El inspector. Sala Villaurrutia. Autor: Nikolái Gógol. Dirección: Dagoberto Guillaumin.
Escenografía: Lourdes Galindo. Vestuario: Lucille Donnay. Efectos y fondos musicales: Humberto Proaño.
Maquillaje: Angelina Garibay (excelente maquillaje).
Con regocijo asistimos a
la puesta en escena que de El inspector,
de Nikolái Gogol, ha hecho Dagoberto Gillaumín, director de la Escuela de Arte Teatral del
INBA, con alumnos aventajados de dicho plantel.
Llevar a la escena a Gogol tiene mucho de saludable, ya que como el mismo
autor afirmaba en una escena que llamó Desenlace
de El inspector: “la risa ha sido creada para burlarse de todo lo que
humilla la auténtica belleza del hombre” y agregaba, por boca de su actor
cómico: que se congratulaba por haber “suscitado en ustedes la risa… no la
risa vana con que se burla el hombre del hombre, que nace de la ociosa
futilidad del ocio, sino la risa nacida del amor al hombre”.
El inspector de Gogol, es una comedia que satiriza a la sociedad venal de
su época -vigente aún en nuestra sociedad en la que el cacicazgo y la
“mordida” todavía son la orden del día-, pero la intención de Gogol no se quedaba ahí, él quiso que con su obra, cada
hombre se sintiera llevado a un análisis de sí mismo, a una autocrítica
severa; es por eso que bajo el título de la obra anota un dicho popular: “No
culpes al espejo si tu rostro es deforme”. Para Gogol,
el personaje de Jlestakov -o sea el falso inspector- es la conciencia frívola del hombre, a
la cual llegan las pasiones y la sobornan, es una conciencia a la que le
conviene hacerse “de la vista gorda”, tomar lo que está sucio, por pulcro, y
lo que es engañoso, por verídico. Para Gogol, el
inspector real, aquel que no llega a aparecer, es la verdadera conciencia,
aquella que espera al hombre al final de su vida para pedirle cuentas.
Existe en El inspector un elemento que para toda
comedia |
|
de equivocaciones como esta es extraño: su dramático final. Todos
los lineamientos de este género de comedia son seguidos a la perfección por Gogol, hasta el último acto en el cual lo cómico se hiela
y surge lo dramático. La profundidad que adquiere con este hecho la comedia
es quizá uno de sus méritos mayores y hace aparecer a Gogol como uno de los precursores más importantes del teatro moderno -no sólo por
este elemento, sino por otros muchos-. Así como para Ionesco, la risa siempre
contiene una mueca, descubrimos ya en Gogol esa
misma risa que lleva a la mueca, sólo que Gogol murió hace ciento diez anos.
En cuanto a la puesta en
escena, aun cuando se trata de jóvenes todavía sin experiencia, las
caracterizaciones están magníficamente logradas. Dagoberto Guillaumin dio a cada personaje profundidad de carácter y
personalidad bien definida, cuidando en sus actores el gesto, el ademán, el
matiz y la interrelación entre ellos, a modo de mantener un tono de farsa
adecuado a la comedia. El ritmo admirablemente logrado, lo mismo que la
plasticidad. El final de la obra es una verdadera pintura.
Complementos
indiscutibles de la dirección fueron el vestuario, el maquillaje, la
escenografía, que fue resuelta con la más absoluta simplicidad y en forma tal
que si Gogol la hubiera visto, seguramente le
habría fascinado, ya que sugiere un mundo contemplado desde el interior, que
puede tomarse en ambos sentidos: o el mundo de la “civilización”, o el mundo
íntimo del hombre. El otro elemento magníficamente logrado fue el de los efectos y fondos musicales.
Si bien no nos es posible
hablar con detalle de la actuación de cada uno de los muchachos -el reparto consta de veinte personas-
cabe decir que todos realizaron un trabajo digno. Se adivina en ellos la
entrega total a sus personajes, todos cuidaron el que la comicidad no los
arrastrara hacia la exageración, cosa bastante frecuente en una farsa. Algunas
de las interpretaciones, como la de |
|
Fernando Gago, la de Liza Willert y
otras, inclusive podían haber figurado en el teatro profesional y sobresalir
en él.
En resumen, una magnífica
comedia, puesta con decoro y respeto, que le hará pasar un buen rato… y
también pensar.
|