Estreno del teatro de La Rotonda con la obra El juicio de Alfredo Pacheco Armando de Maria y Campos |
Al final de la avenida Cuauhtémoc, a unos cuantos metros de la plaza Etiopía, en pleno corazón de la colonia Narvarte, se levanta un nuevo teatro, de los llamados "de bolsillo", construido desde su primera piedra hasta su modesto telar para el destino que se le señala. Sobre un terreno de 25 x 35 metros cuadrados, cuyo valor es de $350,000.00, aproximadamente. Su construcción alcanzó un costo de $200,000.00. Su sala es cómoda, con capacidad para doscientas noventa y nueve butacas, y su escenario permitirá moverse a los actores con desenvoltura y acoger decorosas posturas escénicas; tiene doce metros de frente, por siete y medio de fondo -con amplitudes laterales que permiten el movimiento de los actores- y su embocadura cuatro metros de altura. Sus servicios están de acuerdo con los reglamentos respectivos -cuatro camerinos, sala para utilería, salidas y escaleras de emergencia, amplio hall de descanso, taquillas, etcétera-. Lo diseñó y construyó el ingeniero mexicano Enrique Contreras. |
dramática a tres actos, y lo presentó en el Concurso de aficionados a que aludí antes. Un "pelón" federal, soldado raso de leva, deserta del ejército federal, y va a caer, pidiendo hospitalidad en una Noche Buena -sería la de 1915-, a la casa del prefecto municipal de un pueblo del interior, donde están reunidos en partida los revolucionarios del lugar nacidos en esas tierras. Un hijo del prefecto ha sido sacrificado por los "federales"; el capitán de la partida, que descubre que el recién llegado que se dice comerciante en semillas a un desertor de los "pelones", decide que debe ser sometido a "juicio sumario", porque "la revolución lo ordena". Se celebra el juicio, y en él, el prefecto defiende por humanidad al hombre al que ha dado hospitalidad en noche tan señalada; se celebra el juicio y el desertor resulta condenado a ser pasado por las armas al rayar el alba. El hijo del capitán de la partida -enamorado de la hija del prefecto- lo deja escapar, porque el desertor, soldado a la fuerza, es también hijo del pueblo, víctima de los tiranos, y "la revolución se ha hecho para salvar al pueblo". Pacheco Buenrostro escribió con este asunto una importante pieza dramática, dialogándola en lenguaje directo y preciso, construyéndola teatralmente con esa difícil facilidad de quien huye de los preceptos académicos y sólo quiere llegar al público. |
en el concurso de dobles de Pardavé, en el Makakikus de la película México de mis recuerdos, y en 1946 otra vez logró un primer lugar en la W en el concurso Buscando el camino de México. En 1948, el Circo Atayde le contrató como clown mexicano, presentándose como Jilemón Metralla durante meses. Gusta de merodear por donde se hace teatro y se presta a ayudar como utilero, traspunte, mauillista. Así conoció al director Víctor Moya, cuando éste presentó Los de abajo, en el primer Concurso de Teatro de las Fiestas de Primavera. La amistad con el director Moya lo ligó con el empresario y traductor don Eleazar Canale, a quien un día, mitad en broma, le dijo: -Si en alguna ocasión llego a tener un teatro, lo presento como autor... Eleazar Canale llegó a tener teatro y pudo cumplir su promesa, inaugurando el que motiva estos comentarios, con la digna obra de este batallador hombre de teatro, autor, director y actor, a cuyo cargo debió estar la noche del estreno de su pieza la interpretación del profesor González, importante personaje que simboliza la conciencia del pueblo, y que por nervios lo cedió al actor aficionado Octavio Dávalos. |