Cuando ella es la otra, de Víctor Ruiz Iriarte, estrenada con otro título en la sala Ródano Armando de Maria y Campos |
A fines de junio de 1952 recibí la que entonces era la última comedia estrenada de Víctor Ruiz Iriarte: Cuando ella es la otra, con esta cariñosa y significativa dedicatoria: "Para Armando de María y Campos, con el abrazo lejano, pero alegre y entrañable de Víctor Ruiz Iriarte". Me interesó en seguida su lectura porque despertó desde luego mi curiosidad la circunstancia de su estreno, primero en Barcelona, el 27 de febrero de 1951, y después en Madrid, el 12 de abril de 1952, por la misma compañía de Carmen Carbonell y Antonio Vico, prueba de que se trataba de una comedia de repertorio, lo que equivale a ser una pieza que, como definía Moratín en su tiempo la comedia, pinta a los hombres como son, imita las costumbres existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes de la vida doméstica, y de estos acontecimientos, de estos individuos y de estos privados intereses forma una fábula verosímil, instructiva y agradable. Leyéndola, pensé qué útil le hubiera sido a la empresa de Carlos Lavergne, cuando este gran empresario regenteaba el teatro Ideal de la calle de Dolores. La divertida, muy agradable, nada constructiva ni verosímil comedieta de Ruiz Iriarte hubiera proporcionado éxito seguro a Anita e Isabelita Blanch, y a los actores que estuvieron en su compañía. Porque Cuando ella es la otra no es menos, ni es más, que tantas frívolas y |
entretenidas que se representaron en lo que los cronistas cursis dieron en llamar "La bombonera de Dolores", imitando lo que algunos no menos cursis cronistas madrileños decían del Teatro Lara de Madrid. |
que sólo da la experiencia. La señorita Parga repitió su papel... sin ortografía, es decir, sin darle la puntuación oral indispensable para que se adviertan los silencios y las palabras tomen su verdadero valor. Emperatriz Carvajal, quizá con demasiado oficio, jugó con el carácter que representó como un gato travieso con un ratoncillo inocente. Nos dió pena ver a dos actrices de probada profesión -María Gentil Arcos y Carmen Cortés- desempeñando personajes insignificantes. Gustavo Rojo, que es galán maduro, estuvo afectado y al parecer más atento a lucir él personalmente que a crear un personaje. Miguel Suárez, como el viejo amante Bobby, también se mostró inseguro, superficial, y abusó del viejo recurso de frotarse las manos, como quien mueve el molinillo para sacarle espuma al chocolate. La escenografía de X. Torres Torija es del mejor gusto y está muy bien ambientada; particularmente el segundo escenario. En el primero cubrió todo el fondo un biombo gigante, en color rojo, cuya presencia nos explicamos después, como recurso para hacer rápida la mutación de la garconier de la amante a la sala de estar de la esposa, porque -hay que decirlo de una vez-, El marido de la otra (o Cuando ella es la otra) no es más que un vodevil azul, o rosa, o blanco. |