Con muy elevada prosapia se nos presenta el cuento de todas las literaturas del Orbe. Prescindiendo de antecedentes demasiado remotos en las literaturas india, indostánica, china, etcétera, podemos citar, por lo que respecta a la cultura grecorromana, a Lucio, Petronio, Apuleyo y otros muchos que resultaría prolijo traer aquí a colación. Cupo, sin embargo, a la literatura española la gloria de convertir los elementos venidos de remotas regiones en ingredientes de un género literario genuinamente folklórico. Por eso, sin duda, reclamaba el príncipe de las letras hispánicas y gran figura de las universales: "Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa".
La diferenciación entre novela y cuento, tema es que ha enfrascado en polémicas, no siempre comedias, a los críticos literarios. Durante algún tiempo se sostuvo que el cuento no era más que una novela de menor tamaño y la novela en cuento de grandes proporciones. Esta diferenciación fue rechazada por los que sostienen que en el cuento la escueta narración de los hechos prevalece casi totalmente en el tratamiento del asunto, dejando en lugar muy secundario las descripciones, pinturas de tipos y de psicologías que, según ellos constituyen la médula del género novelístico. Otros más, tenían (y aún tienen) a cuento como cosa exclusivamente infantil, adecuado para consumidores que no han alcanzado los valiosos pero a la vez amargados horizontes de la experiencia. Los intentos de trasladar a la escena teatral estas obras del ingenio, datan ya de largos años, y en ellos ha prevalecido el criterio infantil ya mencionado. En ocasiones se han logrado positivos éxitos taquilleros: La caperucita encarnada, Alicia en el país de las maravillas y algunos otros pueden ser citados como ejemplos. De ellos se ha nutrido en buena |
parte el teatro para los niños que ha ocupado la atención de autores de la talla del nunca bien llorado Benavente.
Suprimiendo a lo más, dos palabras un poco fuertes para oídos muy castos, encontramos que los ocho cuentos que integran las dos partes de Juglarón que presenta León Felipe en el teatro Moderno, resultarían magníficos para el noble fin de divertir espíritus infantiles. Su casi absoluta falta de mensaje o simbolismo trascendental que reclaman con tanto ahinco los que quieren que el teatro sea todo, menos un remanso de nuestras diarias preocupaciones, los hacen apropiadísimos para ese empeño. Nada importa que algunos de ellos (como el del Stradivarius) bordee, para algún Aristarco, los límites de lo vulgar, ni que otro como La primera confesión, haga torcer el ceño a algún devoto; los juveniles tramoyistas con sus ruidosas mutaciones, mantienen a los hasta ahora escasos espectadores, fuera de los límites del aburrimiento. Apenas, sí, cuando el inmenso escudero hace una fugaz aparición, la gente piesa por un momento que aquello puede tener un significado un poco más hondo. A nuestro juicio, nada más adecuado podría encontrarse para esas festividades que al fin de los cursos suelen verse en las aulas escolares.
La mímica del señor Barbero es magnífica; pero posiblemente si sus intervenciones fueran menos frecuentes, resaltaría todavía más. La actuación de todos los infantiles actores es excelente y en ocasiones supera a la de los adultos.
La maltratada valija que el Juglarón emplea para guardar los rótulos de sus cuentos, de un realismo impresionante.
Los decorados, o más propiamente, los bastidores del fondo que se van cambiando conforme a las exigencias de los Cuentos, muy bien pintados y de una gran novedad.
Un espectáculo para familias, en suma, que debiera ser patrocinado con mayor entusiasmo por los pater familia que tanto descuidan la educación de sus tiernos retoños.
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