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El cielo prometido de Jorge A. Villaseñor, presentado por el Instituto de la Juventud Mexicana

Armando de Maria y Campos

    Sorprenderá al curioso que se anuncie un "juguete mexicano" como "no apto para periodistas", pero mayor sorpresa causará conocer los motivos que tuvo el autor para clasificar en esa forma su producción teatral, que presenta al público aficionado al teatro el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana. El autor de El cielo prometido, juguete mexicano en tres actos que "pueden" (sic) ser verdad, asegura que: "considerando que jamás ha sido de interés periodístico el exponer públicamente los anhelos y los sueños de la juventud cuando éstos no han llegado a cristalizar en realidades, he llamado a mi obra El cielo prometido -no apta para periodistas-, ya que no constituye su mensaje una noticia específica y porque creo firmemente que en el futuro debe ser motivo de estudio y de preocupación para aquellos que deben orientar a nuestra juventud". Y con esto, el curioso -lector o candidato a espectador- menos sale de dudas.
     El mundillo teatral -el nuestro- anda revuelto. Esto no cabe dudarlo. La realidad, madre nuestra, nos ofrece a diario una nueva sorpresa. Vivimos entre el cerrojazo y la apertura: la inauguración y la clausura. Los ejemplos están en la mente de todos. Como Fausto, merced a pociones y linimentos decorativos, las salitas de los teatros de cámara y bolsillo, recobran de súbito una esplendente juventud. Los comediantes -profesionales o llamados experimentales- prefieren ser cabeza de ratón a cola de león. Discretas medianías alzan banderín de enganche y congregan en su torno a otras medianías de menos probada discreción; bien pronto éstas repetirán el juego y se rodean de otras medianías aún de menor talla. Así llegamos, por depauperación o degeneración paulatina, a la compañía liliputiense. Cuando menos lo esperamos, vísperas de que entre diciembre, mes malo si lo hay para nuestro teatro por "posadas", balances, fin de presupuestos y Navidad, se abre un teatro, vuelve a nuestra escena una gran actriz profesional y se estrena una obra de un autor primerizo. Y no así como así: el Instituto de la Juventud Mexicana, organismo oficial piloto de nuevas generaciones, resulta empresa, presenta al nuevo autor, y convoca al público que pasa.
     El autor es el joven Jorge A. Villaseñor y la obra con que lo presenta el Instituto de la Juventud no es la primera suya que sube a la escena. Es la segunda, aunque parece la primera. Se anuncia como "juguete", término inventado por los autores españoles para

justificar que lo que presentan en uno o más actos no llega a comedia. Entretenimiento, travesura, cosa sin mayor importancia; los personajes no tienen necesidad de ser reales; basta con que se acerquen un poco a la realidad, y el asunto debe ser, por lo menos, viable. No debe exigirse, pues, mucho, ni a autor, ni a actores. Pero ¿qué pasa cuando el autor se tira por lo alto y fija su objetivo en planos filosóficos? Esto ocurre con la pieza, notoriamente inmadura, de Jorge A. Villaseñor. Renuncio a relatar el argumento, por incongruente, a veces incoherente. El primer acto con trazos de sainete, promete si no el sainete, a lo menos el juguete anunciado. Pero el juguete, el sainete, la obra toda, y los personajes, ninguno identificable en la estricta realidad, se le van de las manos al joven autor, que zurce y zurce escenas con diálogos a veces ingeniosos, artificiales como quienes los hablan, que conducen forzosamente la acción por donde al autor le conviene para su propósito final, no desechando ningún recurso manido, sobado -el de las tres tías del protagonista; el sentimental de la aventurilla con la hija de la portera; el muy ingenuo del costalito con oro, etc., etc.-, si éste lo lleva a justificar el desenlace previsto e increíble en la realidad de una familia mexicana modestísima. En rigor, no apunta en los propósitos del autor otro fin que el de hacernos pasar un rato amable. Y si, con todo, lo hubiera conseguido, nadie le regatearía albricias. Pero es que no lo ha conseguido. Y ello, por una razón, porque las situaciones dramáticas son inconsistentes y carecen de médula y de originalidad. Todo el juego de esta pieza reside en la supuesta maldad del hijo y de sus amigos apodados, y en la "tonta inteligencia" de una madre que pretende ser "muy mexicana". Pero como el juego de la acción es falso, y más aún los personajes, quedamos en que el juguete -con sus tres actos que nunca podrán ser verdad- no divierte.
     El joven autor debe comprender. Decía Salomón en sus Proverbios: "Mejores son las heridas de los amigos que los engañosos besos de los enemigos". Y San Agustín, en sus Confesiones: "Ni todos los que usan de blandura son amigos, ni todos los que reprenden y castigan son enemigos; mejor es amor con severidad que engaño con blandura". El teatro es un juego peligroso y los juguetes en el teatro para que diviertan, deben estar muy bien hechos, muy ingeniosamente concebidos y resueltos.
    

   La interpretación fue excelente casi sin distingos. ¡Lo que es contar con buenos actores! Reapareció con esta pieza, después de diez largos años de ausencia que empleó en trabajar en Cuba, la ya gran actriz nuestra, Magda Haller, de abolengo teatral. Vuelve "hechísima"; actriz de cuerpo entero; de dicción, magnífica; de sensibilidad a flor de piel y con un dominio de la escena y sus legítimos recursos sólo dable en artistas de sólida madurez. Dijo y actuó su artificial personaje con personalidad y conciencia. ¡Ah, si su doña Tina hubiera sido de carne y hueso! Pero como no hay papel malo para un cómico bueno, Magda Haller le insufló humanidad al que la suerte le deparó para retornar a la escena mexicana que la vio nacer, la gozó crecer y la miró marcharse para retornar hecha una comedianta en el meridiano de su carrera. Excelentes también las notables y veteranas actrices Conchita y María Gentil Arcos y Magda Donato, en sus tres bien trazadas caricaturas. Muy desenvuelta y simpática Tara MacNair. Xavier Loya, excelente galán de apuesta figura y dominado temperamento, demostrando lo buen actor que ya es en personaje tan poco humano. García González luchando con el suyo, el más desdibujado del reparto. El resto, bien. La obra fue dirigida muy correctamente por Dagoberto de Cervantes, y para ella compuso una decoración nada más que discreta el arquitecto Esteban Marco. El público, de invitación en su mayoría, aplaudió al final a todos, y el escenario se llenó de flores para la bienvenida, bella y notable actriz Magda Haller.