El circo -se ha dicho tantas veces con razón- es siempre viejo y siempre niño, conjuntamente estático y dinámico, ritual y renovador. Yo soy aficionado al circo desde niño, y esto no tiene nada de particular. Todos hemos gustado del circo en nuestra niñez. Pero continúo siendo aficionado ingenuo al circo, espectador de buena fe, sin complicaciones, sencillamente porque sí, que es la única forma de entender este maravilloso espectáculo que es fuerza, equilibrio, gracia y destreza o habilidad, las cuatro columnas, o los cuatro pilares sobre los que se sustenta su carpa tradicional. De paso diré que no gusto de los números circenses en los cabarés o en los clubes nocturnos, ni tampoco en el teatro, sobre el escenario, porque me parecen fuera de lugar, como una corrida de toros en un parque deportivo. El circo en el circo, es decir, los cirqueros en su ambiente, como el pez en el agua o el pájaro en el aire. Encerrar a un cirquero en la pista danzante de un cabaré, equivale a ver volar a un pájaro detrás de los barrotes de una jaula, no importa que ésta sea de oro, como dice el lugar común.
Ahora los metropolitanos disfrutamos de dos circos, el Atayde, en sus lujosas carpas de la calzada de Tlalpan, y el Unión que ya instala las suyas, modestas, pero también cómodas lonas, en la avenida Obrero Mundial, frente a la calle de Rébsamen -el maestro jalapeño de mi niñez-. El Circo Unión es una empresa mexicana por los cuatro costados de sus lonas, próspera no obstante sus pocos años de lucha, fundada por cirqueros -¡no faltaba más!-, el año de 1938. Su propietario es don Jesús Fuentes Zavala, antiguo pulsador, nieto de los propietarios del en su tiempo famoso Circo Gasca. De raza le viene al galgo... Casado con doña María Luisa Fuentes, malabarista y perchista, también retirada, administradora a la fecha de este Circo Unión, han dado a la pista tres críos; el mayor no llega a los catorce años, el menor anda y vuela por los |
siete, que ya desempeñan un número extraordinario -la cama elástica-, con el que mantienen viva la tradición mexicana de notables, a veces insuperables acróbatas. La dinastía se ha salvado, y el circo mexicamo sigue su marcha...
Hace dieciocho años el pulsador Jesús Fuentes fundó su circo con $500.00; debutó en la cercana población de los Reyes, y todo su material -media tonelada- cabía en la cajuela de un viejo auto. Ahora su circo vale un millón de pesos; lo mueve una flotilla de diez camiones y sus consecuentes trailers, y puede desmontar sus carpas a las dos de la madrugada de un día cualquiera y debutar en otro lugar distante a las seis de la tarde del día siguiente, como cualquier gran circo que de verdad se estime, imponente flotilla que a su paso por pueblos y poblados, con su carga de leones más o menos africanos; cuatro elefantes, entre éstos Chale y Duno; los monos Chita y Bonzo; las llamas del Perú, y toda esa tremenda utilería o tramoya funcional de barras, trapecios, jaulas y cajas repletas de misterios que sólo develan los sugestionadores, los ilusionistas, los manipuladores, siembra inquietud y provoca tempestades de curiosidad. Ochocientas toneladas de impedimenta y un mundo de ilusiones y de sorpresas.
Una tarde en el Gran Circo Unión, rodeado de chiquillos, aturdidos por la típica charanga circense, eso sí uniformada como todo el personal de pista, es una deliciosa evasión a un mundo de encanto, ingenuidad, destreza y maravilla, con la sensibilidad agudizada, incómodos en la madera de la grada -pero qué contentos-, o en la primera fila de la pista, sintiendo bajo el calzado la tierra floja que tal vez apisonaron los pacíficos elefantes, evadiendo el roce de la cola de un caballo, temerosos de sentir, de pronto, sobre las rodillas, un trompo bailador de los cientos que a su antojo hacen danzar los hábiles hermanos |
cuyos nombres se fugan de la memoria, o sorteando las preguntas, resueltas con sorprendente exactitud por los Astrales, anunciados como "portentosos telépatas cubanos", y en verdad lo son, como admirable es el equilibrista Frank Cook, que se finge borracho en el alambre y realiza temeraria acrobacia; o asombrado ante Palmer, el motociclista que hace suicidas diabluras en el llamado Globo de la Muerte; o de los Muñoz Ferreira, perchistas argentinos; de Fly Demon Man, de origen coreano; o de Great Darko, atleta que se sostiene sobre un dedo. Y aún hay más: los payasos sencillotes con sus entradas ruidosas y sus chistes ahora se dice escenificados- con tosca y espontánea sencillez: Comparsita, Tomy, Pelele, Pepín, don Tonito, Figurín, algunos enanos, como el divertidísimo Chorizo, que disfrazado de Cantinflas canta el Pancho López y baila cha cha chá... No le falta nada al Gran Circo Unión: los elefantes amaestrados, que domina Rosa María Fuentes Gasca, un gran trapecista dominicano, Ramírez y Bobo Fuentes y sus amaestradas Llamas del Perú.
Bien empezó el año para el cronista hastiado de tanto vaudeville, de piezas existencialistas o cargadas de complejos. A cambio de las habituales salpicaduras de la charca del teatro puramente comercial, el circo, con sus sensaciones puras, castas, sin malicia, sin pasión bastarda, sin lubricidad. Ya se anuncian los estrenos de piezas de distintos cabres, capaces de superar los altos presupuestos de la Federación Teatral y aún de proporcionar pingües utilidades sus productores. Mientras llegan y nos envuelven en su fatal remolino disfrutemos de la alegría del circo, espectáculo muy antiguo y muy moderno, que no morirá nunca. |