Orfeo de Offenbach vuelve a México. Hace 85 años que llegó a nuestros escenarios el can can. I* Armando de Maria y Campos |
La república liberal había arrinconado a los imperialistas. Pero desde Francia seguían llegando conquistadores, no invasores. Más afortunado que Forey o que Bazaine, un judío nacido en Offenbach, pueblecillo alemán, conquistó el corazón de México con frívola melodía: el can can. Sucedió así. El maestro español Joaquín Gatzambide, de gira al frente de su compañía de zarzuela por la isla de Cuba, había sido arrojado por la pésima situación política de la última colonia española, viéndose precisado a refugiarse en México. Gatzambide traía en su repertorio lo mejor de las más recientes zarzuelas grandes españolas, algunas de estas versiones casi literales, particularmente en las partituras, de los más recientes éxitos de la opereta bufa francesa. Entre éstas se contaba el arreglo de Orfeo en los infiernos, la famosísima opereta de Jacobo Offenbach, que hacía cantar desde París a Europa entera. |
careciendo de la chispa francesa, estuvieron felices, admirables. La (Elisa) Zamacois, como siempre; Aznar, soberbio en su papel de Plutón; hasta Carratalá agradó al extremo de arrancar numerosos aplausos; el Congreso de los dioses hizo desternillar de risa al público; la linda corista que hizo el papel de Diana, estuvo encantadora; pero el triunfo grande, portentoso, sin rival, fue el que obtuvo Amalia Gómez, haciendo el papel de Juno, y que levantó un pedestal en el gran teatro al can can. A poco más, con una contorsión más, el público electrizado habría dejado los asientos, habría corrido al proscenio y la habría paseado en triunfo por las calles. Difícil sería en otro género obtener una ovación del público mexicano igual a la que obtuvo la Gómez con su talento cancanero. Y todavía hay que advertir que las cancanras españolas que bailan jaleos y gallegadas, no pueden nunca cancanear como las francesas. |
interpretaba a maravilla. Pero al aparecer la Amalia Gómez, que hacía el papel de la vieja en La colegiala, no sólo hubo una, sino varias salvas de aplausos y gritos, y bravos, y la locura, al grado de que Amalia no podía hablar de emoción. Se la saludaba como a una aparición maravillosa, indicación de que no se quería de la zarzuela precisamente el canto, sino el baile deshonesto, y no era música cualquiera, sino la de Offenbach. La Zamacois, cuya voz era hermosa (tomaba parte en la función), aparecía eclipsada por la Gómez, que no se puede negar que era simpática, pero que se hizo adorar tan sólo por sus movimientos en el can can. La Gómez era la diosa de la época, la actriz de moda. El can can había destronado al arte dramático: era lo único que llamaba la atención y al público a nuestros teatros y aun el modístisimo de Hidalgo, y los otros todavía peores, ocurrían en sus miserabilísimas funciones a anunciar que se bailarían entusiastas cancanes ejecutados, hasta tocar en grosería, por infelices bailarinas y bailarines de bajísima estofa, y que sólo tenían de notable la deshonestidad y el descaro". * El autor escribió cuatro partes con este tema; las otras tres se publicaron en las siguientes fechas: 27 y 30 de mayo y 4 de junio de 1954. |