrego, La frescura de la fuente, La Remolino, El verdugo de Sevilla, El último bravo, Los cuatro Robinsones, y tantas y tantas que sería fatigoso recordar. Aquel humor de aquellos autores eran un humor -para decirlo de una vez-con sentido común, con argumento, por muy absurdo o descacharrante que a primera vista pareciese. Pasaba siempre algo en escena, los personajes no eran simples muñecos al antojo de los autores y hasta a veces parecía que

imponían su voluntad.
   Después, ya dentro de la década de los treinta, apareció otro humor, sombra o reflejo de la vida española que tanta influencia tuvo en América, y fue el de Enrique Jardiel Poncela. No logró hacer escuela mientras él vivió, pero sí hizo reír y hasta a veces provocó escándalos de protesta por sus audancias. El humorismo de Jardiel Poncela estaba ideado para suprimir la obra teatral, no ya en sus realismo, que el realismo no lo es todo, sino en su contenido y significación cualesquiera que pudieran ser. Sus obras se resolvían en una especie de folletín reducido al absurdo. Sacó a escena un fantasma vestido de torero, un loco que se pasaba el día viajando sin moverse de la cama y un reloj de pared por donde desaparecía un guardia jurado guiando a un burro. El inconveniente del humor de Jardiel Poncela estuvo en que la gracia y la significación del hecho no pasaron de ahí, en que todo consistía en un mecanismo de arbitrariedad circense que valga lo que valga por si mismo, sin tener dentro ni poesía ni humanidad, ni sentido, no podía enraizar.
    Con el  régimen franquista apareció en España otro humor. Este es el del truco ilógico, la broma “desrealizada” que llega a extremos mayores en un raro humor que hallá se le denomina “a la codorniz”, pensando en la Revista que lleva ese nombre. Los pontífices de este nuevo humor son Mihura, Álvaro de Laiglesia y Tono. Del primero conocemos varias producciones y la que yo estimo la mejor de ellas, El caso de la señora asesinadita. El chiste intelectual, el contraste o la pura ironía, no exenta, a veces , del vaho poético, marcan una nueva línea del teatro de puro humor, donde ya ni siquiera se perciben los hilos de entrañas humanas de Jardiel, y por otra parte suponen relativas novedades de un camino nuevo. Los críticos españoles aseguran que las piezas 

 

del trío indicado son muy originales y de gran calidad dentro de una especial manera de provocar la risa. Cuando escriben sin este humor -lo cómico, que se decía antes- pierden finura y poesía. Otros autores más responsables han caído en intentos de humor “a la codorniz”.
     De uno de estos pontífices del nuevo humor, Tono, es Adán, Eva y Pepito, que Eduardo Fajardo nos presenta como empresa, director y primer actor en la sala Chopin, no sé si respetando el texto, adaptándolo, recortándolo o injertándole chistes locales, como ya es costumbre entre nosotros. Esta obra de Tono no resiste el análisis, por muy de buen humor que como espectadores no haya puesto durante dos horas. Es absurda, ilógica, tonta y, además, graciosa de principio a fin. En el diálogo que corre a su antojo cabrillea el chiste que a veces nada tiene que ver ni con el tema, ni con la escena, ni siquiera con el diálogo. Se trata de hacer reír. Con este mismo tema pero más en serio, López Rubio escribió una comedia interplanetaria titulada La novia del espacio, que ojalá y llegara a nuestros escenarios.
     Con obras de tal humor no pueden triunfar actores que no hayan crecido en él. Carmelita González y Eduardo Fajardo están fuera de su agua. Son peces que pertenecen, creo yo, a otro líquido. Alfredo Varela se cubre más, porque está habituado a hacer el gracioso de cualquier calibre. No creo que haya sido un acierto de Eduardo Fajardo, que está formandose como actor, haber elejido como segunda obra de su actuación profesional sobre la escena, ésta de Tono, tan fuera de tono dentro del arte teatral, tan impropia para actores con carrera seria y, digámoslo de una vez, tan graciosa.