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Luis Mariano y la nueva temporada de revistas del teatro de Los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

   El espléndido teatro de Los Insurgentes presenta ahora al tenor-soprano Luis Mariano como figura principal de un espectáculo frívolo, limpio, rico y sensual, que para ser magnífico y realmente digno sólo le falta lo que para mí es esencial en esta clase de diversiones: autores. Una revista -género teatral el más difícil, porque va dirigido a un público diverso y disperso, de sensibilidad exquisita y al mismo tiempo no muy refinada; espectáculo para muchos, unos van a sentir, otros a ver y aun muchos a oler-, no se concibe sin músico, ni -¡menos!- sin libretistas. Pero como desde hace tiempo, a través de inexplicables temporadas de este género en el Follies y en el Lírico, en el Margo y en el Cervantes, se ha logrado sortear la necesidad de usar de libretistas y de músicos, conformándose con los "arreglistas" musicales y los sketchistas que se copian a sí mismos, se ha creído fácil presentar revistas sin autores. Se tiene que caer, inevitablemente, en el lugar común, culinario: guisado de liebre sin liebre...
     En dos títulos se divide el nuevo y muy viejo a la vez gran espectáculo de mujeres, las plumas y luces del teatro de Los Insurgentes: El año del caldo y Violines imperiales, que nada tienen que ver con el desfile de bailes y evoluciones. Del primero -parece- responden los señores Carlos León y Alfredo Robledo, y así ha de ser, porque a veces brota el ingenio extraño y muy elaborado de León en los diálogos de amargo sabor político, o la gracia ágil y traviesa de Robledo. De la segunda parte se hacen responsables, al parecer, los señores Benítez y Echeverría, y, doloroso confesarlo, en su producción no asoma el autor verdaderamente por ninguna parte. Pero esto no extraña a nadie; los señores Benítez y Echeverría se declaran autores desde hace años de todas las revistas -¡sin libro!- que se han representado en el Lírico, en el Follies, en el Margo, en el Cervantes y en la carpa Libertad. No tienen la culpa estos señores, sino quienes -Zavala, Hernández, Guerra, Cervantes, etcétera- los han hecho "compadres"... Esta vez el empresario ni siquiera se tomó la molestia de anunciar a alguien como autor de la música... ¿Para qué? En ese aspecto, en el teatro de Los Insurgentes, no se engaña a nadie. Como buen mostrenco que para algunos es la partitura ajena, se aprovecha, y aquí no ha pasao náa...
    

     El elenco de "artistas" -vedettes, bailarinas, actores- es largo, y de escasa calidad de conjunto y en detalle. Luz María Núñez hace de primera figura femenina y en realidad logra destacar del conjunto numeroso y primaveral, pero anodino. Dos excelentes actores llevan "el diálogo": Daniel Herrera y Oscar Pulido. Para el número español se echó mano de una preciosa criatura, bailarina más mecánica, que prodiga el zapateo -no el zapateado-, Celia Peña, y dirige los conjuntos el veterano actor Ernesto Finance, que, si se tercia, anuncia detrás del micrófono el restaurante del teatro y recita romances gitanos en el más puro andalú...
     En rigor de verdad, el espectáculo del Insurgentes se ha organizado para presentar al gran chansonnier hispanofrancés Luis Mariano cuyo éxito en el film español rodado en Francia, Violetas imperiales, le abrió el camino de las películas mexicanas, verdadero fin de su ascenso al valle de Anáhuac. Es un excelente artista en su género, figura auténtica en el exigente París frívolo. Su éxito como figura central de la revista parisiense Le chanteur du Mexique fue como un contrato en blanco que debía presentarle un empresario avispado y con pupila. Este fue -¿la antigua vedette?- Eva Stachino. ¡Lástima que no pudiera presentarlo dentro de una gran revista, marco digno de su poderosa personalidad como chansonnier...
  Magnífica figura, juventud, gracia y desenvoltura, y una bella y amplia voz de tenor-soprano, de gran alcance, es decir, que no precisa del micrófono. Estilo excelente y dicción clara e intencionada. Y simpatía personal. Con tan grata y rica suma de cualidades a nadie extrañe que Luis Mariano guste en México y siga gustando conforme se el vea y se el oiga. Actúa en dos cuadros: uno de sabor francés -en el que canta una canción dedicada a las mexicanas, muy parisiense, y el vals de Violetas imperiales- y otro, español, que evoca la sevillana romería del Rocío. En ambas gustó mucho y fue muy aplaudido, porque conoce la ciencia y el arte de interpretar una canción: aparte de su excelente pronunciación -en francés o en español- Mariano posee el arte de encender y apagar las palabras, de sumirlas en la sombra o en la luz, según su sentido, de aminorarlas o amplificarlas, de acariciarlas o de morderlas; sabe, en suma, todo lo que hace vivir

un texto, o lo hace morir, o palpitar con fuerza, color, estilo, elegancia, y agregar a todo eso la dicción, o sea, la puesta en acción del verbo, el análisis del texto, enriquecido por su composición expresiva, con su sentido exteriorizado, "visible", pintado, esculpido, hecho vida, en fin. Por eso me gustó Luis Mariano, y por eso, si no me equivoco, gustará en México, y lo verán mucho, a pesar de la ausencia de libreto en ambas revistas.
     Nota-Benne.- Soy enemigo, y de ello he dado prueba amplia en 36 años de cronista de teatros, de llevar los asuntos privados o personales a la crónica. Si hablé de mi inhibición en el negocio de la última repartición de premios teatrales, lo hice con un sentido de responsabilidad hacia el futuro. Hubo persona -no citaré su nombre-, que auténticamente tomó el rábano por la verde hojarasca, y a título de rectificación envió al director de este diario carta que aspira ver publicada, y que, de cualquier manera, merece contestación. Pero no será ahora, porque está en manos del señor procurador de Justicia del Distrito Federal, para que, por su responsable conducto, se aclaren calumnias y se fijen claramente difamaciones, para lo que haya lugar.
     Por otra -para mi satisfactoria- parte, distinguidos miembros de la Agrupación de Críticos de Teatro han empezado a negar el contenido de la carta difamatoria en entredicho, primero negándose a firmarla al ser requeridos para ello y, luego, dándome pruebas de amistad y de adhesión. Estos son los queridos compañeros -que coincidencia, los tres nacidos en España- don Fernando Mota, don Félix Herce y don Angel de las Bárcenas. También he recibido adhesiones de Puebla, Guadalajara, Guanajuato, Saltillo y Monterrey. Y... ¡el teatro sigue su marcha!