Frente al arte de Jean Louis Barrault como actor o como director sólo cabe una expresión: ¡Maestría! Y un sentimiento: ¡Emoción! Para presentarse y presentar a su compañía Barrault eligió dos obras clásicas de conjunto: Las falsas confidencias, de Marivaux y Las trapacería de Scapin, de Moliére, y en la postura, en la dirección, en el movimiento, en la intepretación, en la recreación en fin, reveló sobre todo: ¡Maestría! Actor, mimo, bailarín, muy antiguo reconstruyendo la manera de ser de los comediantes italianos de mil setecientos y tantos y muy moderno en el ritmo y en el tono, él se prolonga en todos y cada uno de sus comediantes. Madeleine Renaud es como Araminte de Les fausses confidences, frívola espuma, gracia que vuela, coquetuela escantadora. Pasó como una ráfaga de frivolidad, como una brisa de femineidad...
La deliciosa farsa molieresca que permite a Scapin hacer traviesas diabluras, regocijadas trapacerías, levanta en el escenario moderno un mundo encantador. La varita mágina del genio de Jouvet como animador convierte la pieza de Moliére en un espectáculo sugestivo y de interés arrollador; su jocosidad y alegría le dan ocasión a Barrault para mostrarse actor sin par en este género, mimo y bailarín, mitad marioneta animada, mitad juguete de cuerda con alma, personaje burbujeante de ingenio. Un conjunto de actores perfectamente acoplado le da a esta farsa un ritmo por todos conceptos extraordinario. Pierre Bertin y Marie Hélene Dasté, Régis Aoutin y Jean Juillard, Simone Valere y Jacqueline Corot, todos se mueven, sienten, viven en realidad, movidos por la maestría del director Barrault, actor maestro, pero director excepcional. ¿Sabéis cómo monta un espectáculo Barrault? Después de oírlo, ¡quién duda de la maestría que imprimió a la postura de Las trapacerías de Scapin!
"Montar un espectáculo -dice- no consiste sólo en hacer representar a los demás, ni aceptar o rechazar las propuestas del decorador; hay que representar también el lugar de los demás; dibujar en lugar del decorador; orientar al músico y eso no es todo... Hay que |
parecerse a esos directores de fábrica que han pasado por todas las ocupaciones que componen su fábrica y que gracias a ese proceso por escalones no se dejan engañar por los capataces; y no a esos directores que vienen, según se dice desde arriba, de arriba de una teoría y que en la realidad no tienen el derecho a dirigir el trabajo de los demás, ni ganar su vida con el trabajo de los otros." Ni más ni menos. Severa y certera lección de un verdadero gran director.
La segunda obra de la temporada Renaud-Barrault ha sido La repetition ou l'amour puni, de Jean Anouilh -escenografía y trajes de Jean Denis Malclás; mise en scéne de Barrault-, ya conocida en México con el título de Fiesta trágica, representada en la Sala Moliére hace cinco años, en versión de José Manuel Ramos, recortada, según costumbre nuestra para hacerla más breve o ligera. Sin embargo, debe estimarse como estreno, puesto que se ha representado íntegra en sus cinco actos originales. Es también una obra de conjunto, escrita además, como se sabe, para la compañía Renaud-Barrault y puesta por primera vez en el teatro Marigny en octubre de 1950. Anouilh es contemporáneo de Barrault, nacido el mismo año de 1910 en que vino a este mundo Barrault, y uno de los autores franceses del momento más eminentes. De Anouilh han sido representadas con éxito -por cierto ambas en el teatro del Caracol-, otras dos obras: Ardéle ou la Marguerite y La valse des toreádors.
La repetition ou l'amour puni es -para decirlo con las mismas palabras de Barrault- "quizá la obra más brilllante de Anouilh. Es también una de las que están compuestas más inteligentemente. Puede incluirse con Ardele y Antigone, en esa inspiración en que lo gracioso y lo dramático se entrecruzan con sutileza. Es grande nuestra admiración cuando sentimos hasta qué punto una imaginación instintiva llega a desarrollar de un modo exacto un punto de partida debido a la observación. Jean Anouilh, en este caso, ha sabido permanecer fiel a su tema preferido, transportándolo, sin embargo, a un ambiente de elegancia, de frivolidad y de |
refinamiento. Gracias a Marivaux, del que se sirve como de un trampolín, Jean Anouilh llega a rozar, para nuestro placer Les liaisons gandereuses, de Laclós, se aproxima a veces a Sade, logrando, no obstante, continuar siendo él mismo. Está dentro de la grande y verdadera tradición.
"Le estaremos siempre profundamente agradecidos -continúa Barrault- por haber tenido confianza en nosotros y habernos permitido llevar a buen término la realización escénica. Ante esta obra, la palabra que surge en la mente es maestría -misma que nosotos aplicamos a Barrault-. ¿Acaso no impone Anouilh con frecuencia leyes que le son propias a las leyes más convencionalmente reconocidas del teatro?"
La intepretación por parte de Madeleine Renaud como la condesa Eliane, de Barrault como el Conde Tigre, de Natalie Nerval, como Hortensia, de Simone Valére, como Lucile, de Jean Desailly, como Hero, de Pierre Bertin, como el señor Damiens, y de Gabriel Cattand como Villbose es de una pieza. La Renaud está -perversa y sutil- adorable, y Hortensia -frívola y mundana- encantadora. Simone Valére sencilla en sus partes ingenuas y conmovedora en las dramáticas. Barrault en el Conde frívolo y humano, un maestro; y soberbio, particularmente en sus escenas con la Valére y con Gattand, el gran actor que en todo momento es Jean Desailly. Cattand completa el admirable conjunto y Pierre Bertin, sobrio y severo, crea con hondura su breve intervención como el señor Damiens.
El ritmo de la interpretación muy teatral, sin concesiones a la moda un poco moderna de mover mucho las escenas y en ellas a los personajes. Se representa nada más cuando se representa, y se enfatiza un poco cuando... se ensaya la comedia de Marivaux que da pretexto a la pieza de Anouilh. Vestida con el mejor gusto y presentada con sobriedad constituyó también otro gran espectáculo. |