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Estreno de Mamá nos obedece o Juego de niños, en el teatro La Capilla, en Coyoacán

Armando de Maria y Campos

    Mediaba, en enero de 1950, la primera temporada que Manolo Fábregas había organizado para el teatro Ideal, como empresario, director y primer actor, cuando por primera vez circuló en nuestro medio teatral el nombre de Víctor Ruiz Iriarte, uno de los jóvenes y más prestigiados autores de la nueva generación teatral española, en ocasión del estreno de su comedia El aprendiz de amante,escrita a la medida del actor español Antonio Vico, que el nieto de doña Virginia acababa de ver estrenar en Madrid, y, con el recuerdo aún fresco de su éxito, la presentaba al público de México en unión de Carmen Molina, Rosario Gálvez, que pisaba por primera vez las tablas; Eva Calvo, Pilar Mata, Jesús Valero, Jorge Fábregas, María Idalia y Lorenzo de Rodas, con motivo de este estreno, decía, presenté a los lectores de esta columna, y a "la afición", a Ruiz Iriarte, en semblanza que contenía datos hasta esa fecha. No hace falta volver atrás, respecto a la personalidad de Ruiz Iriarte, que ahora otros cronistas acaban de descubrir.
     La segunda pieza de Ruiz Iriarte estrenada en el país es la fina y novedosa farsa El landó de seis caballos, para el público de Puebla, por el grupo de actores de Alberto Brillas, dirigido por Leoncio Espinosa. También quedó registrado en esta columna aquel estreno. Por tercera vez circuló en nuestro medio teatral el crédito de Ruiz Iriarte en junio de 1953 cuando fue presentada para el auditorio de televisión del Canal 4 la comedia en tres actos Juego de niños, reducida al tiempo estricto de sesenta minutos, y adaptada a las "circunstancias", por Víctor Mora, viejo y experimentado autor catalán residente entre nosotros, a quien le proporcioné el libreto que, dedicado, me había enviado Ruiz Iriarte. Las "circunstancias" a las que me refiero da pena recordarlas: la primera actriz del grupo de Fábregas lo era la joven y bella Silvia Pinal, a la que "no se podía envejecer". El recurso fue fácil: suprimirle los hijos; y Mora mató sin compasión a Beto y a Tony, los vástagos del matrimonio que forman Cándida y Ricardo: así, podía aparecer la Pinal en sus floridos veintitantos años. Claro que con esta mutilación y doble asesinato,

el Juego de niños quedó reducido a "juego de niña", a cargo de la bella y primaveral Anabelle Gutiérrez, quien interpretó la sobrina de Cándida, en plena adolescencia, como la pide el autor. Otro personaje que suprimió Mora fue el de la secretaria Manolita, sin cuya intervención, al principiar el primer acto, no se puede comprender el carácter donjuanesco de Ricardo, el marido que frecuentemente pasa las noches fuera del hogar con... la mecanógrafa en turno, ni el de Cándida, la resignada y dulce esposa, tontuela por añadidura, quien para recuperar al marido descarriado desde veinte años atrás, acepta el "juego de niños" que le propone la sobrina, y que no es otro que el de flirtear con el primer hombre que tiene a mano -el pintoresco profesor de francés de la sobrina- para provocar los celos del marido y hacerle volver al redil.
     Juego de niños, estrenada en Madrid el 8 de enero de 1952, alcanzó medio primer premio nacional 1951-1952; el otro medio premio se lo llevó El baile de Edgar Neville, comedia también representada en México. ¿Qué es Juego de niños? Su autor la enjuicia, en autocrítica, como "comedia optimista y desenvuelta escrita con alegría y con afán". "No creo -agrega- que esté de sobra anotar esta realidad íntima, aunque sé que poco importa a la hora de medir los defectos y las virtudes de una obra. Juego de niños es una comedia cuyos personajes -que pretenden ser personajes de hoy- montan por su propia voluntad un nudo de farsa. Si el `juego' resulta, en la farsa estará la risa, y, al fondo, en la comedia, algo de eco sentimental".
     Novo la eligió para servirla a su público eminentemente familiar, como ha de ser el del teatro Reina Victoria madrileño, que la sostuvo largos meses en la cartelera, y la elección fue un acierto, porque sus "fieles" la disfrutan con deleite y se sienten entretenidos, divertidos. Así, por lo menos, la noche del estreno. Y con razón porque esta comedia está escrita con ese humor sutil y esa humana poesía que la finura de la trivial anécdota precisan, desarrollando el argumento con finura de matices y dialogada con

la naturalidad del agua que corre en arroyuelo espontáneo. Novo le metió mano como adaptador, suprimiéndole -yo creía que esto sólo ocurría en televisión, y eso por necesidades de tiempo y economía de elenco- un personaje importante, el de Manolita la mecanógrafa, y situándola en México, cambiándole los nombres de los lugares por donde corretea sus fáciles aventuras el tenoriesco marido; en vez de Avila -¡qué frío hace allá, sobre todo para una aventura de ocasión!-, Cuernavaca, con temperaturas propicias para una aventurilla incidental; en vez de los "Ecos de sociedad", de ABC, la "Ensalada Popoff" de este diario, y en lugar de la madrileña duquesa de Monteviejo, la mexicanísima de Mohernando... Total, nada... minucias. La deliciosa comedia no pierde nada, o muy poco, con el arreglo de Novo y, en cambio, creo yo, gana mucho por lo sentido y refinado de la dirección, una de las más ágiles y graciosas de este indiscutible hombre de teatro. El público "entra desde luego en la trama, y se divierte, que es, en realidad, lo que trata de demostrar, no sin sentir la angustia agridulce de todo conflicto de hondura sentimental.
     Los "niños" que para este "juego" eligió Novo son a la medida de la comedieta de Ruiz Iriarte: Héctor Gómez y Luis Bayardo -que por primera vez pisa las tablas-: muy bien. Meche Pascual, demasiado talludita para la sobrina, estuvo insegura la noche del estreno. Miguel Suárez, como el marido, habitó con propiedad y soltura a éste, y Carlos Ancira logró un estupendo tipo, muy francés de Marsella, del profesor de francés con su almita bajo el chaleco. El talento dramático de Virginia Manzano no halló acomodo en la esposa resignada y sentimental que de pronto se lanza al flirt fingido. Y es que Virginia Manzano no siente lo cómico, y creó el personaje en cómico; ¡eso es todo! La doncellita de Laura García Rendón, pizpireta y discreta.
     Como es habitual en el teatro de La Capilla la postura escénica -con la colaboración de Antonio López Mancera-, del mejor gusto, muy limpia, amueblada con refinamiento, bien iluminada...