Luis Vélez de Guevara en la sala Molière. Reinar después de morir, por Ignacio López Tarso Armando de Maria y Campos |
Para quienes conocen el difundido cuadro de Martínez Cubells titulado Doña Inés de Castro o Reinar después de morir, prodigio de fantasía y de composición, con la impresionante presencia de la desventurada princesa, ya cadáver, sentada en el trono al lado del rey don Pedro, la versión escénica que de este trágico Reinar después de morir ofrece el Teatro Español de México en la sala Molière, debe haber desilusionado, por su modestia y convencionalismo. Pero cuenta poco para la magnífica interpretación -guardando las proporciones de lugar, hora contemporánea y espacio escénico- que al precioso y conmovedor drama de Luis Vélez de Guevara dio el grupo de actores profesionales y excelentes experimentales reunido por el animoso animador Álvaro Custodio para continuar su temporada de teatro español clásico, tan bien recibido por los buenos catadores de este género cuyo jugo -oro líquido- amamantó el teatro de Francia, Inglaterra y Alemania. |
amantes esposos, que ven perdida su felicidad para siempre y la de sus dos hijos, Alonso y Dionís. Don Pedro intenta en vano convencer a su padre y a su prometida de la imposibilidad de aquel casamiento, pues no puede amar a mujer alguna por adorar a su esposa Inés. El rey no se deja conmover por las súplicas del hijo, y doña Blanca, al verse despreciada, jura tomar cruel venganza de su rival, no descansando hasta conseguir la sentencia de muerte de la desventurada esposa de don Pedro. Apenas es ejecutada doña Inés, cuando muere repentinamente el rey Alfonso, y la infanta huye a Navarra, renunciando a sus ambiciosos proyectos de casamiento. Don Pedro proclama esposa suya a doña Inés, sienta su cadáver en el trono, le corona y hace que toda la corte le rinda vasallaje: Todos los que estáis aquí El drama de Vélez de Guevara es de una belleza insuperable. Verso fluido y bien cortado, raudal de metáforas, finura y elegancia en sus escenas. Conviene recordar que fue imitado no sólo en España, sino en Portugal, Francia, Italia, Inglaterra y Holanda. Figuró siempre en le repertorio de las grandes compañías dramáticas españolas. María Guerrero lo hizo en México a principios de siglo, y yo tuve la fortuna de vérselo a Ricardo Calvo, no recuerdo si en el Principal o en el Iris, en 1926. Más recientemente a Asunción Casals y Eduardo Casado, en el antiguo Fábregas, en 1945. Ahora Lina Santamaría, que ha actuado en España largamente al lado de Enrique Borrás, y al excelente y ya gran actor mexicano Ignacio López Tarso, dejándose ver al lado de ellos un fresco fruto de actor cómico de mérito, Guillermo Orea. |
La interpretación, dentro de las exigencias del género y de las proporciones de tan ambicioso propósito, es buena en general, y muy buena en detalle. Ignacio López Tarso confirma sus grandes dotes para este género. Avanza de obra en obra. Dice su don Pedro con brío y sentimiento y actúa con soltura y dominio. Pisa bien la escena, en una palabra, y se alza con las mejores escenas. Lina Santamaría, actriz de profesión, manda sobre el escenario y lo llena todo con su desparpajo y dominio. Tratándose de este género, sabe romper la cortina. Ella, y los enterados, saben bien lo que digo. Conmueve honda y dramáticamente en el preciso y teatral momento en que debe hacerlo. Guillermo Orea, el primer gran actor cómico de las recientes generaciones que nutren nuestro teatro entendió al "gracioso" clásico que es Brito, embebe y distrae con sus gracejadas y arranca a ley el aplauso en mutis. Cipriano Rivas Cherif dice el Rey como un catedrático de castellano, pero luce frío. Pilar Crespo, discreta, no desentona. Como Amparo Villegas loba mansa de la escena. |