En el cincuentenario de la muerte de Ibsen. Cómo y por quién fue representado por primera vez en México. II Armando de Maria y Campos |
Concluido el primer abono de veinticuatro funciones, la Compañía de Andrea Maggi salió a hacer el país, como se decía entonces. Su primera plaza provinciana fue Puebla, estuvo en Guadalajara y en Guanajuato y se atrevió a llegar a Monterrey. De regreso, a fines de 1895, fue publicado el prospecto para una nueva temporada, abriéndose desde luego el abono correspondiente. Concluido el segundo abono, y agotado naturalmente por el culto público de entonces, continuó la temporada. El estreno de Los aparecidos se anunció para la noche del 20 de febrero de 1896, previniéndose al público en el programa que se trataba de una "obra científica" en tres actos. Fue nuevamente representada el 25 del mismo mes, y otra más la noche del 27. La temporada de Andrea Maggi concluyó la noche del 28.
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Oswaldo, personaje central de la obra, salvo la nota discordante en ese concierto de alabanzas del escritor don José P. Rivera, cronista de El Diario del Hogar, que en su juventud había seguido la carrera de médico sin llegar a concluirla. Escribió el destripado doctor Rivera. "Me permitiré decir que no estoy conforme con la opinión de que Maggi interpretó a maravilla el enfermo que Ibsen quiso presentarnos. Si algún tipo no ha comprendido el inteligente actor italiano si algunos ha falseado totalmente, es el infeliz Oswaldo. |
le place. Convengamos en que reblandecimientos cerebrales de tan rara sintomatología, únicamente se ven el las clínicas de... teatro. Fue en otro tiempo cosa común y corriente que el loco, para serlo en la escena, había de traer melena alborotada, traje desgarrado, y mirar torva y sobriamente quien no procedía así, quien después no cometía todas las acciones más contradictorias y más imposibles, y, para concluir, quien no sanaba repentinamente, al finalizar el cuarto acto, no era loco. Paso aquella oleada de mala interpretación en achaques de alienía, merced a los esfuerzos de la crítica, y sustitúyenla ahora otra no menos perniciosa: la de falsear la verdad patológica, ya por defectos de observación, ya porque el actor crea que con su interpretación particular, muy particular, causa impresiones más fuertes y más duraderas. No, si el actor quiere engalanarse con el calificativo honroso de artista, está obligado a estudiar concienzudamente en caso que pretende llevar al escenario. Un enfermo de reblandecimiento cerebral que es paraplégico en vez de hémipléjico y en el que falta todo síntoma de afasia, no resulta trágico, ni aún dramático, sino simplemente bufo. Y más reprensible todavía será que el actor, por un desatento empeño de producir en el público emociones intensas, falsée de propósito la realidad. Cualquiera que sea el término en que nos coloquemos, tendremos simpre que Maggi, acreedor a encomios por su irreprochable interpretación respecto a otros personajes, no lo es por la de Osvaldo, al menos en mi sentir. Asista a los hospitales, vea de cerca a los enfermos de reblandecimiento cerebral, y se convencerá de cuán injustificados son los elogios que, por exceso de galantería le tributaron los cronistas" |