Cristina o La reina de 16 años de Manuel Eduardo de Gorostiza, en el teatro de La Ciudadela en la Feria del Libro. II Armando de Maria y Campos |
El argumento que Bayard desarrolló en Cristina o La reina de 16 años, es típico de la vida íntima de las cortes europeas en el siglo XVII. Ocurre la intriga entre un joven oficial, Federico de Bury y la joven reina de Suecia, quien guarda su incógnito al hallarse con él en los jardines de una sus residencias de descanso, protegiéndolo hasta elevarlo hasta los más altos puestos de la corte. Un viejo ministro, que lo había sido del rey padre, Gustavo Adolfo, desbarata la posible influencia del favorito en potencia, casando a éste, con procedimientos relampagueantes, con una sobrina suya, lo que provoca la ira de la reina y, después, imponiéndose el buen juicio de la joven e inteligente soberana, la ayuda de ésta a la feliz pareja y el reconocimiento de la lealtad del viejo primer ministro, al que eleva a condestable del reino. Abunda la pieza en escenas características de las intrigas palaciegas; no faltan el gracioso tonto, ni la ingenua transparente y boba. Cruza por ella un aire de opereta cómica, precursor del género que había de aparecer cuatro décadas después. |
escena final en la pieza de Bayard es un verdadero concertante, con un coro que empieza: "La reine nous appello / Rendons-nous prés d'elle, / Partons, à l´instand, partons tous!". De dieciséis escenas se compone el segundo acto de la obra de Bayard y de diecisiete la traducción de Gorostiza, porque de un largo parlamento dicho por Vader al final de la escena XII, hace Gorostiza otra, la XIII de su versión. Siguen paralelas las escenas hasta el final, y en el que la comedia de Bayard es aparatoso concertante, en la de Gorostiza se limita a un reconocimiento público, ante la corte en pleno, por parte del condestable, del buen juicio de una reina de 16 años. |
darle un aire de farsa -o de pantomima o de ballet-, que no justifica la acción realista, y movimientos sin ritmo chocaron contra una acción simple, bobalicona. Los cinco personajes de la intriga -la reina, la sobrina del ministro, éste, el galán enamorado y el primo gracioso- son personajes de talla y vigor, que requieren actores para habitar sus caracteres, no vacilantes aficionados, no importa que todos hagan alarde de memoria. Decir un papel con pocas equivocaciones, no significa interpretar el personaje; menos, crearlo. Creo que se va demasiado lejos en el afán de promover debuts. Hacer de primera actriz, de primer actor, etcétera, ante públicos que porque pagan, tienen derecho a exigir, supone un proceso ascensional firme o justificado. Cualquiera puede, porque tiene derecho, a "jugar al teatro", a ensayarse como comediante, o como director, pero no ante un público exigente por responsable, o simplemente, porque paga... |