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El grupo experimental de teatro clásico español representa Las mocedades del Cid de Guillén de Castro

Armando de Maria y Campos

    El teatro clásico español no deja de representarse. No ha dejado de representarse nunca. Cuando no en los escenarios comerciales, aunque esto sólo de vez en cuando, en ocasión de algún aniversario, o por alguna compañía que actúe en escenarios oficiales o, lo más comúnmente, en los centros universitarios, lejos de España. (En Guanajuato, este año, los entremeses de Cervantes). Para no citar más recientes representaciones de clásicos españoles, mencionaré las muy notables de Entre bobos anda el juego de Francisco de Rojas Zorrilla y El alcalde de Zalamea de Calderón, ambas representadas en el teatro Español, de Madrid, bajo la dirección de Cayetano Luca de Tena, y la muy propia y fastuosa del auto sacramental alegórico de Pedro Calderón de la Barca, La cena del rey Baltasar, representado por la compañía Lope de Vega, en el Vaticano, como ofrenda de España a Su Santidad el Papa.
     Por cuanto a las representaciones de clásicos en centros universitarios, conviene citar las también muy recientes de La vida es sueño de Calderón, en el teatro de comedia Schauspielhaus, de Zurich, puesta en escena por el director hamburgués Heinrich Koch, quien supo mantener el juego de todos los elementos integrantes para ofrecer una expresión externa orientada a mostrar el barroquismo calderoniano, como lo viera Vossler; la actitud poética del dramaturgo, cual cifra típica del género. Según la fiel traducción de Hans Schlegel, se escenificó en teatro Municipal, de Berna, la obra de Lope de Vega, La casa de Tocamerroque. En Angers, y en el magnífico escenario de su castillo, se representó en fastuosa escenificación el auto sacramental de Calderón de la Barca La devoción de la cruz, según la traducción francesa de Albert Camus. Finalmente en el Theater am Neumarkt, de Zurich, se han dado recientemente representaciones de la obra de Lope de Vega La selva confusa, según traducción alemana del citado Hans Schlegel. De acuerdo con mis noticias, la interpretación estuvo a cargo del grupo estudiantil Ensemble Junger Theatrfreunde, y los decorados, extremadamente cuidados, guardando el orden clásico que el texto postula, expresaron una tendencia decorativa moderna.

    El grupo Teatro Español de México, que ya representó, hace pocas semanas, una reducción de La Celestina, viene presentando -a partir del jueves 7- en la sala Molière de la ciudad de México, la famosa pieza Las mocedades del Cid del escritor valenciano Guillén de Castro. Conviene decir, y se entiende que para los que no lo sepan, que este dramaturgo español nació en Valencia en 1569 y murió en 1631. Su verdadero nombre era Joan Guillén, según reza su partida de bautismo, redactada en lengua valenciana. Fue capitán de guardacostas en el grao de su ciudad natal. Después, y por poco tiempo, fue gobernador de Scigliano, en Nápoles; miembro de la fugaz resurrección de la academia "Los Montañeses del Parnaso". Guillén de Castro es un dramaturgo de la escuela valenciana clásica, discípulo y amigo muy querido de Lope de Vega.
     Cuatro aspectos muestra para su estudio el teatro de Castro: teatro de costumbres, teatro clásico, teatro caballeresco y teatro histórico. Para nuestro gusto, el gran dramaturgo tal vez haya que buscarlo en el teatro de tema histórico, especialmente en los dramas Las mocedades del Cid y Las hazañas del Cid; la primera, es la obra capital de Guillén de Castro, indudablemente superior a la segunda, y es fama que sirvió de inspiración y de modelo para El Cid de Corneille, piedra angular de todo el movimiento romántico francés. Refiérese en esta obra, compuesta, como se ha dicho, de dos dramas, la vida del Cid, tratándose en la primera parte de sus amores con doña Jimena, y, en la segunda, de sus grandes aventuras.
     El Teatro Español de México presentó únicamente la comedia primera de las dos que hacen el todo de Las mocedades del Cid, y con algunos cortes, en los que también llevan a varios personajes (la reina, la mujer de don Fernando; Hernán Díaz y Bermudo, un maestro de armas, moros y pajes), que son indispensables para el total de la motivación. Se trasladó la escena del tercer acto, aquella en que Jimena pide al rey que por pregón -"desde la mayor ciudad hasta la menor aldea, en los campos y en la mar"- le traigan la cabeza de Rodrigo, dándose ella también si no bastara "cuanta hacienda tiene la casa de Orgaz", para cerrar con ella el segundo, con lo que éste gana con tremenda teatralidad, y con sólo tres

escenarios, sobrios, bellos, históricos, de José Renau, a base de trastos y cortinas, y su poco de luces, se le da a esta hermosa pieza de teatro clásico una ligereza en la acción, una agilidad en las mutaciones, que le permiten deslizarse fluida y armoniosa, como es toda la poesía que contiene en romances, cuartetas, redondillas y décimas, según lo exigía a la fina sensibilidad del poeta el tema en labios de cada personaje.
     La interpretación lograda por todos los actores -"pronunciando", por cierto, cual debe ser- es excelente, en conjunto y en detalle. Nada se pierde de un verso siquiera, y siempre están todos los actores entonados, y en carácter. ¡Así sí que se puede oír, entender, disfrutar, el mundo poético de los más añejos clásicos! No sabe el cronista cuál nombre echar por delante. ¿El de Ignacio López Tarso como Rodrigo? ¿El de Ofelia Guilmain como Jimena? ¿Los de Orea o Caballero como el rey y Diego Láinez? ¿O los de Virginia Gutiérrez y Eduardo Alcaraz como doña Urraca y don Martín? Difícil paso si se ha de administrar justicia. Queden todos en primera línea. Pero como no es posible eludir las preferencias íntimas, quiero dejar consignado cuánta emoción produce Ofelia Guilmain en sus patéticas escenas de amor y de odio, actuadas con dramática espontaneidad; qué sensación de seguridad muestra López Tarzo en su histórico personaje, y con qué delicia se oye decir el verso clásico a Cristián Caballero. Completan con también excelentes interpretaciones este armónico conjunto Miguel Córcega como don Sancho, y Alfredo Barrón y Ricardo Adalid como el conde Lozano y Arias Delgado. Todo esto -arreglo del texto, selección de personajes, juego escénico, etcétera- se debe, y es de urgencia hacerlo constar, a la entrada, entendida, ilustrada y comprendida dirección de Álvaro Custodio, quien cuidó que nada rompiera la propiedad de la postura escénica, muy particularmente en lo que se refiere a vestuario, todo él nuevo, rico y propio de aquellos legendarios días de las mocedades del Mío Cid, por al año de 1064 del Señor.