El notable e incansable actor de abolengo Enrique Rambal, hijo, dio por concluida una breve temporada de comedia y melodrama en el teatro Cervantes, enclavado en la populosa barriada de Salto del Agua y Niño Perdido, de tradición teatral ciudadana, puesto que a unos pasos del Cervantes, en la misma calle, por el lado del Salto del Agua, estuvo durante mucho tiempo uno de los centros más populosos y más populares de espectáculos, el Baño del Jordán, en cuyos patios nunca faltó las tardes de los domingos y días festivos la máxima tríada con que el pueblo gustaba divertirse: circo, maroma y teatro.
Para cerrar su temporada de melodramas, durante la que puso desde Chucho el Roto, drama popular mexicano, hasta El conde de Montecristo, pasando por El calvario de una madre, eligió Rambal una de las más notables piezas dramáticas del teatro español contemporáneo, aunque no mucho, puesto que data de 1895, Juan José, que cubrió gloriosa etapa de representaciones en el ancho mundo de habla española, hasta mucho más alla de la muerte de Dicenta, que ocurrió el 20 de noviembre de 1917. El gran dramaturgo y periodista español había nacido en Calatayud de Zaragoza, en Aragón, en 1863. Cinco o seis años antes de la muerte de Dicenta, entre 1912 y 1913, recuerdo haber visto por primera vez el Juan José al gran actor español Miguel Muñoz. Después se lo vi a dos grandes comediantes también españoles, Joaquín Coss y Julio Taboada, y a dos muy notables artistas mexicanos, Ricardo Mutio y Andrés Chávez. Siempre me impresiono profundamente, y tratando de evocar emociones lejanas, fui el domingo al Cervantes a ver a Rambal hacer el Juan José de Dicenta, drama de tan profundo saber socialista, que estuvo a punto de convertirse en España y en América en representación obligada cada 1 de mayo, como el Tenorio el 2 de noviembre.
Extraordinaria y pintoresca la vida desventurada, muy de bohemio de entresiglo, de Joaquín Dicenta. Huérfano de padre llegó a Madrid, de Aragón, para seguir la única profesión posible entonces para quien sentía inclinación por las letras: el periodismo. Pero |
Dicenta, si bien se entregó de lleno a escribir para los periódicos, también hizo la bohemia más absoluta. Como periodista fue republicano, y como gustó del vino y los amoríos, tuvo que escribir sin reposo alguno dramas y zarzuelas. Como dramaturgo fue defensor de la justicia en todos los postulados sociales. En sus obras bulle la pasión, rebosa un ansia de justicia, y como su estilo es pujante, sus personajes alientan un calor humano profundamente realista.
Estrenó Juan José el año 1895, por cierto con un interprete extraordinario, Emilio Thuillier; su producción más famosa, éxito pleno, en la que se llevaba por primera vez al teatro de España el drama social, con extraordinaria sinceridad, realismo y energía. Juan José le dio renombre universal porque fue traducido inmediatamente y estrenado con aplauso en Alemania, Francia, Inglaterra, Italia y Portugal, y aun en países más distantes y más fríos a las pasiones tumultuosas entre socialistas como Holanda y Dinamarca. Juan José es el drama de la pasión, también de los celos y de la ignorancia, porque el protagonista es analfabeto sin culpa suya; es de efectismo fácil y de una dramaticidad dura, libre desde luego, de la retórica y el amaneramiento etchegarayanos, tan arraigadamente hincados en el gusto del público español de fines de siglo. Dicenta escribió Daniel, drama social sindicalista y El señor feudal, melodrama que también cala en los problemas sociales de su época. En El lobo, ya más reciente, puesto que su estreno ocurrió en 1913, lleva la acción a un penal, y logra un melodrama primario por su concepción y su técnica.
Recuerdo en mis primeras lecturas de asuntos de teatro el libro de Andrés González Blanco Los dramaturgos españoles contemporáneos, publicado en noviembre de 1916. Me hallaba en plena curiosidad literaria, y anotaba al margen los libros que iba leyendo. En éste de González Blanco, que aún conservo subrayé este párrafo: "Si hay un dramaturgo que represente crudamente el alma del pueblo español, ese es Dicenta. Y si hay alguno que haya sabido expresar esta alma popular con arte soberano, ese es Dicenta también. En vano se nos quiere |
representar al autor de Juan José como un adulador de los bajos instintos de la plebe, incapaz de sentir el arte superior y exquisito; hay arte y mucho arte en Dicenta y hay, sobre todo, un claro fulgor de humanidad, un reflejo de ese gran arte que han realizado los Zolá, los Balzac, los Tolstoi”. Se podría repetir ahora este juicio, y nos daría la razón el público, que continúa sintiendo a Dicenta en lo más profundo de su alma.
¡Qué emoción tan profunda ver el teatro Cervantes del Salto del Agua, concurrido por un público, espeso y municipal como diría Darío, entregado a la acción de Juan José, siguiéndola con exclamaciones y comentarios, aplaudiendo al final frenético de emoción y de sorpresa! ¡Y cómo goza el cronista de buena fe disfrutando un teatro de acción directa, colmado de dramáticos recursos, construido con arquitectura sencilla y hablado en lenguaje gráfico y cargado de sinceridad! ¡Y qué español!
La interpretación que Rambal le dio a Juan José fue la de un actor que sabe a maravilla su oficio y que no se sale, ni pretende hacerlo del género a que pertenece esta honda, siempre actual, pieza dramática del teatro peninsular. El notable y veterano actor José Mora hizo también un magnífico personaje del Andrés, compañero de andamio de Juan José, y muy bueno estuvo Manuel Santamaría en el Cano, compañero de presidio del desventurado amante de Rosa, la costurera casquivana, a la que no supo darle calor la bella Meche Rambal. La escena, aun modesta y pobretona dio, sin embargo, la impresión de lo que sería aquel Madrid de fines del siglo XIX. |