Inauguración del nuevo teatro Virginia Fábregas y el retorno de Offenbach. II Armando de Maria y Campos |
Digo con Baudelaire: ¡Que el lector no se escandalice por esta gravedad en lo frívolo!... Quiero hablar en serio del más superficial de los compositores de melodías para teatro. Offenbach, con motivo de su retorno a la escena mexicana, sobre la que fue adorado por muchos años como un Dios. Offenbach es un viejo amigo del teatro de México. Le conocemos los mexicanos, le escuchamos, oh paradoja, recién caído en nuestro país el Segundo Imperio, a él -o a la opereta offenbachiana-, que desaparece al mismo tiempo que el Segundo Imperio... francés. No se le ha dejado de escuchar jamás, y su can can, que no es enteramente suyo, reina en nuestros escenarios, en nuestros salones, en nuestros cabarés, a través de diversas etapas políticas y sociales, desde los tiempos de Amalia Gómez como sacerdotisa, hasta los de Cantinflas y su frívolo espectáculo francés, en el Iris y Chelo la Rue y sus chicas en el Waikiki... |
bailes públicos, situados no solamente en los barrios bajos de la ciudad, sino también en las capas extremas de la sociedad y que, como las "boites" para marineros, encubrían a toda una chusma. Nuestro cabaré Leda, digamos; o El Golpe, ahora. Tal es el origen del can can. Un turista alemán llamado Rellstab describe así el can can y los sitios donde se bailaba: "El ritmo de la música se acelera, los gestos de los bailarines se precipitan, vuélvense más angustiosos, más ardientes y toda la danza se transforma en fin en una carrera desenfrenada de una o dos parejas. Si los gestos impúdicos cesan individualmente, las actitudes y las expresiones evidencian un abrazo tan voluptuoso que el conjunto de aquel salvaje galope en aumento, proporciona el espantoso espectáculo de una agitación báquica. La cadencia de la música no deja de acelerar y se puede ver a las mujeres disfrazadas que, como máquinas alocadas, con las mejillas enrojecidas, sin aliento, trémulos los labios, la garganta tensa y la cabellera desordenada, son arrastradas más que sostenidas por sus piernas, en una fogosa persecución alrededor del salón, hasta desplomarse finalmente, exhaustas, junto con los últimos acordes, sobre la silla más cercana". En verdad que el can can llegaba al último grado de oprobio. Por eso el vulgo cantaba: "Este infernal Musard / es Satán dirigiendo el baile..." |
exigencia Offenbach inauguró "Les Bouffes-Parisiens" en julio de 1855, y representó obras suyas sin descanso, hasta que dos días antes de finalizar el año estrenó Ba-ta-clán, "variedad musical chinesca", sobre un libreto de Ludovico Halévy. En Ba-ta-clán, Offenbach introduce por primera vez un can can: ¡el can can! Offenbach empieza a predicar el evangelio de la alegría. "Se ríe, se aplaude, se pregona el milagro -escribía Jules Janin, poco después del estreno-. En la calle, en el taller, por todas partes se cantaba su música, ésta se filtraba en el baile de la Opera, y en medio de esta efervescencia, las personas de edad avanzada se abandonan a su ansia de bailar, y todos declaran que Offenbach es un maestro". Los Goncourt definen esta época en su Diario, con esta frase: "Estamos en el siglo de las obras maestras de la irrespetuosidad..." |