que el
propio Gurrola tradujo cuidando sobremanera que no se
debilitara el enorme lirismo de ella.
El
haber escogido Bajo el bosque blanco indica que Gurrola no quiere abandonar la línea en la
que se inició como actor y que lo llevó a trabajar en los programas de Poesía
en Voz Alta y es que la obra de Dylan Thomas es
verdadera poesía en voz alta. Los personajes magníficamente trazados, las
costumbres descritas en forma admirable y el lenguaje que es todo él imagen
poética, hacen de esta obra una pieza literaria de gran belleza, pero no una
obra teatral, porque el teatro no es sólo pintura de un ambiente, metáfora y
riqueza literaria, el teatro es ante todo acción y conflicto. Una acción que se
sirve del lenguaje, del movimiento, del gesto, del sonido como medios de
expresión; en Bajo el bosque blanco hacen acto de presencia estos medios, pero no hay acción que los motive, es
como un reloj que tuviera péndulo, manecillas, carátula, pero que estuviera
privado de la maquinaria fundamental que le da sentido a esa forma externa del
reloj.
La
obra consiste sólo en la descripción de la vida de una aldea durante una noche
y un día. Podría comenzar lo mismo por la mañana y describir los
acontecimientos primeros del día y después de la noche, y ello no cambiaría en
nada su desarrollo; por otra parte quizá esto hubiera sido preferible, pues de
esta manera el espectador habría estado más familiarizado con los personajes en
el momento en que éstos comienzan a soñar y, al conocer mejor las distintas
personalidades comprendería mejor sus sueños.
Tomando
en cuenta la falta de acción de la pieza, es admirable cómo Juan José Gurrola logra dar vida y animación a la escena; logra darle
una actividad plástica que toca los lindes de la pintura. Se sirve del canto,
así como de la diversidad de actitudes corporales que son en sí una búsqueda de
la capacidad del cuerpo humano como instrumento de expresión. Aunque no es
quizá culpa de la puesta en escena, sino de la obra misma, esta forma de
actuación tiene un cierto aspecto superficial, como si todo lo que ocurre fuera
sólo la cáscara de algo que en realidad no se llega a conocer.
La
actuación del grupo es muy digna de consideración, ante todo por la indagación
que representa su ya mencionada plasticidad. No puede hablarse de cada
intérprete en especial, debido al gran número de actores que participan en el
espectáculo, pero sí puede decirse que todos ellos hacen trabajo muy
encomiable. El camino de investigación escogido por Gurrola es interesante y digno de ser visto y no puede dejar de aseverarse que el Anfiteatro
de San Ángel Inn es un local que a pesar de su
lejanía se presta maravillosamente para este género de experimentos y que la
escenografía logró un ambiente ideal para esta “pieza para voces” de Dylan Thomas.
Cacería
de un hombre.
Teatro Fábregas. Autor: Jose M. Camps.
Dirección: Fernando Wagner. Escenografía: David Antón. Reparto: José Luis
Jiménez, Mario Orea, Lola Tinoco, Mario García González,
Sergio Bustamante, Stim Segar, etc.
. .
Hasta
ahora la Temporada de Oro del Teatro Mexicano que está llevando a cabo el INBA se había desarrollado con el montaje de obras ya
estrenadas antes, de diversos autores: Sergio Magaña, Emilio Carballido y Celestino Gorostiza; Cacería de un hombre -cuarta obra de la temporada y cuarta que se
representa en México de José María Camps- es, pues, el
primer estreno de la temporada. Desgraciadamente la obra resultó ser una
burbuja que se deshace en el aire. El autor, teniendo como resorte una premisa
poderosísima como es la de que un hombre para salvar su vida tiene que
decidirse a matar a sangre fría y escoger entre cuatro personas a las que sólo
les debe gratitud, desperdicia el tema para caer en la sensiblería. Pretende
ser una obra de mensaje y éste resulta ser un lugar común, también pretende
hacer suspense y sin embargo éste no
sólo no existe sino que la trama se conoce de antemano, inclusive desde antes
de que el “abuelo” hable de los chichicuilotes a los que nadie se atreve a
matar precisamente por ser tan indefensos.
La acción (si es que hay
alguna), está situada en un pueblo tropical de vegetación “lujuriante” del sur
de México; no obstante, los personajes que habitan el pueblo pueden
identificarse mejor como españoles por el tipo de relación que existe entre |
ellos y su
comportamiento. Otro error del autor, fue su preocupación constante por hacer
que los personajes hablen un lenguaje literario, lo que da por resultado que
todos se expresen en igual forma, o sea con el lenguaje del autor y no con el
suyo propio, con el que correspondería a su nivel social y cultural.
Cuando
la obra termina se llega a la conclusión de que no ha sucedido nada y que aquello
que podría haber ocurrido no le importa a uno. Triste es para un autor
despertar esa sensación en su público.
La
dirección de Wagner, por si fuera poco lo anterior, se sintió desganada, lenta, provocaba aburrimiento
en vez de interés; y la escenografía, de David Antón, quizá por esa ubicuidad
tan dudosa de la obra, resultó también anodina.
En
cuanto a los actores, Sergio Bustamante, a quien hemos visto interpretaciones
excelentes, interpretaciones mediocres, otras profundas y serias y otras en
juego, irrespetuosas, en esta ocasión se decidió por la del juego, con lo que
en vez de parecer un pistolero sanguinario que siente por vez primera que
alguien le brinda afecto, parecía un aprendiz de “rebelde sin causa”, pero sin
agallas.
La
obra se la lleva Mario Orea, que es el único que tiene oportunidad de lucirse
en su personaje del borracho Efraín, pues Dimas, que podría haber sido un
personaje interesante y al que Mario García González habría resaltado sin lugar
a dudas, está totalmente desperdiciado por el autor. Los agentes
norteamericanos son personajes incidentales, carentes de importancia e
interpretados decorosamente, y el resto: el abuelo, Eufrasia y Silvia, tomando
en consideración todas las fallas del trazo que de ellas hizo el autor, puede
decirse que José Luis Jiménez, Lola Tinoco y Gloria Leticia Ortiz, los
interpretan, respectivamente, lo mejor que pueden.
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