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Diferente de Eugenio O'Neill, por María Tereza Montoya, en la sala Cinco de Diciembre

Armando de Maria y Campos

    Para cerrar la temporada inaugural del Palacio de las Bellas Artes como gran centro de espectáculos el año de 1934, María Tereza Montoya y Alfredo Gómez de la Vega estrenaron la pieza en dos actos Diferente, de Eugenio O'Neill, traducida por Salvador Novo. Veintidós años después la ha vuelto a representar la ilustre trágica mexicana en vísperas de iniciar una gira por Europa y cuya meta principal es París. "El sombrío drama Diferente, escrito en 1920, nunca fué un éxito teatral, asegura Barret H. Clark, en su biografía de O'Neill, a pesar de la ayuda del censor que trató de prohibir las representaciones; y son pocos los admiradores de O'Neill a quienes les gusta algo. No fue recibido muy favorablemente, y poco después del estreno O'Neill escribió al crítico Nathan refiriéndose a la crítica adversa. Decía: 'Bueno, eso es bastante tranquilizador. Había empezado a pensar que mi excesiva popularidad me impida ser honesto'."
     Ema Crosby, la protagonista se entera de que Caleb Williams, un capitán con quien ella debe casarse, ha tenido amoríos con una indígena de las islas del mar Pacífico. Siempre lo creyó sexualmente puro, "diferente" a los demás hombres, y la emoción del descubrimiento hace que anule el compromiso. La acción del segundo acto transcurre en la casa de Ema, treinta años después. Ema es una víctima amargada de la abstención sexual. Benny, sobrino de Caleb, un niño norteamericano que acaba de volver de Francia, "entusiasma" deliberadamente a la solterona para sacarle dinero. Incluso le

 

propone matrimonio para darle en la cabeza al tío Caleb. La decepción de Ema es rápida y cruel. Es Benny quien da el golpe final: "Por favor, en serio, tía Ema, ¿no creíste... no se te habrá ocurrido creer realmente que yo pude amarte? ¿Cómo has podido? Anímate... Pero si eres tan vieja como mi madre. ¿No lo eres, tía Ema? (Y agrega despiadadamente). Y, además, yo diría que demuestras los años".
     El final del drama es innecesariamente violento. Caleb se ahorca, y en el momento que Ema se entera de esto "se encamina como sonámbula hacia la puerta", murmurando: "Espera, Caleb, que yo voy al granero"... para poner término a su vida. El tipo femenino, que constituye un valioso estudio psicopatológico, aún cuando no sea muy frecuente, es real. Nada raro es que una mujer que ha visto desaparecer su juventud reprimiendo sus instintos, llegue a la edad crítica en un estado de sobreexitación neurótica, que la haga prescindir de cuanto tuvo por recto y conveniente. En cambio el tipo de Caleb, el prometido desdeñado, es forzado y poco humano, pues es difícil imaginar un hombre que se pasa treinta años viviendo en abstinencia de anacoreta, dedicado a esperar fielmente que su novia se decida a perdonar su desliz de un momento para casarse con él. Por esta o por otra causa, la verdad es que el drama de O'Neill adolece de deficiencias; ha caído en el olvido, y no puede considerarse entre lo mejor de él.
    ¿Por qué, pues, se ha llevado a escena? Porque María Tereza Montoya crea al personaje de Ema en forma dialéctica y

didáctica. Culmina su presentación en las escenas con Benny, y en su total derrumbamiento físico, moral y espiritual, cuando éste la desengaña y la decide a seguir a Caleb... en el granero. Me parece imposible que otra actriz, en otra lengua o en otro clima, pueda representar -amar, vivir y sufrir- con tan honda y trágica verdad como María Tereza este dificilísimo personaje, siempre al borde del ridículo, tan profundamente cómico y trágico a la vez. Yo aconsejaría a las generaciones teatrales que puedan hacerlo, maduras y primerizas, que vean a María Tereza Montoya como Ema Crosby. Lo demás, no importa.
    Rafael Banquells se muestra excelente actor durante las escenas del segundo acto, y al crear a Caleb logra, para mí, tal vez su mejor creación de teatro maduro. Tony Carbajal está en tipo y en edad creando a Benny, y acierta plenamente con sólo dejarse ver de lado de la Montoya. Ricardo Mondragón dirigió la obra con desnuda y enérgica sobriedad y cuidó de todos los detalles que marcan el paso del tiempo en el drama que vive y exhibe la desventurada Ema Crosby.