Estreno de El hechicero de Carlos Solórzano, en la sala teatro del Seguro Social Armando de Maria y Campos |
Con El hechicero -drama poético- de Carlos Solórzano ha ocurrido algo que no es frecuente en las representaciones teatrales: que de la noche a la mañana -de una representación a otra- se cambie totalmente el tono de la interpretación, de la representación toda. No tuve la fortuna de estar presente durante la primera representación, que se caracterizó por su auditorio "de sociedad", calificado de "apretadísimo" en materia teatral, y no vi la primera interpretación que los actores seleccionados por Charles Rooner le dieron a la segunda pieza de Solórzano, largamente preparada con dos meses de agotadores ensayos. Al día siguiente la interpretación -no la postura escénica- fue cambiada totalmente. Me tendré que referir a otro Hechicero, totalmente al que vio el público "prueba" de la primera noche, y al que comentó una crítica fría, adversa a priori, prevenida, parcial e injusta. |
y porque la protagonista, Virginia Manzano llevada por su temperamento tempestuoso y a veces incontrolable, estuvo más en "Margarita la Tornera" que en Casilda, la mujer del mago Merlín, confundiendo esa "pequeña ciudad sojuzgada, en los comienzos de esta Edad Media que aún no ha terminado" -escenario de la acción- con La torre de Nesle, grata a los públicos que todavía gustan del melodrama ramplón. José Luis Jiménez -en el mago Merlín- se mostró excelente de dicción y se mantuvo, y se mantiene, "al pairo", y por esto se conserva en vertical discreción. El resto del reparto, buceado entre alumnos que no han dejado de serlo, le resta clima profesional a la representación de una obra que resultará distante en absoluto, y se le oirá y entenderá mejor no en lo que el diálogo tiene de externo, sino su música interna, que es como el rumor que corre bajo el agua, percibible sólo al fino escucha, cuando sea interpretada por actores que se sepan por igual sus personajes por fuera que... por dentro. (En la señorita Norma Acosta hay en botón, aún muy apretado, de una promesa de flor magnífica). ...dar a una acción sola El hechicero es un drama ambicioso, cumplido, acabado en el papel, tal vez frustrado en la escena. Pero esto último tiene remedio. Como espectáculo está admirablemente resuelto en esencia y en espíritu, principalmente por el pintor escenógrafo Miguel Prieto, poeta de la escenografía que tiene mucho de Merlín cuando maneja las luces, como son el maquillaje de la acción dramática, y que él resuelve siempre como pocos. El director Charles Rooner creó un movimiento que oscila entre la confusión y la claridad. Se ve demasiado su dirección y se |
advierte su ambición de darle a la obra un tono entre lírico y patético, que subraye el alimento dramático que en sí alienta el mensaje de fe y esperanza que contiene esta obra clásica por los cuatro costados y que no se conforma con divertir, que lleva a pensar, y que conmueve y angustia al arribar -autor y espectador- a la metáfora final. En su rápido curso la acción misma Como ocurre en El hechicero, dicho sea con honrada, leal y sincera, entera verdad. |