Estreno en El Caracol de La muerte nos visita, de Margos Reimbeck de Villanueva Armando de Maria y Campos |
Pocas veces ha sido presentada en México una pieza de teatro de autor mexicano con mayor sencillez. Hacía meses que el teatro de El Caracol, el primero de todos nuestros coliseos de bolsillo, y que tiene en su haber una larga serie de aciertos, tanto de comedias de autores mexicanos como extranjeros, había interrumpido sus actividades. Sus empresarios y animadores, el director José de J. Aceves y su socio administrativo Antonio Arce, se habían distraído en otras empresas con varia fortuna, pero "hijos pródigos" en nuestro mundillo teatral, han vuelto a el Caracol, y en vez de elegir alguna pieza que asegurara en parte el éxito económico por sus precedentes favorables de éxito fuera de México, dieron al público mexicano la sorpresa de presentar a una autora del país, nacida en la ciudad de México, trabajadora incansable alejada de los círculos literarios, y que con inexplicable molestia se presentó como M. Reimbeck, sencillamente. Una afortunada casualidad permitió al cronista identificar a Margos de Villanueva, autora de una breve y deliciosa novela titulada 22 horas, publicada dentro de la colección Ahuizote, por Obregón, S. A., a fines de 1955, con M. Reimbeck. ¿Porqué ese pudor o ese temor? Por todo y por nada. El público se daría cuenta de inmediato que se trataba de un autor mexicano, al comprobar que la acción de La muerte nos visita se desarrolla en la ciudad de México, a las 11:30 de la noche de un día cualquiera, el primer acto; a las cinco de la mañana siguiente, el segundo, y alas 11:30 da la misma mañana. |
revela un celoso cuidado en la construcción de la trama y un acusioso estudio de los caracteres de los personajes que intervienen en el crimen, doble crimen después, que se comete en la residencia de una familia acomodada, bien avenida al parecer, pero separada por hondas diferencias pasionales y de ambición, una comedia, una auténtica comedia de misterio o policiaca, como pudiera construirla cualquiera que ahondara con visión certera del autor en este género del teatro tan difícil de construir, de desarrollar con lógica desconcertante, no obstante su aparente y peligrosa facilidad. Margos Reimbeck de Villanueva plantea de inmediato el misterio de un crimen cometido por uno de los personajes que se encuentra en escena; hace intervenir al detective necesario e indispensable; no lo saca, casi, de la escena durante los tres actos, deja que embrolle el conflicto, y, a la postre, el doble crimen resulta una lógica transparente, por la simple y sencilla razón de que los personajes actúan animados únicamente por sus fenómenos psicológicos. Resulta siempre, además de absurdo, inconsecuente, insinuar siquiera la trama de una pieza policiaca. Por eso me abstengo de todo aquello que pueda anticipar al espectador una versión que impida la sorpresa, mérito y sorpresa fundamentales de toda obra policiaca. El espectador cree que todos los personajes pueden ser el ejecutor del doble asesinato, y cuando al fin se sabe quién lo ejecutó, nadie nota esfuerzo en el autor, ni advierte distorsión en el proceso de las investigaciones que realiza el inspector; y no falta quien exclame, convencido de que todo ocurrió dentro de la |
lógica policiaca pura: ¡claro, no podía ser otro el asesino! |