¿Existió Esopo? La existencia de Esopo, célebre moralista y fabulista griego, es uno de los problemas que ha tratado de resolver la crítica moderna. Para muchos historiadores de la antigüedad es una leyenda, una personificación imaginaria, un tipo poético de los compañeros o servidores de los héroes. Supone la leyenda, pues leyenda y no historia es la que de Esopo ha llegado a nosotros, que el fabulista griego nació hacia el año 620 antes de J.C. y murió en Delfos el año 560 antes de J.C. La leyenda nos da un Esopo jorobado, tartamudo y de una fealdad extrema. Tradiciones más o menos auténticas y muy antiguas cuentan que fue vendido como esclavo a un samio llamado Xanto o Yauto. Su agudeza y talento unido a su buena conducta, le valieron la libertad, pero continuó viviendo en la familia de su antiguo amo, como amigo o como consejero, y prueba que no siempre fue esclavo el hecho de que defendió, ejerciendo derechos de ciudadanía, a un hombre acusado de delitos políticos. Fue de genio aventurero. Herodoto, que vivía unos 130 años después de la época que se supone vivió Esopo, nos habla al tratar de la cortesana Rodopis, de la muerte del fabulista. Rodopin fue -dice- esclava del samaiano Xanto y compañera de esclavitud de Esopo, el compositor de fábulas pues éste fue también esclavo de Xanto. Plutarco refiere que Esopo recibió de Creso magníficas ofrendas para el templo de Delfos y el encargo de distribuir a los habitantes cuatro minas de plata por cabeza. Estos, inconformes con el gesto de Creso, ocultaron en el equipaje de Esopo una copa de oro consagrada a Apolo y lo acusaron de robo, precipitándole desde lo alto de la roca Hianpea.
Hasta aquí el mito de la leyenda. La severa crítica histórica y literaria admite que la existencia de Esopo constituye, hasta nuestros días, uno de los puntos más difíciles de dilucidar en la historia de las literaturas. Esopo ha |
aparecido siempre en todas las literaturas como la personificación de la fábula. Las fábulas de Esopo, tal como han llegado hasta nosotros, fueron recopiladas por primera vez por Demetrio Farelo (325 antes de J.C). Pero empiezan a divulgarse por Europa muchos años después.
Con estos datos, más leyenda que historia, que se encuentran en todas las vidas de Esopo que se vienen publicando desde el siglo XVII, el escritor brasileño Guillermo Figueiredo, compuso una farsa en la que aprovechó muchas de las fábulas originales y otras más que en el curso de los siglos se le han atribuído. Tomando de este biógrafo una anécdota, de aquel otro hecho, del de más allá un puñado de frases de Esopo, ha sabido construir a manera de quien ajusta piezas de varios colores para integrar un mosaico bizantino, una excelente farsa en la que nada falta para que el espectaror asista a una reconstrucción picaresca y política de la época en que vivieron Esopo, Xanto y Rodopis, que en su pieza puede ser la esclava Melita. Recientemente André Roussin, hábil e ingenioso autor francés, construyó un vodevil saturado de picardía sobre la vida privada de Helena de Troya, la que, como recordará el lector, vimos en el teatro de la Capilla. El brasileño Figueiredo conoce a fondo la vida y costumbres de Grecia o, por lo menos, la vida y las fábulas de Esopo. Encuentra ocasión para citar la mayoría de las que la posteridad le ha atribuído, con indiscutible habilidad escénica y con justeza en el desarrollo de la acción. La que le da el título a la pieza -La zorra y las uvas- hace de comodín silogístico. Más importancia tienen como mensaje los juegos de ingenio que Esopo hace, como un extraordinario malabarista del pensamiento, con las virtudes y excelencias, los defectos y los poderes destructivos de la lengua, que cualquiera de las fábulas que se recitan a lo largo de la acción. Sin embargo, tengo para mí que el
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verdadero propósito de Figueiredo al escribir y hacer representar su pieza en Brasil o supongamos en la Argentina, es la briosa exaltación que hace de la libertad y de cómo el hombre debe poseerla y vivirla. La zorra y las uvas se antoja un grito de desesperación para se escuchado por un dictador... a la americana.
La pieza de Figueiredo en cuatro actos, porque el tercero y cuarto se representan sin interrupción, está construída con sencilla maestría. La acción corre clara y flúida y desemboca en un final, no por lógico para quienes conocen la vida de Esopo, menos teatral. La traducción al castellano de Eduardo Borrás está hecha con fidelidad, y seguramente no ha perdido en su traslado del portugués.
La dirección escénica de Julián Soler halló para crear el difícil papel de Esopo al único mexicano capaz de ello: Guillermo Orea, quien actúa, viviendo con profundidad su personaje, con una naturalidad que pone en vigor la vieja sentencia que aseguran que no hay mayor dificultad que hacer las cosas con facilidad. Y le da tan honda intención a las fábulas y a las sentencias esopianas, que se advierte cómo el público se estremece al recibir el certero impacto. Debutó en el papel de Xantos, el actor argentino de origen judío Leo Filer; no le vi en su anterior actuación, y prefieron reservar mi juicio definitivo para cuando le vea en esta obra. En esta interpretación le vi moverse mucho y advertí que maneja la voz con poca destreza. Las hermosas Emilia Guiú y Yoya Velázquez lucieron mucho como la esposa y la esclava, respectivamente, del filósofo Xantos. Una escenografía sencilla y hermosa contribuye a que la dirección de Julián Soler se advierta profesional y del mejor gusto. |