de la expulsión de Quetzalcóatl por los demás dioses- con la
fundación de Tenochtitlán. La segunda parte se inicia en la época de
esplendor de Tenochtitlán, con Moctezuma Xocoyotzin,
hasta la llegada de Hernán Cortés, que es tomada por los indígenas como el
regreso de Quetzalcóatl, siendo, por lo mismo magnífico el recibimiento que
le hace Moctezuma.
Si bien no se trata de
una obra teatral, Custodio procuró desarrollar una acción continuada,
salpicada de anécdotas, descripción de costumbres, con diálogos intercalados,
etc., que dan movilidad al relato, sin despegarse de lo que hasta hoy se sabe
de aquella época.
Tiene el mérito, sobre
todo, de ser la primera vez que se hace un espectáculo de esta índole que
además de la belleza plástica con que se presenta, es ilustrativo.
Se advierte, como ocurre
siempre con Custodio, el dominio que tiene este director del manejo del
espacio. Hay en este “sonido y luz” un despliegue técnico y artístico por el
que merecen un aplauso no sólo Custodio como director general, sino también
Isabel Richard, José Raúl Hellmer, Federico
Hernández Rincón, Milagros Inda, Juan Santana, Efrén Pérez, Raúl Reynoso, el
realizador del vestuario y los conjuntos de danzantes y actores -que más bien
pueden llamarse “figuras”, ya que en esta ocasión no eran ellos quienes
recitaban lo textos, sino que éstos llegaban al público por medio de una
cinta grabada- por cierto que pudimos reconocer algunas voces, como las de
Raúl Dantés, Socorro Avelar, etcétera.
En resumen: un
espectáculo muy digno de elogio.
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