Teatro Universitario. Estreno mundial de La prueba de las promesas de Juan Ruiz de Alarcón Armando de Maria y Campos |
Un acontecimiento que honra a la Universidad de México lo constituye el estreno -premier mundial se acostumbra a decir ahora-, de la comedia en tres actos La prueba de las promesas, escrita, según todas las probabilidades en 1618 e impresa por primera vez en España en 1634. Ha sido preciso para que ocurra tal acontecimiento, la celebración del IV Centenario de la Facultad de Derecho mexicano, uno de cuyos actos conmemorativos ha sido este estreno, al que seguirá una serie breve de representaciones. La prueba de las promesas, es una bella, ingeniosa y muy graciosa comedia de magia, una de las más habilidosamente construidas por aquel mexicano ejemplar, el primero que llega a la categoría de autor mundialmente conocido y reconocido. Montó la obra Teatro Universitario en el teatro de la Comisión Federal de Electricidad y el estreno tuvo lugar el sábado último. Fue un acierto la elección de esta comedia absolutamente desconocida fuera de la erudición literaria, y de la que ya di algunos antecedentes. El Teatro Universitario la montó suntuosamente con el mayor respeto y dignidad, confiando la dirección al talentoso y competente Salvador Novo, que ya ha dado nueva vida a otros de nuestros clásicos: sor Juana y Gorostiza, y Acuña, que lo es de nuestro periodo romántico. Novo le dio singular movimiento a la ya muy movida acción que provoca el "mágico" don Illán. Apenas le hizo cortes, y eso para tener la acción más viva, y supo hacer entender y expresar a los actores las muy vagas oscuridades del diálogo en verso del gran taxquense. El público apenas advierte las características ahora curiosas del modo de "faglar" de damas y galanes, criados y amas del siglo XVII. Escrita La prueba de las promesas por mil seiscientos, resulta a la fecha una ingeniosa, entretenidísima comedia, saturada de teatralidad. -¡Oh, los deliciosos "apartes" de don Enrique, de Tristán y de Lucía!- con sus caracteres muy bien dibujados, los clásicos del áureo siglo. Está conducida muy bien, con |
maestra naturalidad y la ficción de los dos mundos que viven los personajes por virtud de las artes de nigromancia de don Illán de Toledo, y que conduce a don Juan a sufrir el castigo de perder a doña Blanca y a don Enrique alcanzar el amor de ésta, mientras don Illán asiste al proceso de la intriga con natural tranquilidad, como que sabe que todo lo que está sucediendo no tiene más realidad que un sueño provocado por sus artes de cauto hechicero, y su moraleja final, sutil y del mejor efecto teatral. La conclusión a que llega el autor es sencilla: el caballero preferido provoca su propia ruina, y quien al fin merece el premio del amor es el amante verdadero, pues el amor con sólo existir y perseverar alcanza correspondencia. |
distinción. La hizo, diciéndola con transparente y musical claridad, y la representó con graciosa femínea seguridad. No me pone sombras en el entendimiento el hecho de que Beatriz sea la compañera legítima de mi vida. Así la veo y la siento como espectador crítico, y así lo digo y lo asiento. Rosa María Moreno, en la confidente vivaracha y sutil en achaques de psicología amorosa, dijo sus partes graciosa e insinuante, tuvo su mejor momento al susurrar el soneto: Tristán, amor se precia de humildades... (acto II, escena 13), y uno poco feliz: un "mutis" respingado. José Neri Ornelas está excelente en el don Illán -viejo grave- actuándolo con sobriedad y ponderación. Actúa como actor experimental cuajado que llegó y sabe estar. Bien están los dos galanes -Ángel Merino, don Juan y Julio Monterde, don Enrique-. Merino un poco frío, pero certero en sus cómicos "apartes", y más seguro, muy desenvuelto y entonado Julio Monterde. Ángel Casarín, que procede del teatro infantil, hizo el criado Tristán con soltura que es promesa de mayores empeños. Lagos, Navarro y Fernández actúan discretos entonando sus breves actuaciones con el armónico conjunto. |