Decíamos.. el sábado último, trayendo a esta columna la respuesta del actual obispo de Málaga, don Ángel Herrera, el autor de La muralla, como don Joaquín Calvo Sotelo había dado al fin, con un final lógico dentro del teatro -que es un mundo convencional no obstante que se inspira en la realidad- para rematar el problema de conciencia que expone en su discutida obra dramática. Sigamos oyendo (o copiando) el señor obispo:
"Si Jorge, vista la oposición, se resigna a dejar las cosas como están y desiste de su decisión de restituir, a Jorge le alcanza la culpa. Y esta segunda parece que es la postura final de Jorge en la comedia. Así lo va a interpretar el público, Y entonces robustecería usted la posición de los que andan buscando pretextos para no cumplir sus deberes de justicia y caridad. Lo contrario de lo que usted desea".
Todavía el autor de La muralla -título final de obra, porque en un principio se iba a llamar El muro- consultó a otro sacerdote de su confianza, el padre Lorenzo Riber. Esto fue lo que le aconsejó el otro sacerdote: "La exclamación final de impotencia y vencimiento de Jorge ante la muralla que se opone a la radical generosidad de su propósito, le redime y justifica. Me pareció tener el mismo acento que el gran pecador y sumo doctor de la iglesia, San Agustín, ante las murallas que a su conversión oponían, cuando le decía a Dios en una sublime osadía: "Da quod jubes et jube qoud vis" (dame lo que me mandas y mándame lo que quieras).
Aunque si está el lector para saber todo lo que tuvo antes que trabajar mentalmente el autor para decidir el final de su obra, no lo relato aquí de acuerdo con lo que sé, porque el espacio apremia. El caso es que -como ya se ha dicho- Jorge muere en el preciso momento en que llega aquel a quien despojó y está dispuesto a confesarlo todo. Este final -aclara el autor- "deja satisfechas las posiciones extremas de la comedia. Ambas se mantienen hasta el fin, inflexibles. Nadie deserta, nadie claudica. Se me ocurre que, a lo sumo, otro de los desenlaces anteriormente diseñados hubiera podido complacer al espectador de igual manera, pero no superarlo. Y tiemblo al comprobar cómo es de quebradizo y delicado este arte del teatro, en el que no hay ninguna victoria firme hasta que el telón cae definitivamente, y en que ya no una escena, una sola frase, puede malograr las bazas anteriores, por seguras que parezcan".
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Expuestos el argumento, el proceso del problema y su laborioso alumbramiento de la escena final, la solución del asunto como tema de teatro, sólo queda alabar la excelencia de la comedia, pensada, escrita y construida con los mejores materiales que se emplearon en las mejores comedias de cualquier tiempo -porque el molde del buen teatro no envejece-, y que revela que la dramática de un país no está en crisis porque abunden los malos autores, fenómeno que se ha dado en todos los tiempos y en todos los países y continúa en vigor, y que basta uno, nada más que uno, para denunciar al mundo de la farándula que una tradición no se ha roto, y que el sol no ha dejado de existir porque haya estado cubierto por nubes de angustia, o de desorientación.
La muralla está dividida en dos partes y cada una de éstas en dos cuadros. El primero y el último de los cuatro cuadros, exposición y desenlace, son soberbios de factura; los dos cuadros centrales, segundo del primer acto y primero del segundo, forman el nudo clásico de la trama y todas sus escenas son las necesarias para afirmar el primer cuadro y para resolver el cuarto. El diálogo, certero, preciso, sobrio, castizo además, va directo al móvil, se va desarrollando lógico siempre, pero sin que el espectador imagine a ciencia cierta qué va a pasar al final, más indeciso para el público conforme avanzan las escenas -cada personaje tiene la suya, y aún las suyas-, dirigidos al final de impresionante efecto para todos, con la muerte de Jorge, crucificado, sugiriendo un "descendimiento de la cruz" entre las dos mujeres. Teatro puro, directo, humano y profundo. ¿Quién fue el mendaz, o más bien se trata de una mezquina conjura, que echó a volar la especie de que La muralla es teatro antiguo, cosas de Echegaray? Ganas de hablar de un teatro que desconocen, tal vez hasta en lecturas, quienes quisieran que España y su teatro que ha nutrido a tantos, quedara borrado del mapa, de la historia, de todo. Digna de Echegaray si es La muralla, hábida cuenta de que si el ilustre autor de Mancha que limpia escribiera teatro ahora tal vez la hubiera compuesto y con tanta profundidad teatral y con un desenlace tan bien visto, compuesto y resuelto. Que alguien intente quitarle una sola escena a la pieza de Calvo Sotelo, y vería cómo todo es necesario, indispensable para que ande, como el más simple de los mecanismos de relojería, y no otra cosa es una comedia dramática, que además, |
precisa de un alma para que tenga vida. Para salvar un alma como la de Jorge Hontanar no falta, ni sobra, una escena, por muy echegarayesca que a algunos parezca, y que yo tengo como el mejor antecedente de sensibilidad teatral y de habilidad dramática. (Soler expurgó La muralla de tipismo o topismo, y con esto la hizo múltiple, un poco universal).
Fernando Soler está magnífico de naturalidad, de sencillez, de facilidad -qué difícil es ser fácil- y de emoción. Va directo a lo profundo, a lo hondo del personaje, y lo compone con auténtica maestría, con claridad y transparencia profesional. Convence y conmueve y da en todo momento una lección, que no es otra que la de una madurez que sólo da el tiempo al buen vino y al buen actor. Morir con naturalidad -¡y teatralmente!- es privilegio que, como la edad, no se improvisa. El público todo, el que nunca había visto actuar en la escena a Fernando Soler y el que lo recordaba, lo recibió con cariño y lo aplaudió con entusiasmo, en el que iban enredados jirones de emoción y de gratitud.
El conjunto que interpreta La muralla, integrado por profesionales con categoría de tales, está a la altura del protagonista. Sara García, que también reapareció después de larga ausencia cinematográfica, compuso una suegra Matilde, con riqueza de anécdota, diciendo su parte sin que se perdiera nada de ella. Lina Santamaría, en la esposa Cecilia, también está muy actriz. Reapareció, de regreso igualmente del cine el gran catedrático, aunque sin barba, Domingo Soler, a cuya pericia quedó encomendado el pintoresco hombre político y suegro en cierne Javier. Antonio Bravo -el administrador- y Arturo Soto Rangel -el cura gallego- mantuvieron su réplica a la altura de los protagonistas, y Mari Cruz Olivier, en la hija Amalia, demostró que va por el mejor camino; supo y pudo hacerse ver y escuchar al lado de profesionales de tanto mérito y solvencia. La dirección de Fernando Soler al servicio de la obra y con ello prueba su respeto al autor y su responsabilidad como director profesional. Julio Prieto imaginó y construyó un decorado corpóreo que en mucho contibuyó a darle profunda realidad al clima de bienestar económico en que se desarrolla la apasionante anécdota.
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