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Maya, de Simón Gantillón, convertida en espectáculo arrabalero

Armando de Maria y Campos

    En su tiempo, Maya, de Simón Gantillón, fue una pieza audaz que provocó escándalo y levantó polvaredas de discusiones. Esto fue pocos años después de la primera guerra mundial. Gantillón no era, no lo fue nunca, un autor de teatro popular, salvo cuando llevó a escena esta pieza, que se dijo estaba tomada de una novela rusa. La curiosa vigilancia de un gran escritor español que por aquellos años trataba de airear un poco los escenarios madrileños, Azorín, la descubrió y la tradujo, en su estilo pulcro y cortado, para la compañia de Lola Membrives, que la estrenó, muy acomodada al público de Madrid, con mayor éxito de prensa que de público.
     Durante la memorable temporada que Alfredo Gómez de la Vega realizó en el teatro Arbeu durante nueve meses del año 1930, dio a conocer Maya, en traducción suya, de acuerdo con el libreto que había visto representar en París, creo que a Margarita Jamois. Es la suya una traducción fina, elástica, exquisita y, sobre todo, alentada por la vibración poética que salva el argumento, que no es otro que el de la vida miserable y atormentada de las prostitutas corrientes, mejor dicho, baratas, que pueblan el barrio rojo de un puerto francés, Marsella, centralizadas en Maya -en la traducción de Gómez de la Vega, Bella-, mujer símbolo y síntesis de todas las que todos los hombres in mujer, o que la llevan palpitando en su pecho, agarran a su recuerdo, creen alcanzar o retomar cuando la tienen en el lecho transitorio. En  torno a Maya pululan otros tipos de estas mujeres desgraciadas, no muchas, para no complicar el símbolo, destacando en la simple trama que se reduce al paso por la alcoba de Maya de media docena de hombres, distintos entres sí y el mismo siempre, la jovenzuela Fifina, que con el tiempo y víctima del ambiente en que crece será otra Maya cualquiera... En la patética pieza de Gantillón tienen tanta importancia como Maya, mujer símbolo, los hombres que cruzan por las alcobas mercenarias en busca de los mismo, como un navegante, un fogonero, un militar gigoló o un vendedor de alfombras que paga a las mujeres en especie tapicera, o un extraño hindú que sabe o dice saber leer el porvenir.
     El sólo anuncio de que Gómez de la Vega daría a conocer al público de México, entonces encallejonado y al parecer sin salida en un ñoño repertorio español, provocó escándalo formidable, movido por las fuerzas católicas que

a su vez apoyában el anuncio estreno de una pieza de Eduardo Marquina titulada El monje blanco, durante la que aparecía la actriz Josefina Díaz de Artigas representando a la Virgen María, y que a la postre benefició a la excelente presentación de Maya por Alfredo Gomez de la Vega y los prometedores elementos mexicanos que le acompañaron, Gloria Iturbe al frente de ellos con Maya-Bella, y entre los que se dejaron ver con más precisión, Miguel Ángel Ferriz, o las entonces incipientes actrices Isabela Corona y Andrea Palma, que aparecían pro primera vez en la escena y se dieron a conocer con la jovenzuela Fifina. Contribuyó al escándalo de este estreno la circunstancia de que el joven poeta José Gorostiza había también traducido Maya, y quien para ganársela a Gómez de la Vega, la había ofrecido nada menos ni nada más, que a la compañía de comedias de astracán de las llamadas "hermanitas Blanch", que actuaba en el teatro Ideal. Gómez de la Vega publicó en la prensa diaria una certera carta aclaratoria -que tal vez me decida a reproducir- y el resultado fue que Maya alcanzó setenta y cuatro representaciones, cifra insólita entonces, pese a la abierta campaña que le hizo el clero.
     Triunfó Maya, y la salvó ante un público de buen gusto, el símbolo exquisito de la mujer necesaria para pecar y fingir amor a quienes están necesitados a un mismo tiempo de amor y pecado. para los ojos torpes y los paladares estragdos no tuvo más aliciente que el del escándalo que provocaron las campañas para que fuera retirada del cartel.

Cayó en el olvido.

    Maya ha caído en el olvido. Durante el año 1946 la bella y talentosa actriz Filipa María España Vidal, la representó en el teatro Virginia Fábregas, buscando salvar una temporada que por diversas causas naufragaba en la indiferencia. Pasó inadvertida no obstante el ambiente de morbosidad o corrupción que se le quiso imprimir.
     Ahora el persistente empresario Américo Manccini la ha presentado siguiéndole los pasos a Manolo Fábregas en su interpretación moderna de la comedia de fin de siglo Divorciémonos, de Sardou. Manccini aprovechando la menos buenas de las tres traducciones de Maya que

existen, la de Azorín, tal vez para poder hacer con ella un espectáculo de ráfaga morbosa, propio para un gran salón de populosa barriada, la ha montado en el nuevo Teatro Ideal como gran espectáculo, reproduciendo a lo ancho del escenario de este coliseo -dieciocho metros de embocadura-, una calle roja o de placer de Marsella, rompiendo las paredes de la alcoba de Bella (en esta versión se le llama Linda) y presentando el ir y venir por el barrio pecador, de acuierdo con los programas que han divulgado por el mundo hasta el cansancio las películas francesas que tocan, exponen y explican las vidas de las infelices trotacalles. Para mantener la acción en tan amplio escenario y justificar mejor la vida de esa calle, Manccini o el director de esta pieza, el joven o infatigable Xavier rojas, se atreven a intercalar una java, que bailan las mujeres con los marineros. En fin, rebajan la actuación de Maya, poniéndola al alcance de quienes no ven en la vida de Bella o Linda y de sus ocasionales amantes, el mensaje de esperanza, desolación y rutina que tiene la ya muy marchita comedia de Gantillón.
     Para crear esta nueva y espontánea Maya se recurrió a actriz de tan exquisito talento como María Douglas, quien no supo sortear los escollos de una dirección en exceso realista. La salva, sin embargo, su talento de actriz. La Fifina está a cargo de la joven actriz Irma D'Elias quien, muy linda por supuesto, cumple nada más. El resto de mujeres se esfuerza en reproducir el pastiche del prostituta que ha vulgarizado el cine francés de este género. Los hombres están bien casi todos, por la calidad humana sin molde que cada uno lleva a su aventura transitoria. Están excelentes José Elias Moreno, Manuel Zozaya, Marc Lambert, Angel Merino y Luis Beristáin, quien, como primer actor de la obra, desempeña tres carácteres. La obra está montada con lujo y vestida con acentuado mal gusto. Algunas de las batas que lucen las mujeres son horrendas hasta la agresión. La dirección de Xavier Rojas, sin profundizar en el asunto estremecedor que en ella palpita, supo mover con habilidad los personajes interiores y exteriores de esta pieza teatral a la que ya se le notan las profundas arrugas del paso del tiempo no obstante el cuidados maquillaje de una moderna espectacularidad.