El amor tiene su aquel, de Carlos Llopis, en el Teatro Trianón Armando de Maria y Campos |
La costumbre mexicana, practicada fielmente por nuestros directores de teatro durante sesenta o más años, de presentar "el último estreno de Madrid", parece que se ha perdido. Largas temporadas nos hemos pasado, del año 40 al que corre, sin saber qué pasa por los teatros de Madrid. No ignoramos que durante muchos años no ha pasado nada digno de exportarse. La generación de autores que sufrió la guerra que llevó al poder a los vencedores de la república, entró en crisis de liquidación, y durante dos lustros más el teatro español se apoyó en recuerdos y se sustentó de esperanzas, Ahora parecer ser distinto... |
la araña?... ¡Del techo!- de Jardiel Poncela, maestro en temas absurdos que planteaba haciendo alarde de dificultades y resolvía con tanta gracia como maestría. Llopis ha compuesto una pieza digna de Jardiel Poncela. En tres actos, divididos cada uno en dos cuadros, hace juegos malabares con una anécdota absurda. Una provinciana, casada con un político maduro, no sabe "que el amor tiene su aquel". Lo descubre en una plática de amigas que tratan de rebelar a una chica a punto de casarse, el aquel del amor. Magnifico cuadro, delicioso e irónico, de una transparente finura. Luego, en los cinco cuadros restantes desarrolla un melodramático folletín, tan ilógico como gracioso, durante en que la joven esposa, que ha vislumbrado el aquel del amor en la inesperada visita de un catedrático de literatura, se propone matar a su marido a como dé lugar, con arsénico o dinamita, para después del asesinato entregarse, libre y pura, al galán recién llegado. No logra matar al marido, pero si al ayuda de cámara, a la cocinera y a cuatro politicastros, todo ello dentro de una trama de situaciones tan absurdas como graciosas, y no sabría uno decir si son más absurdas que graciosas, graciosas que absurdas. Inverosímiles lo son, a pesar de las licencias teatrales; pero muy divertidas. El autor no se propuso más, y como en la pieza se trasluce una fina caricatura de un romanticismo provinciano trasnochado y su diálogo es tan fluido como fácil, y tan gracioso como humorístico, el espectador no se llama a engaño y disfruta del "nuevo humor", de este fino humorista madrileño. Llopis tiene el acierto, |
de autor que lo es sin trama, de crear personajes muy completos y simpáticos. Todas las mujercitas del primer acto; la protagonista -Andrea, creada en México por Maricruz Olivier, que está muy simpática y logra un serio avance en su carrera tan cargada de triunfos-; el político provinciano, que lo mismo es español que americano -creado con calculada sobriedad de efectos cómicos por Guillermo Orea-, y el catedrático Rufino Fernández -muy bien caricaturizado por Luis Aldás-. El grupo de jóvenes actrices que intervienen en el primer acto, que en realidad sobra a la acción general de la comedia a pesar de que es excelente, luce mucho en detalle y en conjunto; Ada Carrasco, como yucateca; Rosa María Moreno -que hace el mejor personaje que le he visto-, en la casadita enterada; Irma Elías, en la novia ignorante, y Débora Félix, en al solterita impaciente. El resto no desentona en tan excelente interpretación y cada quien -Armando Velasco, Gerardo del Castillo, Luis Gimeno y Antonio Brillas- está en su sitio. todo ello abonado a la concienzuda y cuidadosa dirección de Julián Soler. |