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Grupo de Salvador Novo. Estreno de Lázaro de André Obey, en el teatro de La Capilla

Armando de Maria y Campos

    Las tres representaciones de Lázaro por Les Comédiens de France hace un año fueron las primeras que se hicieron en México de una obra de André Obey, autor francés consagrado en Europa, de sólida obra, que ha escalado la Comedia Francesa. No fue con Lázaro, si mi memoria me es fiel, con la que Obey llegó a la casa del teatro francés, sino con El hombre de las cenizas, inspirada en la leyenda del don Juan español, en la que el autor trata de demostrar que la figura de don Juan es tan poética y tan humana que se le puede dar todas las interpretaciones que se quiera de ella. Obey presenta en esta comedia un don Juan huidizo, gris, con extrañas aspiraciones a la pureza y a la bondad. A quienes venimos de España nos sigue gustando más el don Juan de Zorrilla.
     André Obey es un hombre más que maduro: nació en 1892. En 1929 obtuvo su primer triunfo con Noé y se hizo de magnífico sitio entre los autores franceses con La bataille de la Marne, en 1935. Su María afirmó definitivamente su valía y la confirmó con Le viol de Lucréce. Pero llegó a nosotros con las tres mencionadas representaciones citadas.
     Lázaro es una pieza poética y dramática en dos actos, con un escenario y con una duración (sin contar el intermedio) de una hora y treinta minutos, éstos para el primer acto, y aquélla, íntegra, para el segundo. Se estrenó en el Theatre Marigny, de París, el 22 de noviembre de 1951, producida y actuada por Jean Louis Barrault, a quien acompañaron en el reparto Jean Dasaily y Pierre Bertin, André Brunot, Madeleine Renaud, Marie-Heléne Dasté. A los pocos meses la presentó André Moreau al público francés de México, protagonizándola magníficamente.
     Es un drama intemporal, de profunda belleza, de serena emoción y poéticamente estremecedor. Se inspira en uno de los más conmovedores y misteriosos pasajes del paso de Jesús por la tierra: la vuelta al mundo de Lázaro, su amigo, por voluntad y milagro del hijo de Dios. Pero, ¿tenía derecho Jesús a hacer volver a Lázaro a la corteza de la tierra y de la verdadera vida que sólo se encuentra abajo, entre las raíces y el agua ancha y profunda, honda y serena, como el cielo o como el mar...?

Lázaro dialoga, mejor será decir que monologa con Jesús, y Jesús replica, humano, sencillo y perplejo. Antes de este monólogo angustioso y sereno de Lázaro, que es todo el segundo acto, el autor ha preparado con maestría insuperable el regreso del resucitado a su casa, realizando durante el acto primero un limpio alarde de maestría teatral. Es extraordinaria la naturalidad con que se desarrolla la llegada de Lázaro a su casa, y una maravilla de técnica los preparativos de la hermana y de la criada para recibirlo, la visita del médico del lugar, la llegada del sepulturero, y la esperada, temida llegada de Jesús, el culpable del retorno de Lázaro; y el reacomodo de Lázaro a la vida común y corriente después de haber estado oscuros días y largas noches... tan lejos... Todo se desarrolla natural, como la poesía clara y profunda que acompaña, en todo momento, a la acción y al parlamento, al diálogo y al simple y humilde "bocadillo", que es, aquí, como el aroma a muerto de la gardenia marchita.
     Me atrevería a clasificar a Lázaro, definido por su autor como drama, como una expresión actual de los antiguos "misterios" del fabuloso medievo, y no por lo que pueda tener de religioso sino por lo mucho que posee de místico. El diálogo admirable de Obey asciende a máximas alturas y es actual, no obstante que flota fuera del tiempo. Llega a nosotros limpio, transparente, certero y alado, cargado de clara poesía, por virtud de una traducción admirable, de poeta y de autor, y de director también, que las tres cosas es en modo notable Novo, y que ya se ve cuán necesarias son en estos casos. Es Lázaro, como obra poética, indispensablemente plástica. Su presentación está plagada de dificultades, porque sus personajes bíblicos -Jesús, Lázaro, Judas, Mateo, Marta y María- no pueden actuar, ni siquiera permanecer, con frecuencia teatral. Tampoco los caracteres indispensables para la acción -un sepulturero, un médico y hasta una criada-. Es preciso estar componiendo la acción siempre, como sucesión de estampas bíblicas. El decorado y el vestuario, que debe ser -en este caso- propio, del mejor gusto, rico, no obstante la índole social de los personajes, exige también a cada momento la composición plástica. Novo sintió perfectamente

este "misterio", después de ponerlo en ágil diálogo poético, lo vistió con propiedad y buen gusto y dio una versión plástica a todas las escenas, multiplicando la composición de la estampa tantas veces como hace precisa la sucesión de movimientos de los actores para no retardar el ritmo de la acción en puro efecto estático. Halló Novo su mejor colaborador en el sensitivo e inteligente escenógrafo Antonio López Mancera.
     Como viene haciéndolo desde que se ha metido hasta el cuello en la vida teatral, Novo utilizó para los principales papeles de Lázaro a discípulos suyos y, de éstos, a los que mejor convenía para la obra. Raúl Dantés -que lleva seis años actuando-, como Lázaro; Carlos Bribiesca, como Jesús, y Pilar Souza -que se supera en cada obra-, como la hermana de Lázaro. Además, a Orazio Fontanot como Judas. Y a Ángeles Marrufo, Andrés Orozco, Mario del Mar, Arturo Corona y Ana María Luzardo. Dantés, aún inmaduro para personaje y actuación de tal envergadura, salió airoso del examen y la prueba, y actuó y dijo su papel -mejor en el primer acto, en el que hay más actuación-, con emoción y firmeza y dio un paso adelante, definitivo, en su carrera. Pilar Souza también ascendió un peldaño con su Marta; las escenas antes de la llegada de Jesús y las primeras con él le salieron excelentes. Bribiesca está sobrio en el Jesús; personaje tan comprometedor es difícil que satisfaga a todos, hágalo quien lo haga. No creo que Fontanot haya acertado con la interpretación amanerada que le imprimió a Judas. Cuidó demasiado de su persona y sobreactuó sin medida su inquietante personaje. Orozco, en el sepulturero Mermans, tuvo -salvo tal cual laguna de memoria- una actuación discreta. El resto no desentonó en la composición plástica, teatral y poética de este bello, limpio y conmovedor drama intemporal.