Entre los pocos discípulos que recién llegado a México tuvo a su alrededor el animador japonés de teatro Seki Sano, en el ya lejano año de 1941, se encontraba un joven dinámico, al parecer anémico y desde luego servicial, Ignacio Retes. Pocos años después Retes organizó un grupo teatral llamado La Linterna Mágica, poniendo obras de autores extranjeros y mexicanos, entre éstas una de José Revueltas, casado con una hermana del propio Retes. El joven director también actuaba como actor. Años más adelante Retes dirigió en el Arbeu el drama angustialista de Revueltas El Cuadrante de la Soledad, para el que hizo construir una aparatosa decoración Diego Rivera, drama que reanimó una temporada en el viejo coliseo de la calle de El Salvador y que tuvo patético final. Recientemente Retes apareció como casi protagonista de la comedia costumbrista Atentado al pudor y ahora se presenta en la sala El Caballito, con la triple responsabilidad de autor, director y actor clave de un drama de angustia titulado El aria de la locura, título que toma de una escena en la que se toca el aria con ese nombre conocida de la vieja ópera Lucía de Donizetti, que continúa la línea de un existencialismo dudosamente mexicano que iniciaron El Cuadrante de la Soledad o Los signos del zodiaco y continuó con los lamentables conocidos resultados de Sinfonía doméstica.
Se anuncia que El aria de la locura no es apta para menores. La explicación resulta obvia si se conoce la explicación previa del autor -que conviene a todos conocer, para que nadie se llame a engaño-, que es ésta: "El aria de la locura quiere ser una protesta contra el orden social existente. No propone soluciones ni inventa esperanzas. El argumento, los accidentes que relata, no tienen importancia. Yo veía un mundo desgarrado -la obra fue escrita en 1949- y los años transcurridos hasta la fecha no han mejorado el mundo que contemplo. Creo que el hombre necesita vivir de acuerdo con una moral social, y creo que ésta no existe más que en |
teoría allí, en teoría, la vida es una hermosa sucesión de cuadros regidos por una religión o doctrina política o escuela filosófica. Pero la obra habla de la vida cotidiana en mi país, en mi ciudad que es sucia y dolorosa".
Y esto es precisamente la pieza dramática de Retes: sucia y dolorosa.
No es posible referir al lector lo que pasa en esta obra de argumento múltiple que, además de sucia y dolorosa, es cruda. Vaya por delante la afirmación responsable de que Retes es un autor magníficamente dotado para escribir teatro. No se trata, pues, de un mal autor o equivocado escritor. Conoce Retes los resortes de la emoción y del efecto teatral, y los sabe emplear con mucha habilidad. Hace hablar con naturalidad a sus personajes, aunque sin hondura e imaginación. Es ambicioso y está impaciente por decir su mensaje, un mensaje de desolación y espanto. Todo quiere decirlo a un mismo tiempo, y... emplea cinco escenarios a la vez; quiere relatar al unísono diversas y apremiantes historias de miseria física y espiritual, y... multiplica, complica y dispersa la profundidad de la anécdota central. Convierte su pieza en un boletín de una delegación de policía de México o de cualquiera gran ciudad del mundo. Tan abigarrada y divergente es, en su extensión y en su minuciosidad, la trama de El aria de la locura, que no es posible, ni coherente, trazar un esquema de sus episodios, que se desarrollan en un sórdido barrio bajo, dentro de las tintas más sombrías. Retes insiste en el más sórdido naturalismo, en un miserabilismo -de miseria- cargado de angustia. Un niño de doce años dice cosas tremendas sobre cómo se le reveló el misterio sexual, un padre revela a sus hijos que lo son también de una meretriz, y un hijo alcanza una aventura física con la prostituta, amante de su padre, y... todavía hay cosas peores -que a ratos quieren ser divertidas- imposibles, lo repito, de referir. Y sin embargo, de todo, porque lo existencialista no quita lo autor, El aria de la locura revela a uno magníficamente |
dotado para empeños mayores, si se decide a abrir su ventana a aires más puros, a una fronda más soleada.
Como ya es costumbre en estos casos de teatro vocacional -de entusiastas aficionados-, al lado de quienes actúan con experiencia, están los novatos con buena memoria. Así, la interpretación abunda en altibajos. Retes se reservó el galán trágico, y lo dijo y actuó convincente y dramático. Libertad Ongay y David Gallardo se hicieron aplaudir en los tipos cómicos, al final de su partes, y con esto está dicho mucho. El personaje del "cinturita" asesino fue confiado a un galán de voz ingrata, como el tipo que representa. Lucila Balzaretti -esposa de Retes- sacó con discreción su difícil personaje de prostituta buena, y muy discreta se portó; Josefina Leiner -bonita figura- en el suyo de meretriz anónima y estúpida. El resto -Luis Arturo Herrera, Víctor Jordán, Tilo Ledesma, Raúl Zarra, Emilio Rambel- cumplió, unos mejor, otros con menos suerte. El niño Luis Arturo Herrera es, por su propia edad, quien al parecer más promete del equipo que ahora forma: La Linterna Mágica.
La pieza de Retes plantea tremendos problemas de postura escénica: una calle, un callejón, tres habitaciones interiores, una "piquera" que admite mujeres, etc. El escenógrafo Reyes Meza tuvo que salirse del proscenio y construir una habitación y la "piquera" fuera del telón de boca, a derecha e izquierda del económico patio de butacas; Rodolfo Galván realzó esta audaz necesidad con maña de escenógrafo y habilidad de carpintero. La representación adolece de ilustraciones, musicales, innecesarias, porque inquietan, la atención colectiva del público y llenan de confusión al espectador individual. Soy poco afecto a este recurso que el cine ha regalado al teatro. En este caso, creo que sobran. Un público de invitación, que llenaba la sala la noche del estreno, aplaudió mucho a todos. |