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El Misántropo, de Molière, por la Compañía de Madeleine Renaud-Jean Louis Barrault

Armando de Maria y Campos

    El misántropo, comedia en cinco actos y en verso, de Moliére, es inevitable en el repertorio de una compañía teatral como la de Madeleine Renaud-Jean Louis Barrault, que la tiene incorporada a partir de mayo de 1954, por cierto estrenada en Río de Janeiro, antes que en París, aunque el mismo año. El misántropo, es la décimasexta pieza de Molière, y fue estrenada el 4 de junio de 1656, y es el primer intento en Francia de la comedia de caracteres y de estudio de costumbres. El misántropo es el triunfo de la obra sin asunto, que queda reducido a la lucha entre las convenciones sociales representadas por Philinte y Céliméne y el movimiento natural personificado en Alceste. Hay dos tipos principales en la obra: Alceste y Philinte, que vienen a ser el desdoblamiento de un solo tipo, pues en denifitiva Alceste y Philinte son el mismo personaje en dos edades diferentes. Philinte es lo que probablemente llegará a ser Alceste, y Alceste es, lo que fue diez años antes Philinte. Ambos coinciden en encontrar poco agradables a los hombres, en amar la virtud y en ser de intachable conducta, y se diferencían en que Alceste se extraña de que los hombres sean como son y se indigna con ello, y Philinte comprende que aquello no puede ser de otro modo, y resignándose, toma el partido de dejar a los hombres como son, sin corregirles ni contrariarles. Alceste lucha con los tribunales y con el amor, y pierde el pleito y no consigue cambiar el carácter de Céliméne, mezcla de coqueta y mundana, deseosa de amores, y ávida de imperar en un salón, por su belleza y su ingenio. A pesar de todo, Céliméne ama a Alceste, a su manera, por supuesto, y está dispuesta a casarse, pero no llega al extremo de sacrificarle su salón y el trato de la gente, y no acepta la condición de retirarse a la soledad.
     En ocasión de su estreno en el Palacio Real, la actitud del público fue, al parecer, bastante fría y el éxito, según el abate Du Bos, no se señaló sino hasta las ocho o diez representaciones. El misántropo, con todo, fue representada treinta y cuatro veces en 1666, buena cifra para aquella época. Por el contrario, en los años siguientes, hasta la muerte de Molière, no fue representado más de veinticinco veces. Parece que, a despecho de la acogida elogiosa con que se recibió la pieza por parte del público inteligente, el gran auditorio desdeñó El misántropo. Y esta reserva subsistió al través de muchos años. Reconocida,

 

sin embargo, como la obra maestra de Moliére, El misántropo obtuvo en la Comedia Francesa, de 1680 a 1932, mil trescientas sesenta y siete representaciones, con la sola presentación alternada de Tartufo y El avaro. Fue editada por primera vez, a principios de 1667. Moliére había indicado como título, El misántropo o Atrabiliario amoroso, con lo que se precisa el dibujo de Moliére y nos ayuda a comprender el carácter del héreo principal.
     El misántropo, que es una obra maestra, de delicadeza, de ingenio y de psicología, y también una de las comedias de Molière mejor escritas, ofreciéndonos en ella un magnífico cuadro de la sociedad elegante de aquella época. Uno de los pasajes más elogiados, es la escena del segundo acto, que tiene lugar en el salón de Céliméne, y en donde Molière nos hace asistir a una conversación, o mejor dicho, a una murmuración de gentes de mundo que pasan revista, analizándolas por el lado ridículo, a una serie numerosa de tipos. El tipo de misántropo -ahora se diría, según las teorías de Freud, un introvertido; en realidad un insociable-, es un tipo modernísimo, que no alcanzaron a comprender sus contemporáneos. Para encontrar el verdadero sentido del modo de ser de Alceste, hay que acudir a los héroes del romanticismo, sedientos de ideal que, afectando fuerza, carecían de todo poder de adaptación al ambiente, y acaban por enervarse en la efusión lírica de la protesta solitaria.
     La tesis de El misántropo, tiene precedentes en la historia de la comedia universal. En Menandro y en Terencio, se ha pretendido hallar los primeros vestigios de su argumento, pero en realidad en ninguna comedia anterior a la escrita por este genio francés, se encuentra el pensamiento anterior de la obra de Molière.
     El misántropo fue traducida libremente al castellano en 1771 y en 1778 -según programa que tengo a la vista-, fue representada en el Coliseo, de México. Y pocos años antes de que el Cura Hidalgo se echara a la calle gritando: ¡mueran los gachupines! ¡Viva Fernando VII, el Padre de la Patria la hacía representar, por aficionados que él dirigia, en su curaro michoacano. Bretón de los Herreros, en 1828, la imitó en El ingenuo, obra muy endeble, suprimida por el propio autor en sus obras completas. Coquelin Ainé la representó en el Teatro Nacional, de México, en 1888, llevando como Céliméne a Jane Hading, y el año siguiente, también en El Nacional, la representó

la compañía de Leopoldo Burón, con Antonia Contreras como Céliméne, según la traducción española de José Sedano.
     La compañía Renaud-Barrault logra una excelente versión de El misántropo, mise en scéne de Barrault, decorado de Pierre Delbée y vestuario de Marcel Escoffier, Madeleine Renaud reapareció para el abono. A, creando una deliciosa Céliméne, la mejor sin duda después de la tradicional e histórica de Cecilia Sorel. Tiene la Renaud, como coqueta clásica, la flexibilidad fácil de una ola en el mar. Está doblemente llena de gracia, la física o humana y la que es don sobrenatural. Y dice -cantando en la más pura acepción- con claridad de cristal y sonoridad, campanita de plata. El verso de Moliére, al salir de sus labios, es rosa de Francia, luz y aroma.
     Vistió a Céliméne con gusto exquisito y fina riqueza y lució deslumbrantes joyas. Barrault actuó en actor antes que nada, gran actor por cierto. Su Alceste es lección viva de admirable, poderada actuación, y dio cátedra de dicción. Mientras haya un Barrault en la escena francesa, Moliére -y su Misántropo- vive como en los mejores días de sus comediantes del Palacio Real. Todas las facetas del personaje -enamorado, iracundo, desencantado y... misántropo- brillan en virtud del arte poliédrico de Barrault, Jean Desailly, como Philinte, alternará con decoro a la vera de Barrault. Pierre Bertín logra otra gran creación como el fatuo Oronte, gran señor que se envanece de saber poesía -rica, fastuosa y estupendamente trajeado- y lleva a los tribunales a Alceste, ganándole el pleito. Fue largamente ovacionado Granval como Acaste y Cattand como Clitandre, fatuos petimetres enamorados de Céliméne, también soberbiamente vestido, animaron con dominio y comicidad la acción. Simone Valére hizo una adorable Eliante, prima de Céliméne, y Natalie Nerval confirmó sus calidades de buena actriz en la biliosa, intrigante Arsinoé. Ya hemos dicho que en esta comedia pasa poco en comparación con lo que se evita; la accción es pobre a pesar de las animadas escenas. Lo que no aminora su valor como joya teatral. El decorado, moderno y evocador de una época fastuosa y rococó, mereció la primera ovación de la noche. Al final todos los intérpretes fueron largamente ovacionados y la cortina subió y bajó hasta fatigar a los simbólicos teloneros.