Resaltar búsqueda

Amor a la fuerza de Jacques Deval, en el teatro Arlequín

Armando de Maria y Campos

     El teatro Arlequín ha iniciado su segunda temporada, correspondiente al año de 1956, eligiendo una pieza del género conocido por vaudeville, que tan buena suerte ha traído al empresario y a la primera actriz de este elegante y amable teatro que empezó como "de bolsillo", y que ahora, con las ampliaciones y reformas de que ha sido objeto, ha quedado capaz para un estimable número de espectadores que, sin embargo, pueden sentirse en un local pequeño, íntimo.
   Los esposos Haro Oliva -Nadia, primera actriz, y Antonio, empresario- hicieron un viaje a París con el exclusivo objeto de ver teatro y elegir entre lo mejor que durante la temporada de invierno se representaba en los teatros del Bulevar. Supongo que entre otras obras se trajeron ésta de Jacques Deval, con la que abrieron temporada el martes 13 del mes que corre. En francés se llama La Maniére de Forte, y fue estrenada en París, en el Théatre de l'Athénée, el 9 de febrero de 1954 por la actriz rumana Elvire Popesco, acompañada por Robert Lamoureux y Genoviéve Page. Se trata de una vieja pieza del propio Jacques Deval titulada Dans sa candeur Naive, estrenada también en París en 1925 ó 1926. El autor francés, muy comerciante y muy ducho en la construcción de obras para el gran público, reescribió o rehizo aquella su ligera comedia que alcanzó algún éxito hace más o menos treinta años, y debe haberlo hecho con la maestría que dan los años de ejercicio, porque La Maniére de Forte se sostuvo en la cartelera bulevardiera sus dos buenas temporadas.
   Elegida la obra, los Haro Oliva encargaron la traducción al autor yucateco Wilberto Cantón, a quien se debe la de Nina, de Roussin, que tan buena suerte trajo al teatro Arlequín, a su empresario y a la principal intérprete. Como ya es costumbre en México, aduciendo razones de limitación de tiempo por las dos o tres funciones diarias que es habitual ofrecer a nuestro público, y otras de última hora, como son la necesidad de los repartos cortos, de los escenarios pequeñós, etcétera, Cantón adaptó la obra de Deval, la redujo o recortó y en términos generales la compuso a la medida de la actriz protagonista y de alguno de los actores que la acompañan en esta interpretación suprimiéndole personajes que a lo mejor no son tan innecesarios como supone una eliminación

radical. ¿Qué quedó en la versión mexicana de la antigua comedia ligera Dans sa candeur Naive o de la moderna La Maniére de forte? Cantón declaró oportunamente: "Hubo que cortar algunos personajes y suprimir escenas indispensables. Traté de ajustarme al texto francés y no me excedí en hacer algo propio. La comedia, que originalmente dura tres horas y media, quedó reducida a 129 minutos". El cronista, ateniéndose a esta producción, debería elogiar o censurar de acuerdo con lo que sabe de la obra y lo que ignora de ella. No somos partidarios de las adaptaciones radicales. Está bien el acendramiento de los diálogos en busca de una reducción de tiempo; para decirlo en términos culinarios: conviene hacer hervir los diálogos para tomarlos concentrados. De otra forma será siempre injusto o temerario el juicio ya benévolo, ya adverso.
   Tengo para mí que Cantón compuso una obra a la medida de la elegante actriz. Labor parecida a la de la actriz, que para cada obra tiene el buen gusto y el acierto de hacerse trajes a la medida. Así luce tan espléndida como mujer y tan interesante como actriz. ¿Será propiamente un vaudeville la pieza ligera y frívola de Jacques Deval? ¿Serán tan anodinos, tan peleles, de línea tan borrosa, los dos amantes de la obra? No creo que el amante fingido que representa el actor Riquelme sea precisamente un tan pobre hombre como el que crea este buen actor tan encariñado con lo bufo. Ni que el amante verdadero, confiado al joven actor, tan poco maduro aún para galanes amorosos con respondabilidad, Luis Lomelí, aparezca en la vida de la cortesana profesional que con trato sprit pasea por la escena Nadia de Haro Oliva, con una intervención tan borrosa, inexperta y gélida. Creo que el afán o el propósito de crearle a la bella Nadia un personaje que permanece en escena sus buenos 123 minutos, echó a perder esta comedia o vaudeville de Deval y no favoreció a la señora de Haro Oliva, que no puede estar brillante en todo momento, por más que sean muchas las escenas en que luce su fina silueta vestida o a medio vestir. En Nadia de Haro Oliva existe ya una excelente actriz para este género, pero lucirá más su temperamento, la frívola línea de su belleza y su extraña y simpática dicción, conforme olvide su preocupación de aparecer lo elegante que es en cualquier momento y su interés porque luzca

tanto su rico y bien cortado vestuario como su frágil femineidad. Como Silvia, la protagonista de la pieza de Deval, que en el original francés se llama Simone, está muy Nadia de Haro Oliva, un poco Nina, otro poco la protagonista de cualquier vaudeville francés.
     Cada hora teatral tiene su actriz para determinados géneros. Nadia de Haro Oliva está en su hora como actriz de vaudeville. Hace años una deliciosa actriz mexicana, Amparo de la Garza, tuvo también su hora brillante como actriz de este género. Era imprescindible su figura, su belleza, su deliciosa desenvoltura para desnudarse y quedar en deshabillé como protagonista de vaudevilles, y cuando el género declinó, porque el público siempre pide más y más, Amparo de la Garza desapareció de los escenarios del Lírico, del Colón, del Arbeu. Mejor suerte tuvo otra actriz especializada en este difícil y seductor género, Elena Jordi, catalana, que durante veinte años corrió aventuras picarescas, cambiando de amantes y maridos según el vaudeville en turno, ya de autores franceses, ya de catalanes, en los teatros del Paralelo barcelonés, Margarita Xirgu se inició en Barcelona como actriz de vaudeville, en catalán por supuesto, pero pronto se redimió y actuando en castellano alcanzó las áureas cimas de la tragedia. ¿Se conformará Nadia de Haro Oliva con no ser otra actriz que la hermosa y elegante que se descubrió a sí misma en La hora soñada -que no es propiamente un vaudeville- y después en Nina, que sí lo es y de los más atrevidos?
   Carlos Riquelme se ha colocado fuera de toda crítica. Su afán de hacer reír cuando habla y cuando permanece mudo lo lleva a desvirtuar en absoluto cualquier personaje que se le confíe. Y su afán incontenible de introducir "morcillas" de todos calibres lo hace acreedor a la más estricta censura. Luis Lomelí está frío, lejano o alejado de la escena que representa. Conchita Gentil Arcos cumple como excelente actriz de carácter y Linda Porto se limita a pasear por la escena la bella arquitectura de su cuerpo. La dirección de Salvador Novo, discreta. La escenografía, sin mayores alardes, se concreta a reproducir la recámara de una linda y caprichosa mujer galante.