Los actores jóvenes y los directores noveles están siempre necesitados de guías, de consejos. No lo confiesen, pero los esperan. Sobre todo cuando creen haberse equivocado, cuando el fracaso, que nunca presienten, los ronda. Por ejemplo, después de un estreno que no resultó afortunado. ¿Por qué, parecen preguntarse, nos ha ocurrido esto? ¿Por qué no hubo alguien que nos previniese? Y comienzan a inculparse unos a otros. Entonces se dan cuenta de que cuando se anda a ciegas, cuando se camina por un camino difícil que creen conocer con simple intuición, hace falta una guía y no viene mal un consejo.
Pensaba en esto durante uno de los primeros intermedios de la función de Espérame... Amor mío, la siguiente noche del estreno de esta obrita en el recién inaugurado teatro Moderno. Poco público, muy poco, y un desconcierto general entre actores, director y traductor, empleados en general. Todos parecían preguntarse: ¿por qué nos ha pasado esto? ¿Por qué esta obra que nos parecía tan divertida durante los ensayos sentimos ahora que resulta pesada para los espectadores? ¿Por qué nosotros, los actores -creíamos leer en sus rostros acongojados-, nos sentimos fuera del personaje, inseguros, falsos? Y pensaba que todos andaban inquietos porque se habían equivocado, porque habían olvidado o tal vez lo ignoren, que la esencia de toda actuación en el teatro consiste en dar apariencia de realidad a una escena imaginada, por supuesto si la escena imaginada bordea, por lo menos, una realidad convencional. Y no sucede así con la pieza elegida por el joven actor, dinámico empresario y también incipiente asistente de director, Ángel Merino.
La comedia, o lo que sea, de Alex Madis, oscuro autor francés, puesta en español por Simón Armengol, quien también se encargó de dirigir a los actores, con el título de Espérame... Amor mío, no tenía por qué haberse presentado en México, tal vez ni por qué traducirse al castellano, acaso ni por qué haberse estrenado, y aún escrito. Nada perdería el teatro en general con que Alex Madis no la hubiera sacado nunca de su caletre. Pero puesto que nos la sirven en la escena, y tenemos que catarla y opinar a qué sabe, diremos que se trata de un manjar vulgar y corriente, para paladares que no saben distinguir o para comedores de muy |
anchas tragaderas. En el lenguaje teatral francés se llama a esto pochade, y entre los públicos españoles que gustan de las palabras gruesas y contundentes: patochada. Ni comedia, ni sainete, ni vaudeville pícaro, ni chicha ni limoná... Y claro que en ella no hay personajes -que es lo mismo que personas que sienten y hablen como en la vida-, ni siquiera tipos. Se trata de una serie de situaciones durante las que un novelista y un supuesto ayuda de cámara, medio niño bien, medio gigoló, se cambian dos... prostitutas. Nada más, ni nada menos. Una de las actrices para estar más a tono según su criterio decidió salir mostrando los muslos al través de un transparente salto de cama que, por ciento, no favorece su espléndida silueta. Como el público está por lo morboso..., me dijeron que dijo. La obra no llega nunca a interesar y apenas divierte. Su construcción es anticuada, carecen de ingenio sus larguísimos diálogos sobre el mismo tema de trueque y convencional engaño de las dos mujeres y de los dos dudosos don juanes, y después de dos horas y pico de bla bla, entrar y salir de ellas y de ellos, resulta que no ha pasado nada que le importe al espectador.
Todos los actores, no importa de qué tipo, experimentados o no, necesitan de un buen director. Resulta paradójico -como opina con mucha razón Hortense Powsermaker, que a pesar el arte de actuar el más egocéntrico de todos, el actor depende completamente de otras personas. Lo mismo el que posee grandes dotes que el mediocre, no puede representar sin la ayuda del director. Ningún actor puede verse a sí mismo al tiempo que interpreta su papel y es necesario que su director le diga es o no exagerado en relación con los otros personajes y con el tono de la obra. El director debe al menos ejercer esa función. Sucede con frecuencia que un actor, en especial si es inexperto, necesita que le sea explicado el sentido de la obra en general y del personaje que interpreta en particular y la relación de este con los demás. En el supuesto, en el caso de que haya obra y de que el actor quiera oír y dejarse guiar. Esta es la tarea del director y es él quien debe integrar hábilmente todas las partes hasta formar un todo equilibrado. El director es la figura clave para sacar el mejor partido tanto de los actores como de la obra. |
En cuanto al actor -y conste que hablo o cito en términos generales y sólo porque una obra y unos actores nóveles me dan ocasión para ello-, debe huir del narcisismo, grave mal, incurable mal, que mata sin remedio a la larga. Un actor cuyo único motivo es exhibirse -y vuelvo a recordar a Powdermaker- se estará preguntando constantemente ¿cómo lo estaré haciendo?, mientras que el actor que siente un intenso deseo de dar vida al personaje pensará también para sí: ¿Qué es lo que estoy haciendo? Naturalmente las dos categorías no se excluyen. No es raro que una joven actriz, que alcanzó algún renombre por sus cualidades fotogénicas y cuyo talento se reduce a bailar, o a cantar, o a mostrar sus curvas, tenga la ilusión de que podría ser una gran actriz dramática. Una buena dirección, no siempre a cargo del director propiamente, quien a veces necesita que lo orienten (iba a decir: que lo dirijan), puede salvar muchos talentos, evitar muchos fracasos, salvar a muchos actores.
Un conjunto de escaso relieve acompaña al actorempresario Ángel Merino. Antonio Raxel exhibe su larga profesionalidad. La actriz cinematográfica Aurora Segura luce en el primer acto sus encantos personales, y habla su papel simplemente. Georgina Barragán cumple como actriz bella y de probado oficio y Ángel Merino trata de animar con movimientos ligeros, con actitudes frívolas un personaje insulso y artificial. Su movilidad contrasta con su desafortunada dicción. Habla con rapidez, en ocasiones en forma inintelegible y para mayor desgracia se le apagan, antes de salir, los finales de párrafo, no importa lo breve que éstos sean. Representar una obra con ligereza no es lo mismo que recitarla con rapidez. Dos personajes episódicos, un camarero que pudo ser un gran tipo y una manicurista, son desempeñados discretamente por Graciela del Castillo, muy linda en lo personal y por Eduardo Segoviano. Los muebles y la decoración, a cargo de una casa especialista, lucen más en el primero y tercer actos, que en el segundo. Ojalá y que la lección aproveche a todos. |