Oficialmente el año teatral 1956 se clausuró con el desafortunado reestreno de Maya, de Gantillón, reposición con la que se trató de halagar los más bajos instintos de un público de barriada que, afortunadamente, rechazó el corriente manjar. Sería el momento oportuno para iniciar el balance, pero me contiene el vergonzoso bataclán en que el despacho paranóico de algún individuo híbrido de cronista y autor frustrado trata de envolver a otros miembros de la agrupación llamada de críticos de teatro, porque se han negado a organizarle, aunque sea por la puerta falsa de un premio indirecto, un homenaje al que indudablemente no tiene derecho.
Me refiero, como están enterados quienes leen los comentarios de los cronistas en vísperas de que su agrupación reparta los premios anuales entre autores, intérpretes, escenógrafos y directores, a los exabruptos de quien logró estrenar por la puerta excusada de las presiones y recomendaciones una obra que, a pesar de esto, permanece inédita, porque durante la temporada trabajosamente alargada a quienes días fue conocida de ciento treinta y siete personas que previamente pasaron por la taquilla, porque no consideraron a su obra, o a alguna de sus intérpretes, dignas del premio anual y convencional de esa agrupación, a la que por fortuna y por propia voluntad no pertenezco, ha ocupado su columna en un diario estimable ultrajando, y creo que calumniando, públicamente a dos estimables autores-cronistas miembros de esa agrupación y en consecuencia doblemente compañeros suyos. Hasta ahora, que yo sepa, tanto don Luis G. Basurto como don Rafael Solana, hijo, no han dicho esta boca es mía, lo que estimo lamentable y desorientador.
Haciendo a un lado este penoso incidente que cuartea de modo definitivo la Agrupación de Críticos de Teatro, que nació con tan firme porvenir, me referiré a la última pieza del año, y al grupo de aficionados que interpretaron esta primera pieza de un nuevo autor. ¿Teatro |
experimental? No propiamente. Tampoco teatro por aficionados, porque muchos de sus elementos ya han aparecido en la escena o en el ecrán. El término experimental no sólo ha perdido validez y pasado de moda, sino que provoca desorientación. Teatro experimental es obviamente el teatro que experimenta. Entonces, ¿cómo debe denominarse a este género de actividades a cargo de principiantes entusiastas y desinteresados? Propongo llamarlo Teatro Independiente o Teatro de Ensayo. Las dos denominaciones le convienen. Teatro Independiente -independiente de la taquilla, naturalmente-, o bien de ensayo, porque todos, autor y actores se ensayan para hacer teatro profesional.
En el teatrito de El Globo, instalado en la planta baja del hotel París -París, 27-, el grupo que dirige el joven director Alfredo Méndez presentó la pieza en tres actos El cordón de San Benito, del también joven autor Pablo Salinas, con la colaboración de un grupo de actores, todos muy jóvenes, algunos con cierta experiencia teatral o cinematográfica. La pieza de Salinas, mixta de sainete de costumbres y melodrama, promete un buen autor, cuando éste asiente sus ideas y afirme su técnica. Se inspira su argumento en la superstición acerca de los poderes milagrosos de este Santo y de cierto cordón suyo con que se mide a la gente para causarles algún daño o para producirles algún bien. Bien planteado el asunto, el autor lo desenvuelve con fluidez y emoción y lo resuelve con lógica. No es justo esperar más de un principiante. ya se puede formar de sus trabajos una ficha interesante. Pablo Salinas Pérez nació en la ciudad de México el 18 de junio de 1926. Sus estudios profesionales los realizó en la Facultad de Filosofía y Letras, siendo pasante en Historia Universal. En la misma Facultad estudió Teatro con los profesores Enrique Ruelas y Mercedes Navarro. Como actor trabajó en Muertos sin sepultura, La anunciación, y Sumergidos. Posteriormente su inquietud de artista en formación lo llevó a |
llevó a escribir; sus primeras obras las considera muy malas. El cordón de San Benito fue escrita en 1950 y estrenada en 1956 bajo la dirección de Alfredo Méndez y le fue concedida una mención honorífica por el INBA en un festival de teatro. Después de El cordón de San Benito ha escrito otras obras, que son las siguientes: La madre y el muro, un acto; Sueños de papel, tres actos; Verano en la Muerte, tres actos; Los hombrecillos de gris, dos actos; El gigante y el enano, monólogo.
Tres jóvenes actrices destacan de manera evidente en la interpretación de El cordón de San Benito. Las tres pueden llegar lejos, y convertirse en rosas espléndidas de acuerdo con la promesa del botón. Tita Flores, María Antonieta Díaz y Alicia Rincón. Tita nació en México en 1939, estudia en la ANDA y ya tiene experiencia en representaciones de ensayo, en pequeños papeles en películas, en radio y en televisión. Posee un fino temperamento dramático. María antonieta Díaz, de inquietante y elástica hermosura, nació en México, como Tita Flores, en 1936 y a su juvenil belleza aúna fina sensibilidad. También ha hecho cine, radio y televisión y su poquito de teatro experimental. Alicia Rincón nació, en Zacatecas el año 1931. Como las anteriores tiene alguna experiencia en las ramas indicadas. Es dueña de interesante vis cómica, que tanta falta hace en nuestro medio. El director Alfredo Méndez nació en México, en 1930. Primero fue actor. Ahora, con más ambición y probada experiencia, empieza a recorrer los innumerables y difíciles caminos de la dirección escénica.
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