diorama
teatral
Grajú
Teatro de Compositores. Autora, Margarita Urueta. Dirección, Alexandro Jodorowsky.
Escenografía, Manuel Felguérez. Vestuario, Lilia
Carrillo. Reparto: Beatriz Sheridan y Farnesio de Bernal. Música: Boulez, Berg, Webern, Stockhausen y Alexandro.
Alexandro ha
estrenado otra obra de Margarita Urueta: Grajú. Si
habré de comparar esta obra con la otra de esta autora presentada este año también
por Alexandro: La
mujer transparente, diré que Grajú tiene más consistencia, tanto en la anécdota como en
la composición misma de la obra, que La
mujer transparente. Los personajes tienen un trazo más dibujado, más
firme.
Si bien puede tomarse a Grajú -el único personaje femenino de la obra- como un
símbolo de la madre que alimenta, también puede verse en ella simplemente a
una mujer que teme a la soledad, que necesita compañía, pero que tiene un
gran impedimento: su incapacidad para otorgar amor; esta incapacidad es la
que la lleva a dar al hombre lo único que puede dar: alimento; es su especial
forma de “comprar” su compañía.
Grop,
su hombre, en tal
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concepción, es lógico que muera, pues no recibe de la mujer -a la cual él
no es capaz de amar- el afecto que él necesitaría, sino solamente el alimento
físico. Por eso en forma indirecta es asesinado por Grajú.
En cambio a Tisón, el hermano de Grop, a quien Grajú atrae
después de la muerte de Grop por esa angustia que
le produce a ella la soledad, y al que atrae dándole lo único que ella es
capaz de dar: comida, a Tisón, decía, le basta con
ese alimento físico, pues él no requiere el alimento espiritual, el cual él
también es incapaz de dar, y así se unen esos dos seres, ambos, incapaces de
amar.
Alexandro en esta ocasión
quizá dio mayor énfasis a lo que de simbólico tienen los personajes, que a lo
que tienen de humano. Un rasgo desaprovechado por Alexandro, por ejemplo, es
el antecedente que se adivina entre líneas, de la educación religiosa de Grajú y como éste otros rezagos “humanos” quedaron
desdibujados. No sé si atribuir a esta preocupación por subrayar lo
simbólico, el que Alexandro no haya dado el tono justo a la obra, o a que
quizá confió demasiado en su talento y se precipitó a estrenar cuando aún
faltaba pulimento a su dirección. Un acierto sin duda que no es posible pasar
por alto fue la música, no obstante tal como vi la obra |
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el día del estreno -tanto en lo que se refiere a su forma escrita,
como a la dirección escénica- es como si hubiera presenciado el boceto de una
pieza teatral. Un magnífico boceto por otra parte, pero nada más.
Lo realmente extraordinario fueron las dos actuaciones que
presenciamos: la de Beatriz Sheridan, que con esta obra se hace merecedora ya
sin discusión al premio de la mejor actriz del año y la de Farnesio de Bernal,
quien por vez primera tiene una gran oportunidad de lucir sus magníficas
cualidades de actor. Farnesio realiza los dos papeles masculinos de la obra y
su interpretación de ellos es toda una revelación.
La escenografía excelente
de Felguérez y los trajes de Lilia Carrillo (el
traje que llevaba Beatriz Sheridan por sí solo ya era conmovedor, y no se
digan las caracterizaciones eficacísimas de los tres personajes) estuvieron
diseñados como un homenaje a Kurt Schwitters, un
pintor nacido en Alemania en 1882, que murió en Inglaterra en 1948, quien en
sus inicios estuvo influido por Franz Marc y por Kandisnsky, pero que después creó un ramal
constructivista muy personal, aun cuando derivado del dadaísmo, que como
movimiento pictórico se le denominó merz, y con el cual Schwitters pretendió lograr el triunfo del espíritu sobre la materia.
En resumen, un espectáculo
serio, magníficamente actuado, dirigido con la técnica de Alexandro, aun
cuando podría haber sido mejor de habérselo propuesto este director… pero como
decía Alfonso Reyes, no es posible
pedir a un hombre que esté siempre a su máxima altura. |