vuelto a
ver a Berta Moss en un papel tan ad hoc a su personalidad. La compleja Helena se hace comprensible,
se capta a través de un gesto, de una sonrisa, de una actitud.
Jaqueline Andere puso en juego toda una gama de matices y puede
adivinarse en ella a una actriz que iluminará nuestros escenarios, a menos que,
como una vela, se derrita al calor del fuego fatuo de la pantalla
cinematográfica.
Sobresale especialmente Luis Bayardo en un papel de grandes dificultades al que dio vida
con equilibrio y sobriedad. Su personaje era un arma de dos filos que al menor
descuido podía haberlo ensartado y Bayardo supo
encontrar en todo momento la actitud precisa.
A Carlos Nieto, a pesar de que su
actuación fue digna, no acaba de borrársele cierto dejo de principiante que le
resta calidad a su interpretación. Carlos Rafael Sillé,
evidentemente da sus primeros pasos en el terreno teatral, pero lo hace con
decoro.
Digna de mención es la traducción, pues
tratándose de un lenguaje lleno de modismos, los traductores supieron encontrar
las analogías correspondientes a nuestro idioma y a nuestro país, lo que hace
que el diálogo logre su cometido al producir el impacto necesario en el
espectador.
Correcta la escenografía. En suma, una
obra, que aun cuando pueda tener imperfecciones produce una emoción. En pro o
en contra, eso no importa.
Las brujas de Salem. Teatro Nuevo Ideal. Autor: Arthur Miller.
Traducción: Luisa Josefina Hernández y Emilio Carballido.
Dirección: Lola Bravo.
Escenografía: David Antón. Vestuario: Antonio López Mancera. Reparto: Compañía
de Teatro Popular de Bellas Artes.
El crisol, conocida en México primero
como Prueba de fuego en la dirección
que hizo de la obra Seki Sano en 1954 y ahora como Las brujas de Salem (título de la
adaptación francesa que hizo Marcel Aymé) está basada
en un suceso real, usado como pretexto para hacer un parangón con las
persecuciones actuales realizadas so pretexto de los conflictos políticos (lo
que entonces se llamaba “brujas” hoy pueden ser “comunistas”). Las brujas de Salem es una obra social,
pero entendida como Arthur Miller lo hace: Él afirma que “el drama social de
esta generación tiene que realizar algo más que el mero análisis de la
situación social y la protesta contra sus imperfecciones. Debe ahondar en la
esencia del hombre para descubrir sus verdaderas necesidades. El nuevo dramaturgo |
social debe
ser un sicólogo investigador más profundo que sus antecesores, pero debe saber
también cuán inútil sería aislar la vida de un hombre para su tratamiento
dramático, pues ello haría imposible para siempre la tragedia.”
Para Arthur Miller sigue latente la
pregunta que los griegos trataban de responden en su teatro: “¿Cómo debemos
vivir?” No cómo debe vivir un individuo, sino “el hombre de la totalidad
humana”. Como el mismo Miller confiesa: “La persecución por brujería fue un perverso testimonio del miedo que se produjo en
todas las clases cuando el peso comenzó a desplazarse hacia una mayor libertad
individual. Cuando se mira retrospectivamente la perversidad pasada, no cabe
sino asombrarse de ella, como algún día
se asombrarán de nosotros. Aún hoy es imposible a los hombres ordenar su
vida social sin presión, y el equilibrio entre orden y libertad está aún hoy
por obtenerse”.
Miller no presenta en su obra héroes sin
tacha, seres perfectos perseguidos por monstruos. Sus personajes son hombres
que han cometido faltas, imperfectos, que dudan, como John Proctor que antes de aceptar su martirio estaba decidido a claudicar en un afán de
aferrarse a la vida, pero que aún dispuesto a llevar a cabo una indignidad,
rechaza el que se |