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Estreno de Hora cero de Agatha Christie en el Nuevo Teatro Fábregas

Armando de Maria y Campos

    Confieso que no he sido nunca de esos sujetos que tanto abundan que para distraerse de otras lecturas o de sus agitados negocios leen por las noches novelas policiacas. Conozco a muchas personas, por demás cultas y muy bien preparadas, que por nada del mundo interrumpen una serie policiaca y que están al tanto de las novelas del género.
    No pasan de media docena las novelas policíacas que he leído. En cuando al género policíaco, me parece monótono. En 1919, Ramón Caralta, inteligente actor catalán, realizó en el teatro Principal de México la más brillante temporada de melodrama de policías y ladrones que yo recuerde, él especializado en el detective que siempre captura a los ladrones. Ya para esas fechas estaba muy adelantado en los  Estados Unidos el auge del género policíaco, con crímenes complicados y mucho ajetreo para la captura de los culpables. Allá se llama a este género de mystery. Y siempre tiene mucho éxito. Como que está dirigido a un público de mentalidad lenta y de reacciones ingenuas. Sin embargo, los norteamericanos han dado al género excelentes autores, que han sido superados después  por los ingleses. El cinematógrafo ha contribuído a difundir el género, a meterlo en otras capas intelectuales apoyado en los múltiples recursos con que cuenta, imprimiéndole ritmo a ese alargar la emoción y la sorpresa que todos hemos convenido en llamar suspense. Estos últimos años se han estrenado en Europa y en los Estados Unidos obras de autores que han jugado con maestría con el suspense y que llevadas después al cine despertar el interés y la codicia de nuestros empresarios.
    A principio de la década de los treinta, el señor Fernández Bustamante, recién fallecido, organizó una temporada de comedias de

misterio, durante la que llevó a escenas las mejores norteamericanas hasta aquellas fechas, entre otras Drácula, para la que hizo venir de California a su creador de la pantalla norteamericana, Carlos Villarías. La temporada tuvo mediano éxito, no obstante que las obras fueron mejores en general, que las que hemos visto estos últimos años y ya que llegó el momento, estoy por decir, y lo digo de una buena vez, que mejor de esta que acabo de ver, Hora cero de Agatha Christie.
    Esta autora inglesa, fecunda hasta el miedo, porque la fecundidad no es nunca buena creadora, para por ser la mejor autora de este género. Ha realizado, es verdad, obras magníficas en la novela y en el teatro, según mis informes, porque vuelvo a decir que no me atrae el género. En consecuencia , no estoy sujeto al poder mágico de su nombre o de su fama. Veo sus obras con frialdad. Y algunas me parecen mediocres, pretenciosas, confusas, reiterativas, con un alarde de técnica en la intriga que acaba de aburrir al espectador de buena fe que no está acostumbrado a aguzar el ingenio para saber si el asesino es el lord, el tercer amante, la adúltera, el ayuda de cámara o el jardinero. A este tipo pertenece la que pretende ser, y a veces lo logra, muy inglesa, muy severa, muy adusta pero inútilmente complicada, partidos los actos en cuadros, Hora cero. No voy a meterme en el laberinto de esbozar siquiera su caótico y esquizofrénico argumento, porque  sería imposible en el pequeño espacio de que dispongo. La primera parte es tolerante, pero a partir del instante en que se introduce en la acción al superintendente battle, es decir al policía privado, aquello se vuelve inaguantable con los interrogatorios que se repiten hasta el cansancio. Pocas obras de género he conseguido tan fatigosas como ésta de Agatha

Christie, que se representa ahora en medio mundo por el poder mágico de su prestigo, que por emanar del medio teatral no es racional, ni lógico.
    La interpretación resulta gris a falta de conocimiento de la técnica teatral de director cinematográfico austríaco Alfredo B. Crevenna. Se ve desde las primeras escenas que la obra ha sido puesta en las manos de un principiante... por lo menos en estos menesteres teatrales. Ocupa el primer lugar en la interpretación la excelente actriz de carácter Aurora Walker, quien dice y actúa su papel como lo es, una noble comediante. Carlos López Moctezuma desempeña un papel gris, y no logra darle relieve alguno. La señorita Manola Saavedra aparece fría baja de tono y connotorias fallas de dirección. Rosa Elena Durgel compone su personaje con turbulencias no frecuentes en la buena sociedad inglesa. La señorita Lucy González, de la que se me aseguran que en el mundo cinematográfico es una actriz con un lugar muy estimable, en la escena aparece como actricita incipiente. Claudio Brook y Julio Taboada, cada uno dentro de su categoría sin abandonar sus trics característicos, pero Brook dijo y actuo su papel con mayor emoción y arrojo. Vimos por primera vez al galán Ricardo Román quien estuvo discreto. Eduardo Alcaraz, como el superintendente Battley, se mostró ampuloso y a él debe cargársele la lentitud de muchas escenas. La escenografía de David Antón muy expresivo, con el detalle de que pintó, para que presida la escena, un retrato de la actriz Marilú Elizaga, por cierto con mucho parecido. La traducción de Emilio Obregón correcta.