Todos los que amamos el teatro, espectadores o comentaristas, actores o críticos, tenemos -o soñamos tener- una experiencia personal de Hamlet. Alguien ha dicho, para ser más preciso diré quien: Leonardo Williams, autor de Algunos intérpretes de Hamlet (folleto publicado en Madrid en 1904), que "todos, alguna que otra vez nos hemos encontrado ante el espejo retorciendo el cuerpo en forma dolorosa y mimando o parafraseando el inmortal monólogo ser o no ser. O acaso -y tanto monta- hemos hecho esto ante el espejo de nuestra conciencia". Porque, en el estricto sentido teatral, Hamlet es el más popular de los dramas y Hamlet el más irrepresentable de los papeles. Tanto, tanto se ha escrito sobre Hamlet, que nada nuevo que decir de él o sobre él, como no sea, resumiendo, que el carácter de Hamlet es a la vez el más real y el que está más fuera de lo natural, el más poético y el más prosaico, el más lúgubre y el más etéreo y el más humano...
Porque -¿quién no lo sabe?- Hamlet es una farsa dentro de una farsa. Hay quien afirma -para decirlo con palabras de otro gran hispanista inglés Leonardo Williams, Carlos David Ley- que Hamlet está loco, que no está loco, que sufre de un complejo de Edipo agudo, que era el amante carnal de Ofelia, que sintió por Horacio una pasión inconfesable, que la reina es el retrato de María Estuardo... Cualquier fantasía, a cual más delirante. Y es natural, porque como Fausto, como don Juan, Hamlet, es un personaje humano, diverso y complicado, vivo, de ayer, de ahora y de mañana. Nadie que esté medianamente enterado del teatro de Shakespeare ignora que antes de su Hamlet (escrito entre 1595 y 1602), existía, es decir, se representaba otro Hamlet. Por su puesto, nada importa. No hay en definitiva más Hamlet que el de Shakespeare, diverso según el actor que lo represente. Williams recoge en su raro libro las características de los más grandes intérpretes ingleses del príncipe danés: El primer gran intérprete que recoge la historia teatral es Garrick, discípulo de Johnson; en seguida Kean, después Kemble, y Macready -inmortalizada la escena de los cómicos en el lienzo de Maclise-; Irving, Barret, Benson, Beerbohm Tree... Por cierto que Barret, grueso, robusto, hacía un príncipe de Dinamarca que apenas se lamentaba, ni sollozaba, ni vacilaba. Y después, |
los italianos -todo gran actor italiano ha sido por lo menos una vez Hamlet-; no pocos, o más bien pocos, españoles: Morano, Ricardo Calvo (que lo hizo en México, en 1924 en el teatro Principal); antes que estos, Burón, quien, por cierto, representó en México en el teatro Arbeu, el 8 de julio de 1886 una notable versión de un mexicano, el veracruzano Manuel Pérez Bibbins. ¿Quién no ha oído hablar del Hamlet de Barrymore? ¿Quién se habrá perdido el que para la pantalla sonora hizo Olivier? Y puestos a levantar recuerdos: ¿habrá todavía quien evoque ahora, el Hamlet mexicano de la actriz española Gloria Torrea, y el nuestro Fernando Mendoza?... Estas y otras referencias sobre Hamlet haría de esta crónica el cuento de nunca acabar, y nos llevan a la conclusión de que Hamlet "no es sólo literatura, es drama; Hamlet mismo, o es humano o no es humano"? Que importa en verdad la cuestión de si Hamlet fue loco o fingió la locura; lo cierto es que un hombre puede tener muchas facetas, que puede por turno serlo todo, y todo sinceramente; instrumento en el que los dedos de la fortuna pulsan la cuerda que más le place.
Barrault no podía evadirse de ser Hamlet, y para llevar a su teatro un Hamlet suyo pidió a André Gide una traducción de la gran tragedia shakesperiana, una traducción que viniera a ser -en francés- la definitiva. Con música de Arturo Honegger y trajes y escenografía de Andrés Massón, la llevó a su escenario parisiense el 17 de octubre de 1946. Gide, al contrario de muchos traductores de Shakespeare, respetó el texto íntegramente. La partitura de Honegger, sobria, -de desnuda que está brilla la estrella, que diría Rubén- es impresionante; el juego de cortinas grises ideado por Massón le da a la tragedia una vibración de realidad y ensueño -a veces pesadilla- que nos lleva de la materialidad de los personajes y sus pasiones a lo meándros de lo que flota en las sombras de la sombra. La iluminación, con candilejas inclusive, juega también con la vida y con la sombra. En todo se ve la mano, el genio en lo más justo del término, de Barrault, que hace un Hamlet humano y vivo, personaje actor que representa una farsa frente a su madre y su tío asesino y usurpador, y que es tierno, apasionado, cuerdo y demente, enamorado y perverso, en tanto que todos los demás personajes, incluso Ofelia excepción hecha por Polonio -Pierre Bertin es la |
naturalidad quintaesenciada-, no salen de la época en que aparentan vivir, siglos atrás de este que corre, tan cargado de dudas, de preguntas sin respuestas -ser o no ser-, en el que el hombre necesita más que nunca, creer, en qué creer.
Ya cuenta la historia del teatro con un nuevo Hamlet, el de Barrault. ¿Mejor que otros? ¿Inferior a muchos? Sencillamente, Barrault es un nuevo Hamlet, una enmarañada madeja de contradicciones de siempre, y de ahora, de "ahorita mismo", para decirlo a la mexicana. Por cierto, que el monólogo clave -ser o no ser- dicho con naturalidad admirable, no alcanzó a estremecer a nadie; Barrault dejó de ser el mimo que fundamentalmente no da la impresión de ser, para reducirse, agigantándose, actor. Otra sorpresa: la alocución de Hamlet a los cómicos, que se estima y con razón, como el comentario más robusto y precioso del arte de representar que existe en idioma alguno, pasó punto menos que inadvertido; otra característica más del Hamlet de Barrault, director y actor al mismo tiempo en el drama y en la farsa que está dentro de la farsa. No pocos esperaban un Hamlet haciendo piruetas, o como dicen que Barrymore marcaba las escenas de la locura, haciendo reír al público. Todos nos encontramos con un Hamlet humano, sencillo, profundo y contradictorio, razón y locura a la vez.
La compañía Renaud-Barrault domina esta difícil interpretación. Para mi gusto, el mejor de todos, por lo natural y espontáneo, es el maestro Pierre Bertin, ovacionado -el único- en casi todos los mutis. La Ofelia de Simone Valére, prodigio de ingenuidad y transparencia. Jean Desailly creó un magnífico rey de Dinamarca y Marie-Hélene Daste (¿sabe el público que esta excelente actriz es hija de Copeau?) en la reina le dió magnífica réplica. El espectro -papel que dice la historia gustaba de representar Shakespeare- fue confiado a Jean Juillard, que dobló después, y muy justo por cierto, como el rey de los comediantes. Resulta punto menos que imposible citar a todos los actores. Digamos, simplemente, antes de poner el punto final, que el Hamlet de Barrault convenció, satisfizo y conmovió. |